Un hombre para todas las estaciones

Pequeñas infamias

Sé que el título de este artículo es solo una traducción literal (y, por tanto, defectuosa) de la célebre obra de teatro de Robert Bolt A man for all seasons, pero es perfecto para hablarles de un amigo que acaba de morir. Conocí a Plácido Arango en los felices ochenta del siglo pasado, cuando España comenzaba a consolidar la democracia, cuando el optimismo y las ganas de hacer las cosas bien, y de construir una España nueva y mejor, no conocía bandos ni colores políticos porque todos remaban en la misma dirección. Por supuesto que había problemas y dificultades, pero a solucionarlos colaboró un grupo de gentes, todas ellas de gran talla y amigas entre sí, que no buscaban el aplauso fácil ni el brillo de las candilejas, sino esa otra recompensa menos vistosa y figurona, pero más noble, que es saber que uno está haciendo algo importante por su país. Plácido nació en México, pero llevaba España muy dentro; por eso colaboró en crear ese Milagro Español de finales del siglo XX y principios del XXI que, mal que les pese a los cenizos, existe y es una realidad. Siempre discreto, prudente, se dedicó a facilitar que personas de distintos pareceres y antagónicos intereses se juntaran, se conocieran y luego él las dejaba a su aire para que se pusieran de acuerdo. Y lo más prodigioso (lo casi increíble, dado lo que estamos viendo ahora) es que lo lograba. No solo porque en todos había voluntad de solucionar problemas, sino porque Plácido creaba el clima adecuado. No a mucho andar, espero, alguien revelará los muchos acuerdos que él facilitó, también todos los incendios que ayudó a sofocar, todas las situaciones imposibles que sin Plácido probablemente no habrían llegado a tan buen puerto. ¿Creen que exagero? Esperen y verán, quedarán asombrados. Como Plácido fue un hombre para todas las estaciones y situaciones, podría hablarles ahora de su faceta de mecenas y amante de la cultura. Recordar, por ejemplo, sus muchos años al frente de la Fundación Princesa de Asturias o como miembro del Patronato del Museo del Prado. También podría enumerar las veinticinco obras de Goya, Zurbarán o Valdés Leal que donó al Prado y las no menos importantes que cedió al Museo de Bellas Artes de Asturias. Mencionar también cómo, en su etapa al frente del Prado, con la misma discreción y nulo afán de protagonismo que lo caracterizaban, consiguió que el experto John Brealey dirigiese la restauración de Las meninas. Podría sumar a todo lo dicho otras muchas y calladas labores suyas por el bien común, pero prefiero hacerlo del Plácido Arango amigo. Ese que en los momentos buenos era el más cautivador, el más generoso, el más animado de la fiesta, mientras que en tiempo de ‘vacas flacas’ cambiaba por completo. Pero no como suelen hacer muchos que, cuando asoma la desgracia, prefieren hacer mutis por el foro, sino todo lo contrario. Porque entonces el Plácido cautivador pasaba a convertirse en el más atento y comprensivo; el más animado, en el más omnipresente; y, de generoso, se volvía también incondicional. Esa es la razón por la que pienso que fue un hombre para todas las estaciones, para todas las situaciones; en especial, las más complejas. Lo fue para sus hijos, que siguen su ejemplo y se comportan igual que él; para su infinidad de amigos y también para tantos que, sin conocerlo, se han beneficiado del buen hacer de una vida tan larga y pródiga.

Y, en el tramo final de esta andadura, haciendo cierta la premisa de que detrás –o más certeramente al lado– de un gran hombre siempre hay una gran mujer, ha estado Cristina Iglesias. Por eso me gustaría que mis últimas palabras fueran para ella, con mi admiración y mi cariño. Tal vez ustedes que me leen crean que lo que acabo de escribir raya el ditirambo, pero pienso que cuando uno encuentra en su camino personas excepcionales debe celebrarlas y compartirlas, igual que uno celebra y comparte todo lo bueno y excepcional que nos regala la vida