Frikis

PEQUEÑAS INFAMIAS

Hace unos días, mi amigo el escritor Julio Cristellys me envió un WhatsApp. En él mencionaba uno de mis artículos y decía sentirse reconfortado porque, al leerlos, dejaba de pensar que era un friki. Le contesté diciendo que, en ese caso, ya éramos dos los raros, pero que creía que había muchos más. Lo que ocurre, argumenté, es que los medios de comunicación aumentan, fomentan y difunden conductas y opiniones tan disparatadas, arbitrarias  y egocéntricas que consiguen que acaben pareciendo normales. Antes se pensaba que lo de hacer creer que quien más chilla tiene razón, sacralizar la zafiedad, el «porque yo lo valgo» y «el cuantas más estupideces digo más sube la audiencia, ergo soy el rey del mambo» eran conductas reprobables. Ahora todas ellas se han hecho habituales, de modo que nadie las cuestiona. Ni siquiera nos preocupa que resulten un mal ejemplo para los niños porque empezamos a verlas como normales, y no solo en la tele, sino también en la vida diaria. Tal cambio en el modo de calibrar las cosas se nota incluso en la conjugación de algunos verbos. ‘Tener’, por ejemplo, es todo un paradigma en este sentido. Si a ‘tener’ se une el término ‘obligación’, el verbo se conjuga solo en la segunda y la tercera persona tanto del singular como del plural. Verbigracia, han desaparecido ‘yo tengo’ o ‘nosotros tenemos una obligación’. Solo existe ‘vosotros tenéis’ y ‘ellos tienen un deber, una obligación…’. Por el contrario, si el verbo ‘tener’ se asocia a la palabra ‘derecho’, ocurre exactamente lo contrario. Nadie dice ‘tú tienes’ o ‘vosotros tenéis un derecho’; solo   derechos tenemos mi tribu y yo, faltaría más. La conjugación de este verbo es muy notable en el caso de todo tipo de reivindicaciones, desde las de los independentistas catalanes hasta las de todos esos ‘ismos’, loables muchos de ellos, pero que, a base de conjugar los verbos solo en su beneficio, empiezan a resultar cargantes. Hablo, por ejemplo, del feminismo, del igualitarismo, del animalismo, etcétera.

Cambios sociales como estos no ocurren solo aquí. En el mundo entero vemos cómo normas, reglas no escritas o incluso leyes de convivencia universalmente aceptadas caducan o se vuelven irrelevantes. Tal vez el caso más notable en este sentido sea el de Donald Trump. ¿Quién podría habernos dicho hace años que, en el siglo XXI, el presidente de los Estados Unidos sería un individuo autoproclamado machista que sostiene que a las mujeres les gusta que les agarren el pussy? Un señor al que han grabado ‘persuadiendo’ al presidente de Ucrania para que lo ayudase a desprestigiar a su rival, Joe Biden. Un tipo que jamás ha hecho público su patrimonio y otra larga lista de tropelías varias. Si alguien, digo, nos hubiera vaticinado algo parecido, habríamos pensado que estaba mal de la chola. En otros países, como Gran Bretaña, cuecen similares habas mientras que hablar de cómo nuestros políticos patrios se saltan normas, consensos y hasta leyes empieza a resultar tan reiterativo como tedioso. Y lo peor no es que todo esto esté ocurriendo. Tal como sucede con las conductas que vemos en la tele, lo más grave es que estas actitudes  han pasado a ser ‘normales’. Por eso, sí, en efecto, tiene mucha razón Julio Cristellys. Los que creemos que existen normas y límites somos unos frikis. Pensamos, fíjense qué extravagancia, que, tal como decía Churchill, construir una civilización y unas reglas de juego lleva siglos mientras que para destruirla basta con saltarse las convenciones que entre todos nos hemos dado.

Pero seguramente los equivocados somos nosotros. Al fin y al cabo, los  americanos volverán a votar a Trump; los independentistas han conseguido convencer al mundo de que en España no hay justicia ni democracia. Y que Franco vive, y la tele y los medios de comunicación han conseguido instaurar que tiene razón quien más chilla. No es muy tranquilizador, lo sé, pero pienso que, mientras existan muchos frikis como Julio, como ustedes o como yo, todavía estamos a tiempo de cambiar ciertas cosas.