Cualquier cosa es posible en Benidorm

Mi hermosa lavandería

Desde el mirador de El Castell es posible ver la peculiar geografía de la ciudad: sus dos bahías interrumpidas por un cabo tras el cual se oculta el casco antiguo, que se asemeja a cualquier casco antiguo de cualquier ciudad costera mediterránea. Los ingleses se aventuran raramente por ahí. Prefieren permanecer en sus hoteles todo incluido, bebiendo las margaritas y los mojitos que la pulsera que reciben nada más llegar les permite beber sin medida. Hay hoteles que se proclaman beach resort, con la playa a tres kilómetros y sus clientes nunca la han visto. Me fascinan esas parejas que toman posesión de la mejor mesa de la cafetería del hotel y pasan horas y horas viendo retransmisiones de campeonatos de dardos, luego leen el Daily Mail en la piscina rodeada de césped artificial y se retiran a sus habitaciones completamente cocidos. Y así durante tres semanas por menos dinero del que les costaría vivir el mismo tiempo en Newcastle o Blackpool. Muchos llevan viniendo a Benidorm durante más de veinte años y no han conseguido aprender ni una palabra de español más allá de «una cerveza, por favor». Y muchas veces se ahorran el ‘por favor’. Otro fenómeno espantoso: las despedidas de soltera, que superan en número a las de soltero. No hay noche que un grupo de mujeres borrachas con diademas de pollas en la cabeza no hagan corro alrededor de una mujer con banda de miss y velo blanco en la cabeza. Verlas en grupos de siete, gritando y cantando en las calles de Benidorm, es algo, por desgracia, difícil de olvidar. Siempre he pensado que el día que las mujeres dejemos de creer en esa fantasía kitsch que nos obstinamos en no renunciar –el matrimonio con sus vestidos blancos, su banquete y todas sus ceremonias accesorias– el mundo empezará una era menos ridícula, con más sentido común y auténticamente feminista. Un martes de febrero hay gente en la playa bañándose mientras cientos, quizás miles, de personas sin problemas de desplazamiento alquilan motoscooters que harían poner verde de envidia al José Isbert de El cochecito. Las ortopedias hacen su agosto todo el año vendiendo sillas de ruedas, andadores, muletas: la movilidad es la gran cuestión en la ciudad, invadida por toda clase de vehículos. La cerveza es barata. La ropa es barata. Los buffets libre son baratos, llevándose la palma los chinos, que pueden encontrarse por 5,95 euros. Los espectáculos son baratos. Los hoteles son baratos. Todo es tan barato que te preguntas dónde está el negocio para los cientos de bares y clubs que sirven cubos de seis Coronitas por 10 euros. Pero hay otra cara también en la ciudad, gente que se esfuerza por hacer las cosas bien, por atender bien, por trabajar bien y por dar de comer bien: también los he conocido. No salen en las guías y, a menudo, Trip Advisor los ignora. Hay que esforzase en encontrarlos, pero están ahí. Y hay gente contenta en las calles y en las playas de Benidorm. Gente que no entiende a los agonías como yo que escribimos historias agridulces que pasan en esta ciudad soleada, despreocupada y casi casi feliz.