El sitio de la pobreza

Animales de compañía

Pero traduzcamos la palabra ‘καταλύμα’ como ‘posada’ o como ‘aposento’, lo que está fuera de toda duda en la narración evangélica del nacimiento de Cristo es que no hubo sitio donde lo alojasen; y que tuvo que irse a nacer a un pesebre. Lucas despacha esta escena de gran patetismo con una frase incidental, pero de una fuerza sobrecogedora. ¡Un niño naciendo en la más completa pobreza! Quizá sea –para creyentes e incrédulos– la imagen con más fuerza revulsiva que pueda concebirse.

Por supuesto, este rasgo no es lo esencial del misterio ocurrido en Belén, pero es un rasgo que nos debe hacer pensar. Cristo podría haber nacido –como señala jocosamente Castellani– «en el Palatino, en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores y Augusto postrado ante Él». Pero eligió nacer en un pesebre, eligió la pobreza; y exigió a sus adoradores, para poder acercarse íntimamente a Él, acercarse a la pobreza y quedarse en ella. En nuestra época esta enseñanza ha sido por completo desvirtuada: la pobreza se percibe exclusivamente como una lacra que conviene erradicar; y el pobre se convierte en una ‘causa’ en el sentido más utilitario de la palabra (olvidando que «siempre habrá pobres entre nosotros»), al que se trata a toda costa de redimir de su pobreza, inoculando en él la semilla del resentimiento y de la envidia (o de lo que más finamente se llamaría luego ‘lucha de clases’), así como el ansia de bienes ajenos.

Pero el misterio que estos días celebramos no nos invita a erradicar la pobreza –como postulan las ideologías que aspiran a instaurar el paraíso en la Tierra–, sino a hacerle sitio en nuestra vida. No nos propone alcanzar una utópica sociedad sin pobreza donde toda la Humanidad alcance el bienestar material, sino abrazar formas de vida que el mundo repudia. Y esto se logra socorriendo al pobre y aliviando la lacra de la pobreza que lo destruye; pero también amando la pobreza, entendida como virtud que nos ayuda a desprendernos de los bienes materiales.

En efecto, la posesión de bienes materiales influye en la persona, en su calidad espiritual, de modo nefasto: el hombre no sólo ‘posee’ las cosas, sino que estas, al estar unidas a su propia existencia, acaban ‘penetrando’ en su interior, acaban adueñándose de su propia alma, como la célula cancerosa se adueña de nuestro organismo. El cultivo de la virtud de la pobreza, que nos exhorta a la austeridad y a apartar nuestro corazón de la posesión de bienes materiales, es también una forma (tal vez la más eficaz) de combatir la lacra de la pobreza; pues, allá donde más personas se inclinan por el cultivo de la virtud de la pobreza, más intolerable resulta que haya otras que padezcan su lacra. Y lo mismo podríamos decir de otras muchas lacras que hoy preocupan (al menos de boquilla) a nuestra época, empezando por todas las que amenazan a la naturaleza. No se trata de cambiar el coche de motor de explosión por el coche eléctrico, sino de preguntarnos qué sentido tiene viajar sin tino; no se trata de sustituir la dieta proteínica por la dieta vegana, sino de aprender a ser frugales.

Pero esta pobreza como virtud que frena la concupiscencia de bienes materiales no debe confundirse con la obsesión por despojar a los ricos (como pretenden tantas ideologías nefastas) o con el afán puritano por imponer a los demás renuncias que los encaucen hacia una vida más virtuosa, como hacen hoy los profetas del cambio climático. Algunos, incluso, mientras disfrutan de sus riquezas fastuosas, mientras coleccionan yates y amantes, mientras se pasean por el mundo en avión particular (como hacen esos multimillonarios actores, farisaicos hasta el vómito, que nos han aleccionado en la reciente Cumbre del Clima). Contrasta la actitud de estos fantoches con la del Niño nacido en Belén, que nació en la pobreza y en ella se quedó a vivir, invitándonos a seguir su ejemplo, que es el mismo que el de los pájaros del cielo y los lirios del valle. Y, desde la autoridad de quien predica con el ejemplo, mostró siempre su predilección por los pobres, a quienes exaltó en el Sermón de la Montaña;
e incluso, en su narración sobre el Juicio Final, nos advirtió que nuestra salvación dependerá del amor que hayamos dispensado a esos ‘pequeñuelos’ que padecen necesidad. Nunca se cansó de condenar a quienes viven para atesorar bienes materiales, llegando a señalar explícitamente que «no se puede servir a Dios y al dinero»; y, sin embargo, tuvo amigos ricos (desde Lázaro a José de Arimatea) a quienes enseñó que sólo podrían salvarse si apartaban su corazón de las riquezas. Hoy su pobreza nos sigue interpelando.