La chilaba

Mi hermosa lavandería

De toda la terminología que nutre los ensayos y textos y columnas que Aobligados a tragar, es probablemente la expresión ‘apropiación cultural’ la que me produce más alergia. Para empezar, la cultura se basa en la apropiación, asimilación y destilación de ideas, conceptos y vivencias de aquellos que crearon cultura, antes de nosotros, diferentes de nosotros. Escritores hombres han conseguido meterse en la piel de personajes inmortales de mujer. Y viceversa. Hay escritoras que han creado sublimes personajes masculinos.

El genio de Flaubert es haberse puesto en los zapatos de Emma Bovary, ser Madame Bovary y a la vez mirarla desde fuera sin misericordia. Eurípides creó una Medea implacable que sólo puede decir el inmortal «Medea nunc sum» cuando acaba con la vida de sus hijos, algo que nadie se atrevió a contar antes. Y qué decir de Newland Archer, el personaje central de La edad de la inocencia, probablemente el mejor retrato de un hombre pusilánime muerto en vida, que lo posee todo menos aquello que realmente desea, escrito por Edith Wharton, una autora cuyos personajes masculinos poseen tanta complejidad como los femeninos. El trasvase continuo de experiencias entre diferentes orientaciones sexuales, razas, generaciones y clases hace que la cultura sea un ente vivo, mutante y rico, henchido de posibilidades y de caminos por explorar. Cuando dirigí La vida secreta de las palabras, una película inspirada en un hogar para mujeres que habían sido torturadas durante la guerra de los Balcanes, recuerdo haber sentido escrúpulos a la hora de tocar un conflicto que no era el mío, de hablar de un país en el que no había crecido, y sentí también una punzada de terror cuando pensé en la reacción de ellas ante la película. Seguramente, uno de los momentos más emocionantes de mi carrera fue cuando les enseñé la cinta a las mujeres que la inspiraron y recibí su cariño, su apoyo y su agradecimiento. Se habían sentido vindicadas, respetadas, comprendidas, amadas. Su historia, sin ser la mía, se había transformado en la mía. Y mi historia, en la suya.

La ‘apropiación cultural’ en otros campos es el pan de cada día: la moda se apropia de detalles étnicos de trajes de remotas tribus, estampados, telas, lazos, dibujos, grabados, kimonos, saris, gorros de piel, botas de cowboy, etcétera, etcétera. Los que aman los tatuajes se inspiran en los aborígenes australianos, en los samuráis, en motivos tradicionales. Creo que, cuando alguien utiliza elementos de otras culturas en su indumentaria o su piel, debe considerarse más un homenaje que otra cosa, sobre todo si está acompañado de un conocimiento real de lo que uno está utilizando. Porque si uno se pone una chilaba pensando que se la ha inventado un diseñador de Zara, eso no es apropiación cultural, eso es, pura y simplemente, ignorancia.