‘Buffet’ libre

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Creo que una de las cosas que más me deprimen es ir a comer a un buffet libre. Esa extensión inacabable de comidas mezcladas con nombres rimbombantes y vacíos. Las zanahorias de bote. La lechuga iceberg. Las idas y venidas de la gente nerviosa con los platos en la mano, buscando incesantemente mil maneras de aprovechar la circunstancia: los platos donde se aglutinan gambas, pimientos, remolacha, salchichón, sanjacobos y mayonesa en una mezcolanza siniestra. El cocinero cansado que, debajo del cartel de «Show cooking», se dedica a freír trozos de panceta, pechugas de pavo o filetes de perca en la misma superficie. La idea de que puedes escoger es la gran trampa del buffet libre: poder escoger, puedes, pero entre cosas siempre intragables que llenan y no alimentan. Que no pueden saciar porque están pensadas para fomentar la indigestión y la ilusión de variedad. Cuando por circunstancias ajenas a mí, a veces, en un rodaje me veo obligada a comer en uno de ellos, ya sé que un ataque de tristeza profundo me acometerá sin tardar. Sé que el pollo estará seco, que el aceite y el vinagre para aliñar serán malos y que los camareros estarán hartos de indicarles a los octogenarios cómo funciona la máquina de café, que utilizará un torrefacto inadmisible. Prefiero comerme un bocadillo de lo que sea en cualquier antro antes que volver a sentir esa angustia ante la bandeja de pepinillos y aceitunas sin sabor. El buffet libre es un concepto que empezó a ser popular en España en los setenta. Las generaciones que habían nacido en la posguerra se volcaron ante la idea de abundancia que ofrecían estas mesas llenas de alimentos hasta ahora desconocidos: los palmitos y el kétchup y el cocktail de gambas con salsa rosa se introdujeron así en los hogares españoles. En Estados Unidos, el concepto del all you can eat (‘todo lo que pueda comer’) lo creó en Las Vegas el director de un hotel, Herb McDonald, en 1943, y muy pronto esos buffets crecieron como setas por toda la ciudad y todo el país. Su precio fijo y la posibilidad de que, al menos en teoría, podemos comer más de lo que pagamos es un reflejo claro de ese instinto tan humano que es el de aprovecharse de las gangas. Nadie se para a pensar que en el mundo ya no hay gangas, si es que alguna vez las hubo: si pagas un precio ínfimo, te van a dar bazofia. Y por mucho que las cosas tengan el apelativo de ‘libres’, no hay nada tan alejado de la libertad como esa ilusoria elección entre cien platos cocinados con desgana, entre bandejas de cosas tristes y mortecinas. Pero ahí estamos todos dando vueltas con nuestro plato vacío, en este mundo cada vez más estúpido, insípido y jibarizado, en el que deambulamos como si de verdad creyéramos que se la vamos a dar con queso al propietario del buffet.