Impasible el ademán

Pequeñas infamias

Hay una lección de cinismo político muy útil que Pedro Sánchez aprendió al poco de llegar por primera vez a la Moncloa. La aprendió, en concreto, gracias a Máxim Huerta, brevísimo ministro de Cultura y Deporte, y dos meses más tarde gracias también a Carmen Montón, igualmente breve ministra de Sanidad. Como se recordará, el primero tuvo que dimitir a los seis días de su nombramiento por un fraude a Hacienda y la segunda, por irregularidades en un máster. Muy poco después, ABC desvelaba que el propio Sánchez guardaba un no menos voluminoso esqueleto en su armario: haber cometido diversos plagios en su tesis doctoral. Imagino su desmayo al hacerse pública la noticia. ¿Qué hacer? Él, el adalid de la decencia y la transparencia, que no había dudado un segundo en sacrificar a dos ministros en el altar de la ‘tolerancia cero’; él, que había llegado a la Moncloa afeando la conducta del Partido Popular por sus casos de corrupción. ¿Cómo salir del embrollo? ¿Negar la evidencia? ¿Jurar que todo se debía a una conjura judeo-masónica? ¿Dimitir dignamente como el ministro alemán de Defensa acusado de una falta similar? Fue entonces cuando Sánchez descubrió lo que podríamos llamar la receta ‘Cara al sol’. Descubrió que, impasible el ademán y tieso el tupé, basta con ponerse de perfil, hacer como que la cosa no va con uno, esperar un par de semanitas a que escampe y aquí no ha pasado nada. Y lo más asombroso del caso es que la receta funciona. Porque, díganme ustedes, ¿quién habla ahora del plagio de Sánchez? Aquello ya fue, está olvidado. Pasan tantas cosas, son tantos los escándalos, los dislates y las tropelías de diversa índole con las que nos sorprende la actualidad cada mañana que nuestra memoria se ha hecho cada vez más corta y nuestra repulsa, más breve. Es el signo de los tiempos, todo pasa, nada queda, y el que resiste gana, porque ha desaparecido por completo la penalización social. Esto lo saben de sobra todos los líderes, no solo los patrios, también los de países tan bien vertebrados como los Estados Unidos o Gran Bretaña. Ahora es perfectamente posible que cualquiera de ellos afirme o incluso jure una cosa y después su contraria con total impunidad; nos hemos vuelto todos tan desmemoriados y dóciles que nadie les afeará su conducta más de media hora. Por eso, porque ha aprendido bien la lección, dos días antes de las elecciones Sánchez puede decir: «No dormiría tranquilo teniendo a Unidas Podemos en el Gobierno» y, veinticuatro horas después de haberlas ganado, abrazarse fraternalmente con el culpable de sus insomnios y concederle un gobierno de coalición. Por eso, a Iglesias, que también practica con mucho éxito la táctica ‘Cara al sol’, no se le despeina la coleta al afirmar un lunes: «Nunca me apresuraré en unas negociaciones políticas, todo lleva su tiempo» y el viernes hacer todo lo contrario. Después se sorprende uno de que la incoherencia, la trola y la inconsistencia campen a sus anchas. Pero ¿cómo no van a campar si a nadie se le tienen en cuenta sus actos? En el pasado, cualquier conducta indigna, cualquier mentira o tropelía infamaba de por vida a quien la hubiera cometido. La censura moral era tan severa que los pecados de los padres incluso acababan estigmatizando a los hijos. Obviamente, no abogo por que volvamos a tiempos tan intransigentes y oscuros. No soy partidaria de la censura moral, pero sí creo que sería deseable que existiera por parte de la sociedad una penalización cuando se cometen atropellos. Porque es la sociedad y no sus políticos la que, a la postre, marca las reglas del juego, la que bendice, la que repudia, la que censura y la que condena. Los políticos, como cualquier hijo de vecino, tensan la cuerda hasta donde la sociedad se lo permita. Por eso se dice siempre que tenemos los políticos que nos merecemos. Tiempos de altos estándares éticos hacen políticos éticos y tiempos de estándares laxos propician la caterva de inconsistentes e irresponsables que ahora nos gobiernan. Sé que no es fácil restaurar esos estándares de exigencia, pero nos va mucho en ello. De hecho, es lo único que puede salvaguardarnos de tanto desaprensivo.