La playa

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Parece que fue hace un siglo, pero fue hace 28 días. Me bañé en el mar. Estábamos rodando en la orilla y hacía un calor infernal y decidí que prefería bañarme en el mar antes que comer las comidas aburridas y sin sustancia del catering. Así que en el momento en que se produjo el grito de «¡Cortamos para comer!», ni corta ni perezosa, me fui de cabeza al agua. Estaba fría de narices, pero a veces se necesita darle una sacudida al cuerpo y a la cabeza. Y durante el rodaje de una película hay muchos momentos así, donde tienes que darle un shock a tu organismo para que no baje la guardia: el estado de alerta perpetua es difícil de mantener las venticuatro del día, y por otro lado, si ese estado vigilante no se mantiene, no hay rodaje que valga.

No había nadie bañándose, como sucede a menudo en las playas de Benidorm hasta el mes de abril. La gente se pone a tostarse o a leer al sol, sin ninguna intención de bañarse más allá de los tobillos, y lo entiendo porque el agua está tan fría que hace daño y corta la piel. Pero es deliciosa la sensación de revivir que proporciona. Cuando salí, el mundo me pareció un lugar más amable, más humano y menos raro. Me puse a pensar en las semanas de rodaje que llevábamos. Los inicios dubitativos, frágiles. Los tanteos entre el equipo y los actores. Los ensayos, las localizaciones que de repente cobran vida. Cómo esa construcción mental que empezó hace diez años estaba empezando a encajar en esta realidad física del Benidorm de hoy… y de mi yo de hoy. ¿Quién era yo en ese momento? ¿Por qué me lie la manta a la cabeza para hacer un documental sobre la corrupción urbanística y acabamos mi equipo y yo paseándonos por los clubs de Benidorm conociendo a diez impersonators diferentes de Elvis Presley?

El viaje de Nieva en Benidorm no ha sido fácil ni directo. Pero así es la historia de mi vida. Curvas y más curvas, subidas y bajadas para tomar el camino menos fácil de todos entre dos puntos. Es curioso retomar una historia que nació como un documental y que ahora es una ficción que crece cada día ante mis ojos, que se construye segundo a segundo, secuencia a secuencia, plano a plano. Como un Tetris loco que al principio parece no tener método ni sentido, pero que poco a poco va dejando ver una historia que muchos querrán calificar, pero que pocos, lo sé, conseguirán domesticar. Hace tiempo que acepto que no hago películas para todo el mundo y que sería muy infeliz haciéndolas.

Mientras me secaba en la arena y pasaban delante de mí parejas de ancianos erguidos, recorriendo arriba y abajo esta playa, pensé que tengo el mejor trabajo del mundo. Si descartamos a los criadores de Yorkshire terriers y a los jardineros. Y a los surferos profesionales, claro.

Todo eso fue hace apenas un mes y siento que fue hace mil años. Nunca la idea del tiempo me pareció más elástica.