Lentejas y lentejuelas

REINOS DE HUMO

No a todos en casa les va mal con el maldito virus. Los congeladores y las despensas vuelven por sus fueros, como el Dúo Dinámico. Han dejado de ser agujeros negros y morgues para sobras y se han convertido en recuerdos vivos, en álbumes de fotos o vídeos VHS: eso son la lata de foie gras comprada en el último viaje a Lyon, cuando aún no habían nacido los niños, o una pierna de cordero que trajo un primo del pueblo y nunca supimos cuándo cocinar. Los congeladores nos preservan de la muerte o, al menos, contienen su inexorable avance un tiempo para que no se lleve los cuerpos muy pronto. Las verdinas que compramos en Llanes tienen más años que la casa nueva. Ya vinieron con nosotros y ahí siguen, desteñidas y diminutas, secas como Atacama, imposibles de morder incluso tras dos días sumergidas en agua, pero son de la familia. ¿Quién las tira a la basura? Ha llegado el tiempo de los olvidados y los humildes, de los de la calle de atrás, de los que no tienen la tersura, la lozanía, la juventud ni la luz de lo ‘recién’. Retornan los pucheros y los guisos, el tiempo entre cazuelas, el cuidado de los hijos y de los cocidos al unísono, la cocina del hervido frente a la majestuosidad de las parrillas. Es tiempo de mirarnos adentro, como hacemos en el mundo de las cosas con las despensas. Es la era de lo cotidiano que relega lo sofisticado para los glamurosos tiempos que quién sabe cuándo han de volver. Las lentejas, por fin, muestran su poder sobre las lentejuelas.