La invasión de los necios

Pequeñas infamias

Después de varias semanas de comentar con ustedes dislates locales, he decidido ventilarme y viajar un poco. Viajar ilustra, enseña, abre horizontes; en fin, todo eso que se dice. Mi viaje, sin embargo, no ha sido físico, sino más bien intelectual. Sin moverme de casa, he hecho el experimento de leer solo prensa extranjera por ver qué se cuece por ahí fuera. Dos días de viaje astral han sido suficientes para regresar acongojada. Si creen que las noticias que se producen aquí son de aurora boreal, deberían ver las que preocupan más allá de nuestras fronteras. No me detendré en enumerar las que genera el Reino Unido postbrexit; tampoco las que se derivan del impeachment de Trump, del que seguramente saldrá reforzado y en rampa de lanzamiento para repetir mandato. Mi pasmo se deriva más bien de noticias de carácter no político, pero que sirven para retratar el mundo en que vivimos. Como, por ejemplo, la decisión de la Universidad de Yale de suprimir su curso Introducción a la Historia del Arte después de recibir protestas de un grupo de estudiantes woke. Según acabo de enterarme, el palabro woke sirve para describir a personas con ‘conciencia percibida’ sobre cuestiones de justicia racial y social. Bien, pues estas personas se han mostrado muy molestas por la blancura y la masculinidad abrumadoras de las obras de arte, por lo que abogan por que se dé prioridad al estudio de artistas racionalizados (otro palabro que yo creía invento de la renombrada lexicógrafa Irene Montero, qué incultura cósmica la mía) en vez de al de Miguel Ángel, Praxíteles, Picasso y demás machistas de raza blanca. También exigen que se estudie más a fondo el arte de minorías ignoradas como los esquimales o los hotentotes.

Las personas woke del mundo entero están de enhorabuena porque, según otra noticia de estos días, el Rijksmuseum de Ámsterdam ha decidido cambiar los nombres a diversas obras de su colección por otros políticamente aceptables. Por eso, a partir de ahora, el cuadro de Simon Maris Joven negra se llamará Muchacha con abanico, parar no herir sensibilidades. En la misma estela figuran también otros cambios que atañen a la literatura, de modo que Tintín en el Congo ya no lleva título tan brutal, mientras que la novela de Agatha Christie Diez negritos hace tiempo que pasó a llamarse Y no quedó ninguno. Las redes sociales son implacables a la hora de descubrir y denunciar este tipo de conductas machistas y xenófobas condenando al infierno de los impíos incluso a gente que no tenía la menor idea de que podía estar cometiendo una falta de lesa humanidad woke. He aquí otro ejemplo. Hace unos meses la cantante Katy Perry tuvo que pedir públicamente perdón por haberse atrevido a lucir trenzas africanas. «Lo siento muchísimo –explicó Perry–, un amigo woke acaba de explicarme que el pelo de las mujeres de color está empoderado y fue un imperdonable error por mi parte peinarme así». ¿Quién marca en el mundo lo que es correcto y lo que no? ¿Quién reparte carnets de woke presuponiendo que los demás somos todos unos retrógrados chovinistas insensibles a reivindicaciones raciales o sociales? Y, en último término, ¿por qué esas mismas personas que se autoproclaman hipersensibles a tantos imperdonables agravios se comportan con los demás como Torquemadas? En La invasión de los necios, Umberto Eco señaló que el problema reside en que antes las necedades que se decían no pasaban del reducido ámbito de quien las profería. «Ahora y sin embargo –apunta Eco en su ensayo–, las redes sociales han promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad». «Y luego –concluye el autor de El nombre de la rosa– lo peor y más incomprensible del caso es que muchos, que no son el tonto del pueblo, pero no quieren quedar como insensibles, acaban dando por buena toda una sarta de estupideces». Estupideces que, paradójicamente, lo único que consiguen es que a la larga (o no tan larga) se multiplique en las sociedades avanzadas el número de racistas, de supremacistas e incluso de fascistas, aburridos todos de tener que comulgar a diario con tantas tontas tiranías. En otras palabras y para que lo entienda hasta un necio: esto es lo que se llama hacer un pan con unas tortas.