Princesas rojas

Reinos de humo

Parece ser que llevo un par de días expuesto al cadmio, ese metal pesado que ocupa el número atómico 48 en la tabla periódica de los elementos. Ya saben que las baterías de los móviles y la cabeza de las gambas lo tienen en distinto nivel de concentración y no he dejado de llamar por teléfono ni de comer gamba roja. Así que no sé si se habrá resentido mi salud en algo. Desde luego, mi paladar anda feliz y contento con la ingesta en cantidades abundantes de Aristeus antennatus (hasta en lo de la antena hay paralelismos con la telefonía, si se fijan) en Denia, uno de los puertos que las pesca en ese caladero que existe a medio camino entre la Península e Ibiza y posiblemente el que mejor la cuida y trata para que llegue soberbia a los platos. Los pescadores de esta cofradía las cuidan y miman como si fueran hijos únicos hasta el punto de que el mismo producto con el mismo origen desembarcado un poco más arriba o un poco más abajo parece otro. Espero que una vez llegados a este punto del artículo se estén relamiendo con la princesa roja y se hayan olvidado de lo del cadmio. Es verdad que la Agencia Española de Seguridad alimentaria recuerda cada diciembre que consumir cabezas de gamba y otros crustáceos puede ser peligroso, pero también que la Fundación Española de Nutrición responde al día siguiente que de eso nada. A mí me importa un bledo lo que digan tirios y troyanos. La cabeza de una gamba roja es uno de los manjares más suculentos que ofrece la naturaleza con el justo sabor a mar, cremosidad y grasa en la boca. Y creo que tengo más probabilidades de dejar este mundo por otros doscientos motivos antes que por chuparme unas gambas. Disfruten ahora que todavía podemos.