Ese trocito de felicidad

Mi hermosa lavandería

Cuando Rosa Maria Sardà me leyó los textos de Un incidente sin importancia, estos no se llamaban así, sino Catástrofe ferroviaria, que me parecía un título fastuoso. Oír a Rosa leer estos relatos es un privilegio que ojalá muchos de ustedes puedan disfrutar algún día. Su dicción, su estilo, su manera de entonar, de mirar, de evocar ese pasado que, con su voz, se hace mágicamente presente son la destilación de una de las inteligencias más finas que he conocido. El libro, que acaba de publicar Planeta, es una pura maravilla. Los personajes de la infancia de Rosa aparecen ante nuestros ojos como héroes de una época durísima que sabían, pese a las miserias, la guerra y la posguerra, trascender con su sentido del humor y su bonhomía los trances más duros. Ese mundo subterráneo -donde se mezclaban las rancheras, las sevillanas y Els segadors; donde una mujer de veinte años, la madre de la autora, da a luz con la sola ayuda de una taza de chocolate; donde una niña escucha embelesada las historias de sus abuelos, que fueron actores antes de la guerra- aparece ante el lector con una fuerza inusitada. Los relatos componen una suerte de hilo narrativo tirado por personajes inolvidables, descritos con un inmenso cariño, no exento de ironía: «Él ya le explicaría lo que le puede ocurrir a una mujer altiva que no presta atención a los hombres irresistibles». Hay ecos de Katherine Mansfield y de Jean Rhys y de Jane Bowles en la prosa de Rosa Maria Sardà. Hay ecos de Azcona y de Josep Maria de Sagarra. Hay humanidad a raudales. Y nostalgia. Y dolor. Y amor. Y humor. Y efervescencia. Ante nosotros desfilan las estampas de un mundo aparentemente pretérito, pero que le da sopas con onda en energía y pasión al mundo de hoy. Esa única copa que queda incólume del arrebato de una mujer doliente es una poderosa imagen que dice más que mil páginas de descripciones. La Sardà escritora tiene, como no podía ser de otra manera, un personalísimo tono a la hora de abordar las catástrofes cotidianas, los avatares de unas vidas marcadas por la precariedad y el fatalismo. Poético sin sensiblerías. Contundente y sutil. Son textos que respiran la inmensa sabiduría de su autora, una mujer que ríe, lee, vive y que en otro lugar, menos mediocre y asfixiante que en el que vivimos, sería considerada el súmmum de las especies protegidas: esas raras personas que, por su coherencia, su ética y su verdad, son un ejemplo a seguir para todas las generaciones. Ojalá escriba más. Y ojalá tengamos la fortuna de seguir escuchando lo que esta nieta de Maria Oliva, testaruda, vivaz y con largas piernas de caballo, tenga a bien contarnos sobre ese trocito de felicidad, que ya buscaron sus abuelos, que se oculta tercamente entre las miserias y penalidades de la existencia.