Ilusión

Mi hermosa lavandería

Se reúnen casi cada día, mientras el tiempo lo permita (y aquí es raro que no lo permita), para cantar canciones populares de toda España. Algunos, los menos, son de aquí, del mismo Benidorm; otros llevan instalados aquí desde tiempo; los más vienen a pasar unas semanas animados por el sol, los viajes del Imserso y los precios bajos del todo incluido. Después de toda una vida trabajando, disfrutan de cada segundo de esta vida muelle, donde no hay que fregar platos ni limpiar cristales ni hacer la compra ni cuidar nietos. Al lado del paseo de Elche, junto a las palomas blancas que corren de acá para allá, perseguidas por los yorkies, se oyen sus voces esforzadas entonando Bésame mucho, Cuando salí de Cuba, Cielito lindo, Si vas a Calatayud… Hay entusiasmo y entrega y, aunque uno no quiera, escuchándolos, no puedes evitar contagiarte de esa bonhomía que destila el coro de la playa de Poniente. Los turistas británicos no abundan a este lado de Es Castell; prefieren la playa de Levante, con los vasos de cerveza gigantes, los imitadores de Elvis o Adele o Engelbert Humperdinck, los desayunos con huevos y judías de lata a tres euros con cincuenta. Estas dos comunidades que conviven en Benidorm raramente se mezclan. En el denostado (y con razón) Rincón de Loix no verás a un solo jubilado español, y a ningún británico se le ocurriría cantar en el coro de Poniente. Los motoscooters invaden por igual la calzada en ambas zonas con una desfachatez pasmosa, en eso sí se parecen. Y en el carpe diem: en el aire de Benidorm se respira una sensación difusa que, si quiero definir, podría ser esto: ha llegado el momento de disfrutar de la vida, de pasear, de tumbarse al sol, de cantar, de beber a deshoras sin que se nos olviden las pastillas de la tensión, de bailar. Los tablones de los hoteles están llenos de actividades: visitas a fábricas de mantas, zumba, aquaeróbic y algo conmovedor que claramente preocupa: ‘dudas del móvil’. Las peluquerías a precios irrisorios mantienen impecables los cardados de las señoras. Las farmacias preparan diligentemente las medicaciones del mes para que nadie se confunda y despachan más recetas de viagra que en ningún otro lugar de España. Las orquestas de los hoteles desgranan pasodobles y bachatas a demanda. Muchas parejas de viudas y viudos se han encontrado en Benidorm y mantienen romances apasionados, muchas veces no bien vistos por los hijos. El mirador se llena de grupos de rusos haciéndose selfies y bebiendo sangría, su bebida de cabecera, según me cuentan los camareros de la zona. En la lejanía se yergue el monumental edificio Intempo, abandonado durante ocho años y hoy otra vez en marcha en forma de apartamentos de superlujo. El Intempo con sus columnas doradas y su peculiar cúpula es la clase de edificio que albergaría la sede de los villanos en una película de Austin Powers.

Cerca de donde se reúne el coro de Poniente, hay una placa en un monumento a un antiguo alcalde que reza: «De ilusión también se vive»