Mariscos de desechos

Reinos de humo

Estamos en plenas celebraciones navideñas. Y con ellas asistimos al incremento de precios de angulas y mariscos, favorecidos por la alta demanda de quienes no conciben las cenas y comidas de estos días sin su presencia en la mesa. Precios habitualmente altos, pero que se disparan en estas fechas. No siempre fue así. No hace tanto tiempo muchos de esos productos se despreciaban, convertidos en alimento de gentes de pocos recursos en los pueblos de la costa, y en bastantes ocasiones destinados a cerdos y gallinas, o incluso utilizados como abono. Cuentan los mayores que en puertos asturianos, ya después de la Guerra Civil, los pescadores cascaban contra la borda y arrojaban al mar las nécoras que encontraban en las nasas. Solo les interesaban las langostas y los bogavantes, que era lo que se cotizaba. Algo parecido ocurría con los erizos de mar, tan abundantes que acababan abonando los campos. Hoy día, dada su escasez, su pesca está prohibida en Asturias, y los gallegos se venden a precios inimaginables hace muy pocos años, impulsados por la industria conservera, que ha encontrado una mina con el ‘caviar de oricios’. Hay más ejemplos. Me dicen que en Cádiz, no hace mucho, los carabineros se daban en las pescaderías junto con la morralla que se empleaba para caldos. Incluso, hace un siglo, en la Costa Brava, las langostas servían para ‘alargar’ los platos de pollo, que era el producto verdaderamente cotizado. Los tiempos cambian.