Todo lo mejor y todo lo peor

PEQUEÑAS INFAMIAS

Escribo estas líneas el mismo día en que el Gobierno ha decretado el estado de alarma en toda España. Ignoro, por tanto, qué estará pasando dentro de dos semanas, cuando ustedes las lean. Pero lo que sí se ve ahora mismo y más aún, imagino, dentro de quince días es que el coronavirus ha hecho aflorar lo mejor y lo peor de la condición humana. Ocurre siempre en las crisis, en las catástrofes, se trate de una guerra, un terremoto o una peste como la que estamos viviendo. Por un lado, los listillos y los miserables tratarán de sacar tajada de la situación. Se habla ya, por ejemplo, de que, sabiendo que la gente, en especial personas que viven solas, está en casa, los amigos de lo ajeno han abierto una nueva línea de negocio. Fingirse inspectores que vienen a ‘comprobar’ que se cumple el aislamiento y, una vez en el domicilio, aprovechan para amedrentar y robar a sus víctimas. Abundarán también, sin duda, las pequeñas mezquindades, como el acaparador de algún bien de primera necesidad o los pícaros que intentan sacar tajada revendiendo algo. En los Estados Unidos, por ejemplo, el último día antes de que Trump prohibiese los viajes desde Europa, una persona llegó a pagar 25.000 dólares por una plaza en turista para volver a Nueva York. Seguro que no faltarán tampoco los irresponsables, esos a los que el prójimo les trae al fresco y allá cada palo que aguante su vela, porque yo haré lo que me dé la gana, ya sea saltarme la prohibición de salir de mi ciudad o pasearme por ahí esparciendo miasmas.

Y, sin embargo, más allá de mezquinos, frívolos y aprovechados, el coronavirus servirá también para que aflore lo más grande y generoso del ser humano. Lo estamos viendo ya. Personas que espontáneamente se ofrecen a sus vecinos de más edad para hacerles la compra y dejársela ante su puerta; otros que entablan conversación con esa vecina de rellano a la que, en circunstancias normales, solo le dan los buenos días, pero ahora intuyen que está muy sola y bien merece una sonrisa y un poco de compañía… Los balcones dan para mucho. Me emocionó, por ejemplo, saber que en Italia la gente hace quedadas por la noche para cantar a coro, acompañada de acordeones y panderetas, de modo que la ciudad entera vibre a un mismo compás. Esta iniciativa en concreto me ha parecido especialmente reveladora. Yo hubiese pensado que el encierro nos convertiría a todos en practicantes de hikikomori, término con el que los japoneses designan el ‘aislamiento social extremo’. Un fenómeno cada vez más común que hace que personas, en especial jóvenes, decidan socializar solo por las redes sin tener contacto alguno con el mundo exterior. Como las crisis son tan devastadoras como reveladoras, estoy empezando a pensar que al coronavirus deberemos un interesante descubrimiento. Según recientes estadísticas, en España el 93 por ciento de la población es usuaria de Internet. Se calcula que a día de hoy (aunque las cifras aumentan a velocidad vertiginosa) pasamos una media de cinco horas y dieciocho minutos conectados a Internet a través de cualquier dispositivo. A las redes sociales dedicamos una hora y cuarenta minutos, mientras que invertimos tres horas viendo películas y algo menos escuchando música. Sin embargo, tal vez con la llegada del coronavirus apreciemos que no somos tan hikikomoris como pensábamos. Cuando una epidemia nos enclaustra en casa, descubrimos que, en vez de hundir la nariz en el móvil, lo que de verdad necesitamos es contacto. No virtual, no por Facebook ni por Instagram, no para cotillear cómo se coloca la mascarilla el tonto influencer de turno, sino interacción real con el vecino de al lado. Por eso cada vez estoy más convencida de que, cuando pase esta emergencia, veremos el COVID-19 no solo como una amenaza ya lejana, y posiblemente demasiado sobrevalorada, sino también como el inesperado agente que nos descubrió algo que se había olvidado. Que hay vida más allá de las pantallas y que, cuando la adversidad arrecia, lo único que de verdad conforta es el contacto humano, el de siempre, el de toda la vida.

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