En un autobús de Alsa

Mi hermosa lavandería

Me duele el estómago y es de noche. Llevo siete horas en un autobús porque no puedo volver a mi ciudad en avión, dado que han cerrado el aeropuerto. A mi lado, un chico que viene de Málaga se queja de que tiene el culo planchado, que se le ha acabado el agua, que el mundo es injusto, que no hay derecho. Yo ya no sé lo que es injusto o justo o nada porque, después de trabajar catorce horas, he tenido que pillar un autobús para volver a mi casa y estoy muy cansada, con esa clase de cansancio que ya no sabes si es mental o físico o qué. Respiro para controlar el dolor, para domarlo un poco. Lo conozco bien: es un ataque de gastritis que me pasa en momentos de tristeza y tensión y no hay calmante que lo pare, como si todo lo que no puedo gritar se acumulara en el ácido de mi estómago y se colara por las rendijas de las tripas. Ya es mala pata que tenga que ser aquí, esta noche, en este autobús con cristales tintados que avanza en la noche por el Levante español como si avanzara por una galaxia hostil esquivando las lluvias de meteoritos. El chico de Málaga, afortunadamente, se baja en Valencia y ya no tengo que escuchar su extenuante cantinela, que ya ha suscitado quejas de varios pasajeros que él se ha pasado por el forro. Yo, sin él al lado, puedo estirar algo las piernas, me calmo un poco. Sus quejas me sacaban de mí y el esfuerzo por controlarme y no darle un guantazo (sí, reconozco que le he dado varios en mi imaginación) me ha agotado un poco más. Intento leer un libro de poemas de Sylvia Plath. Hoy he estado delante de la casa que ocupó cuando estuvo en Benidorm, cuando estrenó un bikni blanco, y el mundo y su vida con Ted Hughes todavía estaban llenos de luz y esperanza. Cuando todo parecía que iba a salir bien. «La nieve no tiene voz y la espera es terrible». Se me llenan los ojos de lágrimas en cada verso y tengo que dejar el libro. Si tan sólo me dejara de doler el estómago. Si tan sólo pudiera dormir o disfrutar de esa sensación de estar suspendida en un ‘no tiempo’ y en un ‘no lugar’ donde no existo y floto y nada me afecta. Pero todo me afecta, cada frenazo del autocar al pasar por los peajes de la autopista, cada bache, cada sonido de teléfono escandaloso que rompe el silencio. Me espera una ciudad convulsa. Una ciudad que protesta por cosas que a mí parecen de una banalidad aplastante mientras deja que se le escape el futuro. Que elige un camino a ninguna parte para llegar quién sabe dónde. Su lucha, su lenguaje, su proyecto, su rabia, su sensibilidad ultrajada no son los míos. Mi estómago me dice que no hay nada que hacer, que por esta grieta no va a entrar nunca la luz. Ya estamos llegando. A ver mañana cómo va a ser la cosa y ojalá encuentre alguna farmacia de guardia.