Vientos que soplan

Pequeñas infamias

Debo de ser un bicho muy raro porque, de todo el reino animal y vegetal –y miren que hay criaturas espléndidas, misteriosas y deslumbrantes–, lo que más me fascina con diferencia son los árboles. Uno de mis bisabuelos, que por lo que se ve tenía la misma rareza que yo, allá por los años veinte, convirtió la quinta en la que vivíamos en un gran jardín botánico. Crecí, por tanto, rodeada de cientos de especies y, como imaginación calenturienta nunca me ha faltado, para mí cada familia de árboles tenía su forma de ser. Los robles me parecían fiables y protectores; los cipreses, enigmáticos; los abedules, sentimentales; y las palmeras, presumidas y caprichosas. Por eso, cuando en el marco de la Feria Internacional de Libro de Madrid me invitaron a participar en una mesa redonda en torno a la protección y sostenibilidad de los bosques, de inmediato dije que sí. Y eso a pesar de que los temas medioambientales son siempre controvertidos. Se mueve uno entre los que directamente niegan que exista un calentamiento global y los alarmistas que anuncian un inminente apocalipsis. Entre ambos estamos los que creemos que siempre es mejor prevenir que curar y que salir al paso de una situación que tarde o temprano hará crisis nunca está de más. Lamentablemente vivimos un mundo de gestos, de postureo, de modo que ‘sostenibilidad’ y ‘cambio climático’ se han vuelto conceptos tan usados y abusados que corren el peligro de convertirse en mantras que todo el mundo repite como un loro creyendo que con eso ya salva el planeta. Por eso me gustó comprobar que, frente a los eslóganes y las buenas palabras, hay personas y también empresas que se han tomado en serio su papel –y nunca mejor dicho– en esta película. Frente a la inacción de los gobiernos, que se conforman con firmar protocolos que no piensan cumplir, y ante la pasividad de grandes compañías que se ponen de perfil como si el asunto no fuera con ellos, el pasado 6 de octubre ciudadanos de los cinco continentes se coordinaron para convocar multitud de manifestaciones contra el cambio climático. Es un dato nuevo y esperanzador, porque los cambios de paradigma solo pueden producirse cuando existe una amplia conciencia social. ¿Pero cómo se implementan las medidas dirigidas a controlar las emisiones de CO2, evitar la desforestación o restringir el uso de plásticos? La misión suena tan descomunal que su propia dificultad –unida a los intereses económicos contrarios y a la indolencia y procrastinación, valga el palabro, de los políticos– parece convertirla en imposible, al menos para nosotros, los ciudadanos de a pie. Y, sin embargo, el otro día, al oír las distintas voces intervinientes en la mesa redonda de la que antes les hablaba, me pareció que no lo era tanto. La convocatoria corría a cargo de la Asociación para la Sostenibilidad Forestal Española, que es líder mundial en el sistema de certificación, por lo que se ocupa de garantizar que la madera destinada a distintos usos sea de origen sostenible. Como hace, por ejemplo, Sappi, una empresa presente también ese día, que es la mayor productora europea de papel y que cada minuto planta en diversas partes del mundo sesenta y siete nuevos árboles. Otros presentes en esa mesa eran Aries, un grupo de comunicación y a su vez imprenta que sigue la misma filosofía; y el representante de Edelvives, una editorial con más de ciento veinte años de historia. Esta publica libros sostenibles destinados, sobre todo, a los niños, puesto que, según diversos estudios, son ellos los que más están contribuyendo a concienciar a sus padres. Si los menciono a cada uno por su nombre es porque pienso que son un ejemplo claro de cómo la sociedad civil se ha puesto en marcha para marcar el camino a los políticos. Esos políticos que se dedican a calcular de dónde viene el viento antes de abrazar, con el súbito fervor que les caracteriza, cualquier causa que piensen que puede darles votos.