El futuro que viene (I)

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan (todas ellas muy aguerridas y resistentes al coronavirus) me piden que trate de imaginar el mundo que nacerá de las ruinas del que ahora se desploma. Y, aunque nos gusta poco ejercer de profeta (sobre todo porque solemos acertar, granjeándonos el odio de buenrrollistas y soplagaitas), probaremos suerte. En general, ante una casa reducida a escombros, los hombres pueden hacer dos cosas: enterrarse entre los escombros o utilizarlos para construir una nueva casa. Si nuestra civilización decidiera enterrarse optaría, naturalmente, por ahondar las formas de vida que nos han conducido hasta la bancarrota humana que el coronavirus no ha hecho sino acelerar; si decidiera construir una casa, debería naturalmente prescindir de los planes del arquitecto que diseñó la casa hoy reducida a escombros.

Hay quienes, a la vista de las medidas disciplinarias decretadas por nuestros gobernantes, auguran que caminamos hacia una dictadura comunista. Pero lo cierto es que el comunismo –como el capitalismo– es una fase superada de la dialéctica hegeliana, incluso en aquellos lugares donde teóricamente rige (o sobre todo en ellos), como demuestra el caso chino, en donde el comunismo sólo es un ingrediente más en un guiso mucho más amedrentador. La nueva forma de tiranía que se está tramando –mucho más interesada en matar las almas que los cuerpos– ya fue anticipada por Donoso Cortés: «En el mundo antiguo la tiranía fue feroz y asoladora; y sin embargo, esa tiranía estaba limitada físicamente, porque los Estados eran pequeños y las relaciones universales imposibles de todo punto. Hoy las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso… Ya no hay resistencias ni físicas, ni morales, porque todos los ánimos están divididos, y todos los patriotismos están muertos».

Y esta tiranía gigantesca fusionará capitalismo y comunismo en íntima amalgama, pues –como nos enseña Castellani– ambos «coinciden en su núcleo místico», que no es otro sino el «mesianismo tecnólatra y antropólatra». Para alcanzar esta síntesis de comunismo y capitalismo es para lo que trabajan nuestros gobernantes, cuyo objetivo primordial no es –como piensa el anticomunista obtuso– ‘expropiar’, sino más bien hacer desaparecer la pequeña propiedad repartida entre muchos, lo que redundará en destrucción de muchos puestos de trabajo. Entonces aparecerá, cual solícito buitre, la plutocracia transnacional, que a los pequeños propietarios y autónomos arruinados les comprará sus negocios quebrados a precio de ganga y a los trabajadores despedidos les ofrecerá trabajos extenuadores de repartidores de pizzas en globo o de empaquetadores de pedidos amazónicos o delicias semejantes. Y, mientras la plutocracia devora todo el tejido económico devastado, los gobernantes, en efecto, podrán desarrollar retóricas ‘comunistas’ demagógicas, repartiendo limosnas (¡renta mínima universal!) y derechos de bragueta a unas masas cada vez más alimañizadas, haciéndoles creer además que son justicieros que corrigen las desigualdades, cuando en realidad no serán otra cosa sino peleles al servicio de una plutocracia bulímica que saquean a las menguantes clases medias hasta exterminarlas por completo. Por supuesto, esta plutocracia bulímica no renunciará a las directrices de su catecismo económico (crecimiento económico infinito, elefantiasis de la economía financiera, etcétera) y antropológico (exaltación de una nueva religión que, a la vez que exalte la lujuria, prohíba la fecundidad). Ciertamente, después de la hecatombe coronavírica, los gobernantes peleles tendrán que imponer ciertas limitaciones en sus ensueños de una ‘sociedad abierta’ que abre sus puertas a todo bicho viviente (incluidos los virus), para facilitar la ‘movilidad laboral’ y la circulación de capitales. Pero serán limitaciones cosméticas, que se podrán escamotear fácilmente; pues para entonces contarán con unas masas mucho más obedientes y gregarias, tras el largo confinamiento, y dependientes de trabajos ínfimos y limosnas estatales.

El objetivo común de estos gobernantes peleles y de la plutocracia oneworlder será un Estado Mundial ateo (o de un sincretismo religioso de enjambre, que para el caso es lo mismo), que se impondrá sin grandes aspavientos, con la misma discreción con la que durante esta crisis se ha privado de sacramentos a los agonizantes y sus cadáveres han sido enviados al horno crematorio. Esto es, más o menos, lo que nos espera si nos resignamos a que nos entierren con los escombros de este mundo; en un artículo próximo probaremos (si Dios nos da salud) a explicar lo que tendríamos que hacer si nos animásemos a levantar una nueva casa.

Te puede interesar

Yuval Noah Harari: “Superaremos la pandemia, pero corremos el peligro de despertar a un mundo diferente”