Resurrección

REINOS DE HUMO

Termina la semana Santa más triste de nuestras vidas, mucho más oscura que aquellas de la España en blanco y negro cuando también nos teníamos que recoger en casa a escuchar música sacra y a ver La Señora de Fátima o Las Campanas de Santa María, con aquella Ingrid Bergman tan guapa haciendo de monjita. Esta vez se ha ido sin tronos, pasos ni procesiones de cofrades, pero con miles de féretros sin allegados que los velen y decenas de miles de nazarenos sufriendo en los hospitales y las casas, afligidos y con la esperanza herida.

En este Domingo de Resurrección y de Gloria, de Pascua Florida, el día festivo más importante para los que vivimos en la cultura cristiana, creamos en la trascendencia o no, cuesta sacarse algún motivo sincero para estar realmente contento. Se pueden estrenar trajes o zapatos como antaño, o incluso pensar en el cordero de Pascua, como los judíos, y comerlo con alegría y mucho vino en vez de con verduras amargas como hacían ellos, pero no lograremos que huela a primavera como otros años aunque el azahar, los castaños de Indias y los plátanos de sombra estén ya colmados de verde y flores.

Quizás tan solo nos queden los pequeños consuelos. El calor de la familia cercana –iluso de mí, había escrito ‘los besos’–, la velocidad más humana de este nuevo mundo que se nos ha vuelto tan extraño, ralentizado tras dos siglos de prisa exponencial, y también, por qué no, de las torrijas, los buñuelos de viento, la leche frita y las coronas de Pascua que en esta Semana Santa hemos tenido que hacer en nuestras propias sartenes, como en aquellas de Las Campanas de Santa María.