La mujer que nunca había celebrado San Valentín

Mi hermosa lavandería

Me cuenta toda su vida y su filosofía de vida en una tarde, tan atropelladamente que me aturulla y le hago repetir algunas cosas porque me temo que no la estoy entendiendo. Cuando las repite, es cuando empiezo a sentir auténtico temor. Nació en un lugar muy lejos del mar y hoy es instructora de buceo. Se aburre fácilmente. Acaba todas sus frases con alzamientos exagerados de hombros y cejas. Deja de escucharme muy pronto y se embarca en un monólogo agotador y desconcertante. Quiere contarme su vida a toda costa porque su vida «sí que es una película de las buenas».

Cambia de país cada tres años y este nuestro es el quinto. No cocina. Dice que come cualquier cosa y se nota: es de una delgadez enfermiza, insana, extraña. Bajo el bronceado de su último destino, las Maldivas, late una piel gris apagada. Repite muchas veces la expresión «yo es que…». «Yo es que no soporto bañarme en un río», «yo es que no soporto a los cobardes», «yo es que…». Cada afirmación está dicha con un rictus de desprecio en la comisura de los labios, como un latigazo displicente. Está tan segura de todo lo que dice que te hace cuestionarte tus escasas certezas. Desprende un aire de desafío hasta en las situaciones que no requieren ningún desafío. Habla mucho y muy rápido, como si tuviera miedo de que alguien la fuera a interrumpir.

Cuando describe sus días de buceo, hace gala de un aire de misterio. Habla de ellos y de su «comunión con el agua» con la mística de los ungidos por una gracia única y muy especial. «Ser uno con el agua», repite como un mantra. «Ser uno con el agua». No le espantan los tiburones, pero sí las morenas. Ha visto ballenas en Vancouver y escualos en el Índico. Rebaños de caballitos de mar y tortugas en Los Roques. Ha nadado en casi todos los mares del mundo, y los que le faltan no le interesan.Hay momentos que parece que va a traicionarse y confesar lo sola que se siente, pero consigue dominarlos. No tolera las debilidades de los demás. Detesta mostrarse vulnerable. No recuerda la última vez que lloró. No celebra sus cumpleaños. No es generosa. Se irrita fácilmente. Le cuesta horrores admitir todo lo que ignora y no sabe que eso nos pasa a todos. Es testaruda y desconfiada. Cuando habla de sus amigos, generalmente hombres, menciona sus posesiones y la pasión que sienten por ella misma. Las mujeres la envidian, afirma. Todas las mujeres la envidian. Es irremediable. No le gusta admitirlo, dice, aunque para cualquiera que la escuche es obvio que le encanta admitirlo: que todas las mujeres del mundo querrían estar en su lugar. Todo el tiempo está intentando demostrar que no necesita a nadie, que no sueña con otra vida, que su rigidez y su amargura son, en realidad, flexibilidad y alegría disfrazadas. En su cabeza, todos los que no seguimos su forma de vivir, de pensar y de sentir estamos equivocados. Y está tan equivocada y tan perturbada que duele.