Otra época

Mi hermosa lavandería

En la película francesa La belle époque, una empresa se dedica a preparar eventos especiales destinados a reproducir con todo lujo de detalles la época preferida de cada cliente que acude a ella. Puede ser una época que vivieron en su pasado o una época en la que les hubiera gustado vivir. El protagonista, Daniel Auteuil, decide revivir 1974, el momento en el que conoció a la mujer (Fanny Ardant) de la que se enamoró y con la que luego se casó, pero a la que ya no reconoce como la chica atrevida y burbujeante que fue. La veracidad de la reconstrucción de la época es tan real que el hombre se enamora de la actriz que encarna a su amor de juventud. La actriz, por su parte, está enamorada del director de la empresa, y a partir de esta historia se crea una compleja trama de equívocos y desencuentros, narrados con vigor no exento de nostalgia. La película me hizo preguntarme qué época hubiera escogido yo, de decidir contratar los servicios de esa empresa, y tengo que reconocer que no tengo respuesta, que no sé muy bien a qué época me gustaría volver o revivir. Cuando rememoro algunas épocas, recuerdo grandes momentos, pero también horas oscuras: supongo que el brillo de los primeros compensa la negrura de estas, pero una época entera que quiera revisitar no tengo. Sí siento una enorme nostalgia por montones de cosas: algunas no existen ya; otras existen, pero no tienen la relevancia que tuvieron y que las hacían fundamentales para mí. Recuerdo como si fuera hoy una mañana de un sábado de febrero, cuando hice cola para ver una sesión matinal de Toro Salvaje, de Martin Scorsese. No he olvidado los carteles en la puerta del cine (hoy teatro) Tívoli. El rostro deforme de Jake LaMotta, interpretado por un Robert de Niro sublime. La sonrisa triste y el bañador blanco de Cathy Moriarty, una actriz que inexplicablemente apenas trabajó después. El arrobo con que miré y remiré esas fotografías preparándome para lo que iba a ver. El murmullo en la sala antes de que se acallaran las voces al empezar la película. El recogimiento casi litúrgico con que me concentré para poder disfrutar de cada fotograma, cada momento, cada línea de diálogo, la música. Recuerdo el impacto brutal que me produjo el tratamiento de la imagen, la sangre en blanco y negro, ralentizada. Ese montaje magistral, delicado, certero. Y luego, la salida a la luz del día de Barcelona, cuando el Brooklyn de los 60 me pareció más real que la soleada ciudad que me esperaba al salir. Sí, me gustaría volver a vivir ese momento con el mismo fervor, la misma inocencia, la misma sed. Ser esa persona insegura, temerosa, entusiasta, apasionada que soñaba con hacer películas. A veces, sé que tengo ramalazos de ella. Y los conservo cuidadosamente, como si en el fondo supiera que mi vida depende de ellos.