Cuentos, teatro y algunas palabras paralizantes

Pequeñas infamias

Una de las muchas razones por las que estoy deseando que pasen las elecciones del 10N es perder de vista ciertas palabras estomagantes que están en boca de todos los candidatos. Ya sé que es mucho pedir, sobre todo porque las palabras y conceptos que voy a mencionar describen tan bien la forma de pensar del momento que me temo que no habrá manera de librarse de ellos, todo lo más estarán menos omnipresentes. Empecemos, por ejemplo, por la palabra ‘relato’. Ahora cada cual construye su relato y, una vez construido, el próximo paso es venderlo. Es decir, convencer a la gente de tal idea, de tal teoría, de tal inmensa trola. Y lo más curioso es que la fórmula funciona. Es más, se admira enormemente a los constructores de relatos, algo que en el sector de la publicidad, por ejemplo, o en el de la comunicación, y no digamos en el de la política, se paga espléndidamente. ‘Gurús’, así llaman a los constructores de relatos, y cuanto más grande sea la rueda de molino con la que hagan comulgar al personal, más predicamento, más aplauso. Luego está la palabra ‘escenario’. La propia palabra indica que no se trata de un lugar o una situación real, sino de un decorado de teatro, de un gran tinglado construido para que algo o alguien parezca lo que no es. Al menos eso es lo que quería decir el término ‘escenario’ hasta ahora. Según la RAE, se trata de «la parte del teatro construida para que en ella se puedan colocar las decoraciones y representar obras dramáticas o de cualquier otro espectáculo teatral». Pero tal vez dentro de poco habrá que incluir otra acepción del término más acorde con el significado que ahora se le otorga: puesto que, queriéndolo o sin querer, todos aceptamos que estamos ante una farsa. Pero da igual porque lo importante no es la realidad, sino que tal o cual cosa parezca real. Otro fenómeno significativo es que existen palabras que no solo nos describen y nos retratan, también sirven de arma arrojadiza. Algunas de ellas son tan letales que, con solo pronunciarlas, su destinatario queda K.O. Es el caso de la palabra ‘fascista’, un vocablo tan aterrador que deja al rival o bien paralizado, o bien reculante y en franca desbandada. Siempre me ha llamado la atención este fenómeno. Particularmente, no me importa nada que me llamen ‘fascista’ como tampoco me importa que me llamen ‘paticorta’, ‘culibaja’ o ‘bizca’. Puesto que no soy ninguna de estas cosas, no puedo ofenderme y más bien tiendo a pensar que es un ser bastante estúpido quien pretende desarmarme con epítetos semejantes. Si ‘fascista’ es un término que deja fulminado al contrincante, hay otros conceptos que también dejan confundido y cavilante al contrario. Miren, por ejemplo, el caso de ‘libertad de expresión’. Ante él, toda rodilla hinca porque ¿cómo no vamos a respetar tan sacrosanto derecho? Y sí, es obvio que todo el mundo tiene derecho a expresar libremente su opinión, pero según cómo, y siempre sin alterar el orden público o incendiar las calles, como hemos visto últimamente. Esta idea de que todo el mundo tiene derecho a expresarse está muy relacionada con otra jamás cuestionada a su vez, según la cual todas las opiniones son respetables. Y ahí sí que me planto. Porque lo respetable es que cada cual pueda expresar sus opiniones en libertad, pero es obvio que existen opiniones racistas, fascistas, xenófobas o directamente estúpidas que no solo no merecen respeto, sino que son censurables.

¿Cómo empezamos a confundir ‘relato’ con ‘verdad’? ¿Cuándo el mundo se convirtió en un inmenso escenario? ¿En qué momento las palabras comenzaron a paralizarnos y a anularnos las entendederas? En realidad, ninguno de estos tres fenómenos ‘nuevos’ son nuevos. La diferencia está en que –cuando León Felipe decía que nos dormían con cuentos; cuando Calderón y Shakespeare afirmaban que el mundo es un gran teatro; o cuando Goebbels alardeaba de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad– todos sabíamos que era así y no nos engañábamos. Ahora, en cambio, nadie mira hacia atrás. Y de vez en cuando conviene hacerlo. Aunque solo sea para no tropezar de nuevo en la misma piedra, la de confundir, como los niños (o como los tontos) apariencia con realidad.