La cajita

Mi hermosa lavandería

Me resisto a que me clasifiquen. Y esa resistencia natural creo que es seguramente una de las que más me han marcado la vida. De pequeña, me resistía a que me metieran en el grupo de las niñas, aunque no me resistía menos a que me pusieran con los niños. Tampoco quería formar parte de los empollones, y aún menos de los que pasaban de todo. En el instituto, tuve pocos amigos: era demasiado intelectual para los fiesteros y demasiado iconoclasta para los intelectuales. En las ideas políticas, me resistía a aceptar dogmas, imposiciones, verdades incuestionables: estudiar Historia me daba una base crítica para no tragarme incondicionalmente ningún discurso. Y eso sólo me causó incontables discusiones y dolores de cabeza. La cosa no mejoró con los años: trabajé en publicidad, aunque nunca me consideré publicitaria; los del cine me vieron siempre como una advenediza y los de la publicidad, como una traidora. En Madrid, he sido siempre la catalana; en Barcelona, la outsider. En el extranjero, una española rara tan lejos de sus pajoleras ideas sobre los españoles como se puede estar. Para muchos hombres, he sido muy poco femenina y demasiado feminista. Para algunas mujeres, he sido demasiado tolerante con el machismo y he hecho muchos chistes que no han sentado bien. He hecho dramas con comedia, aventuras épicas e intimistas, he sido frívola cuando me exigían ser seria, y he procurado escaparme de las delicias del lugar común con todas las contradicciones que he sido capaz de sobrellevar. Me hago mayor y no me reconozco en ese modelo de mujer amargada, rencorosa, aburrida y perennemente ofendida que salpica demasiadas películas, obras de teatro y novelas: no me da la gana dejar de hacer chiquilladas, llevar camisetas y zapatillas absurdas y portarme todo lo mal que pueda. Si alguien espera de mí que siente la cabeza y me una a un coro de plañideras, puede esperar sentado. Sí, claro, con cada cumpleaños me acerco más a la edad en que mucha gente, especialmente directores de cine, se retira a dar conferencias y abominar del cine actual y las series. Cuando me preguntan qué prefiero, cómo me defino, digo que como un contador de historias con imágenes, bien sea en el cine o en la televisión, me niego a decantarme por una de ellas, me niego a escoger, me niego a encajar en ese molde empequeñecedor, aburrido y asfixiante que no se corresponde con la realidad porque la realidad no es simple ni aburrida ni asfixiante: la realidad, no sólo sobre mí, sino sobre cualquier ser humano, es una caja de sorpresas que ríete tú de la caja de bombones de Forrest Gump. Clasificar a las personas sólo sirve para tranquilizar al que clasifica y no hace honor a la verdad del sujeto al que se escrutina. Las únicas cajas que me interesan son las de Joseph Cornell: cajas que encierran uno o muchos secretos, misterios, dobles fondos, espejismos. Pero, aun así, no querría estar atrapada en esa caja de palabras y definiciones que no son ni serán yo. Supongo que esa escapada es lo más parecido a la libertad que saborearé en la vida.