Un francés en La Seca

Reinos de humo

A los franceses les tenemos que agradecer muchas cosas, empezando por aquello de la «libertad, igualdad y fraternidad», aunque no hayamos sabido aplicarlo muy bien por aquí. Con lo referente al vino nos aplicamos un poco mejor, aunque ahora que todos aprendemos inglés en vez de francés nos estamos despistando. Qué sería de la España vitivinícola si los bordeleses no se hubiesen bajado a La Rioja a hacer vinos finos, a explicarnos lo del despalillado y lo del envejecimiento en barricas. Qué sería del mundo entero si no nos hubieran enseñado la santísima trinidad, ese concepto que se llama ‘terroir’ y que junta como un todo indisoluble el clima, la tierra y el hombre que la trabaja. Hace 25 años llegó a España un ejecutivo de Air France de nombre Didier Belondrade y descubrió un blanco lleno de delicadeza y singularidad procedente de una cepa autóctona de Castilla. El francés cambió su vida y se mudó a Rueda, a La Seca, para tratar de hacer un vino como los grandes de su país con aquella verdejo. La mentalidad francesa de conquistar el tiempo con tiempo y de trabajar más en la viña que en la bodega lo llevaron a conseguir uno de los mejores vinos de aquí: Belondrade y Lurton. Curiosamente, la mayoría de sus vecinos bodegueros, en lugar de seguir sus pasos, comprender, mimar y dejar que la verdejo se expresara, la apretaron para que produjera más hectolitros, y el nombre de aquella cepa terminó compitiendo en precio con el litro de gasolina, asociada a las barras de los bares y a los supermercados. Es buena disculpa, ahora que cumple 25 vendimias, para recordar que, en cuestiones de vinos, los franceses casi siempre suelen llevar razón.