Cómo hemos cambiado

REINOS DE HUMO

Este día cinco, los mayores llegamos ya pasados de polvorones y langostinos, ahítos de jamón y de foie, a la espera del último round del día seis con su cordero y su roscón, antesala de la cuesta y de todo enero. A la espera de lo que ocurrirá en la noche más emocionante del año, que es esta, y con ese preludio ilusionante llamado ‘cabalgata’, a los pequeños la cosa del comer les importa un bledo. Y más ahora que el roscón no es flor de un día, sino que se vende y se compra desde que suenan los villancicos en El Corte Inglés hasta que llega blancolor. La sorpresa del haba se ha quedado para esos niños que aún habitan en los adultos que conocimos la tele en blanco y negro. Los bajitos de ahora tienen niveles de exigencia muchísimo más altos para arquear las cejas de emoción. Cómo hemos cambiado. En algunas cosas hasta para bien. Nosotros y todos los personajes que nos han rodeado desde la infancia. Baltasar ya no está como tiznado de corcho negro, sino que su piel oscura reluce preciosa bajo la corona. Ni las carrozas se parecen al tractor del tío José. Me pregunto si, ahora que todo es más realista y verosímil, el nivel de emoción infantil será tan grande como cuando todo era más amateur, y si por la noche sus majestades seguirán tomando lo de antaño o se habrán renovado. Recuerdo el mimo con el que les servíamos su copita de coñac o de anís junto con los polvorones y las almendritas y agua para los camellos. Quizá se han pasado a la kombucha o al Red Bull. Esta noche les pondremos de todo, por si acaso. Suerte con los Magos.