Scorsese crepuscular

Animales de compañía

Teníamos muchas ganas de ver El irlandés, la nueva película de Martin Scorsese, que se ha convenido en calificar de su ‘testamento cinematográfico’ (aunque algunos esperamos que el gran maestro concluya todavía unos cuantos ‘testamentos’ más). Scorsese, que hasta en sus películas más deslumbrantes no se privaba de ser un poquito enfático, en El irlandés rehúye todo barroquismo y grandilocuencia, aun a riesgo de que su tono crepuscular pueda exasperar al público más impaciente y netflixero; pero ese tono (que logra, incluso, comunicarse al trío de actores histriónicos que la protagonizan) tal vez sea el logro principal de la película. En cambio, resulta mucho más discutible la elección de los actores, cuyos rostros son rejuvenecidos digitalmente en diversos grados a lo largo de la película, pero cuyos cuerpos pregonan –en sus movimientos lentos y agarrotados, en su propia complexión nada juvenil– su auténtica edad, obligando al espectador a una enojosa suspensión de la incredulidad. También perjudica a la película la escasa presencia femenina; y no digo esto por sumarme al carro facilón del griterío feministoide, sino porque los protagonistas hubiesen ganado en hondura y complejidad confrontados con sus mujeres, que en la película no tienen una presencia distintiva, sino meramente arquetípica. En El irlandés vuelve el maestro italoamericano a transitar por un territorio que le resulta muy familiar y que le he permitido completar algunas de sus obras más imperecederas. Pero, en esta ocasión, el acercamiento al mundo de la mafia que Scorsese nos propone carece de la envoltura mitificadora y electrizante propia de anteriores entregas –pensemos, por ejemplo, en Uno de los nuestros– y opta por un estilo realista y nada rutilante. Scorsese no nos brinda personajes fascinadores y atormentados por pasiones desmesuradas, como ha hecho casi siempre en sus mejores títulos; sino más bien personajes grises, incluso anodinos o estólidos, como el propio protagonista interpretado por Robert de Niro, un camionero reconvertido en matón de la mafia, un ‘mandado’ que procura rehuir siempre los intríngulis morales, para acomodarse a las instrucciones de sus jefes. Tal actitud vital, que le garantiza la supervivencia durante décadas, al final le pasará una factura muy costosa, convirtiéndolo en verdugo de su amigo y, sobre todo, enajenándole el amor de su hija.

La película, que abarca más de medio siglo, está contemplada desde la atalaya de la vejez, el sitio donde mora su protagonista, Frank Sheeran, que recapitula ante la cámara los episodios más significativos de su biografía poco ejemplar. Esa recapitulación nos lleva desde sus años mozos hasta sus postrimerías, donde Sheeran, abandonado de todos, se sigue negando a contar los crímenes pretéritos de los que fue autor o testigo, aunque hayan prescrito y las personas afectadas hayan fallecido, fiel al pacto de silencio que rigió su pertenencia a la mafia. Pacto que, sin embargo, infringe ante el sacerdote que acude de vez en cuando a visitarlo en la residencia de ancianos; pues, como siempre ocurre en el cine de Scorsese, la cuestión religiosa resulta crucial. Todo el tramo final de la película es, sin duda alguna, el más verdadero y conmovedor; pues en él Scorsese se despoja de su virtuosismo fílmico, para contar una historia de apariencia poco memorable, cual es la redención secreta de un pecador sin brillo. En otras películas suyas anteriores habíamos asistido a la redención de pecadores frenéticos y hondamente patéticos; en El irlandés Scorsese prueba a hacer algo infinitamente más difícil, que es la redención de un pecador sin conciencia de culpa, un pecador reticente que hubiese preferido no pecar, pero nunca dejó de hacerlo, hasta apurar el cáliz de la ignominia, por lealtad a sus jefes, a sabiendas de que así perdía el amor de su hija (y esa pérdida será su más terrible penitencia, que acata resignadamente).

Para quienes hemos formado nuestro gusto cinéfilo en los grandes clásicos, el estreno de esta película crepuscular de Scorsese es una noticia muy grata y remuneradora, pues en ella hemos vuelto a encontrar la asimilación de un legado artístico en peligro de extinción. Pero, tratándose de Scorsese, esta asimilación nada tiene que ver con el pastiche nostálgico o la imitación ombliguista de fórmulas antiguas, sino con una genial transfiguración de las mismas. La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la transmisión del fuego; y Scorsese convierte esa transmisión en un incendio glorioso, porque el combustible de su arte es la genialidad. Una genialidad que, desde la última vuelta del camino, se torna más sabia y aquietada que nunca