Bruselas

Mi hermosa lavandería

Hay una placa en un centro cultural de Bruselas, donde se indica que a pocos metros de distancia de allí se hallaba el pensionado donde estudiaron Charlotte y Emily Brontë y donde imagino empezaron a perfilar los personajes dolientes y orgullosos que pueblan sus novelas. Sobra decir que hace frío y que cae una lluvia fina que no parece gran cosa hasta que estás calado hasta los huesos y es demasiado tarde. Bruselas tiene el clima ideal para quedarse en la cama leyendo y para explorar las innumerables y bien surtidas librerías que todavía se encuentran desperdigadas por la ciudad y sus pasajes, salpicando de libros una ciudad que parece dedicada con fervor a los chocolates y los gofres. La población flotante de Bruselas consta, en un noventa por ciento, de funcionarios de todos los rangos de la Comunidad Económica Europea y, en un diez, de turistas que se arrastran por las tiendas de chocolates, comprando reproducciones del Manneken Pis y admirando la Gran Plaza. En cualquier acontecimiento social encontramos funcionarios, eurodiputados, subsecretarios y miembros de cámaras comerciales cuyas siglas nos resultan incomprensibles. Como en todos los gremios, encontramos personas admirables cuyo pensamiento está guiado por una auténtica vocación de servicio y personas que pertenecen al numeroso gremio ‘yo a este mundo he venido de vacaciones’. Gente muy válida que cree firmemente que una Europa unida es lo más deseable para todos y que trabaja y propone medidas en esa dirección y otros que son los que sus respectivos partidos no sabían dónde meter y, como al hijo menos espabilado, lo envían a que no dé guerra al Parlamento Europeo. Cuando Inglaterra hizo de esta institución su Némesis para conseguir el brexit, uno de sus argumentos era que la Comunidad Europea cometía un expolio constante del dinero de los ingleses, ya que era un nido de corruptelas y funcionarios que se pegan la vida padre: Europa nos roba, como gritaba Boris Johnson en más de un mitin cuando todavía estaba en la oposición. Como ocurre todo el tiempo en nuestros días, una vez que una idea falsa pero creíble y mezquina se apodera de la mente de un votante resentido (resentido con el mundo, con su trabajo o quizás simplemente con su suegra) no hay quien la saque de allí. Así que ya estamos, una vez más, ante una Europa coja, una Inglaterra aislada y un mundo un poco más desunido y peor, donde cada vez más va a ser mucho más difícil ponerse de acuerdo. Y todo porque nadie se toma la molestia de indagar un poco el auténtico funcionamiento de las cosas. ¿Para qué, cuando resulta incomparablemente más fácil creer lo que más te convenga para sentirte superior, para culpar a otro de todos tus males, para regodearte en tu resentimiento y en tu estúpida ignorancia? No sé si lo que digo les sonará de algo…