Puertas al campo

Animales de compañía

Hace algunas semanas, tuve ocasión de hacerle una pregunta a la vicepresidenta del negociado económico en el programa de Pepa Bueno. Yo acababa por entonces de escuchar una noticia en el telediario que se había anunciado como cosa pintoresca o estrafalaria, pero que a mí se me antojó trágica. Resulta que en una tienda bilbaína de ropa –de trajes nupciales, creo recordar– habían decidido cobrar a la clientela por probarse la ropa una cantidad de quince euros, que sólo se perdonaría a quienes finalmente comprasen algo antes de marcharse. Y es que, al parecer, la mayoría de la gente que entraba en la tienda eran caraduras y sinvergüenzas que se probaban un montón de trajes antes de encontrar el que les quedaba fetén; que, sin embargo, no compraban, sino que descartaban también, para correr a casa a comprarse uno idéntico, de la misma marca, talla y hechura, en interné. La noticia, como digo, tenía un enfoque algo chusco; pero a mí me pareció que si los dueños de aquel negocio habían recurrido a una medida tan disuasoria para el cliente debía de ser porque estaban desesperados, comprobando que la mayoría de su (falsa) clientela estaba formada por sinvergüenzas y caraduras adictos al comercio electrónico que usaban su tienda como probador.

Así que pregunté a la vicepresidenta del ramo si tenían pensada alguna medida para proteger al comercio minorista, recordándole de paso que las restricciones al corrosivo comercio electrónico son las mejores medidas a favor de una economía virtuosa; o, como dicen los modernos (gentes que consideran odiosas todas las virtudes), «sostenible». Pues las restricciones del comercio electrónico, amén de estimular la economía de cercanías (en la producción, distribución y venta), disminuirían los fletes, eliminarían multitud de plásticos y envoltorios y, en general, favorecerían formas de vida más ‘ecológicas’ y a un tiempo civilizadas, en donde el trato comercial se acompaña del trato humano, como conviene en cualquier sociedad digna de tal nombre. La respuesta de la ministra, muy modosita y morigerada, se redujo a afirmar que «no se pueden poner puertas al campo» y que, desde luego, el gobierno facilitaría la renovación tecnológica del comercio minorista; todo ello perfumado con un perifollo de vacuidades buenistas y alfalfa sistémica.

Pero lo cierto es que al campo se le pueden poner todas las puertas que uno quiera. Los chinos, por ejemplo, aunque no saben poner puertas seguras a los laboratorios donde experimentan con armas biológicas, ponen unos portones tremendos a Gúguel, a Feisbu, a Tuiter y a la madre que los parió a todos; y los jefazos o jefecillos de estos antros se callan y achantan la mui. La policía, por supuesto, pone también unas puertas como un castillo a los delincuentes que desea pillar mientras hacen sus diabluras en interné. Y el mismo gobierno de nuestras entretelas sacó un decreto hace unos meses para poner puertas en interné a los indepes (decreto que luego se envainó, para pordiosear su apoyo parlamentario). A nada se le pueden poner tantas puertas y tan fácilmente como a interné; otra cosa es que no quieran ponérselas quienes están al servicio de la plutocracia. Y, desde luego, cuando se dice que los comercios tradicionales deben esforzarse por renovarse tecnológicamente, lo que en realidad se les está diciendo es que se resignen a convertirse en proveedores de un contenedor electrónico mastodóntico que vampirizará sus exiguos márgenes de beneficio. Que es lo que desean los plutócratas que manejan esos contenedores (y a las ministras modositas).

Mientras la vicepresidencia envolvía sus alevosías al servicio de la plutocracia con fardos de alfalfa sistémica, pensaba yo que tal vez esa reciente (y simbólica) subida del sueldo mínimo no sea más que otro trampantojo que los lacayos de la plutocracia venden a las masas cretinizadas. Que, mientras lloran de agradecida emoción por la propinilla de cincuenta euros, olvidan que en unos pocos años la mayoría de la población no podrá ganar otro sueldo que no sea el mínimo. Porque, devastado el tejido que genera la economía de cercanías, no habrá sino parias de sueldo mínimo (¡o renta básica universal, oiga!) y plutócratas trillonarios que controlen el comercio electrónico donde los parias se abastezcan de gangas que los comerciantes arruinados se verán obligados a vender por interné, a cambio de un margen de beneficios ínfimo. Así, sin poner puertas al campo, se devasta un tejido económico fundado en el reparto de la propiedad, que es el único que puede salvar el planeta y procurar a sus pobladores una modesta y bien repartida prosperidad.