Sólo sé que no sé nada

PEQUEÑAS INFAMIAS

A medida que pasan los días de pandemia y encierro me resulta más difícil escribir, incluso pensar. Ya sé que hace unas semanas en estas nuestras Pequeñas infamias les comentaba, llena de optimismo, que el COVID-19 es una tragedia, pero, como todas las tragedias, resulta muy fértil para la creación, ya sea literaria o de cualquier otra índole. Debería haber especificado que lo será más adelante, cuando todo esto sea pasado y la vida recomience entre los restos del naufragio. Si miramos las fechas de publicación de obras maestras que recrean grandes fracturas o catástrofes, es fácil comprobar que están escritas años, muchas veces lustros, después de los hechos que relatan: desde los cinco años que se toma Boccaccio antes de narrar la peste de 1348 en el Decamerón hasta los más de quince que demora Joseph Heller en publicar Trampa 22 o los casi veinte que invierte Semprún en relatar su paso por el campo de Buchenwald. Todo trauma requiere, primero, una cura de urgencia; después, un proceso de cicatrización, de decantación, también de olvido. Para nosotros, felices hijos del período de paz y prosperidad más largo que haya conocido Europa, era muy difícil entender, por ejemplo, por qué durante años se extendió sobre aquellos que vivieron la Guerra civil española o la Segunda Guerra Mundial, una suerte de amnesia colectiva. En España hay quien cree que el silencio se debió a la represión franquista, que ahogó toda crítica o incluso relato por parte de los perdedores de la guerra. Pero es fácil comprobar que idéntico manto de olvido se extendió sobre el resto de Europa tras su guerra. Sobre Alemania, obviamente, porque la única manera de levantarse de las cenizas era no hacer preguntas ni querer saber qué hizo cada cual durante la locura colectiva del nazismo. Pero lo mismo ocurrió en el resto de los países contendientes. Incluso entre las víctimas del Holocausto el silencio fue durante más de medio siglo su forma de seguir adelante y sólo al cabo de años lograron verbalizar los horrores vividos. Porque el olvido no es, como creen algunos, refugio de débiles, sino terapéutico, necesario. ¿Se producirán en nosotros los mismos procesos mentales que ayudaron a otros en el pasado a superar una gran fractura? Esta pandemia amenaza con venir de la mano de otro de los feos jinetes del Apocalipsis, el hambre. O, dicho en términos primermundistas, de una severa depresión económica. No estamos, por tanto, al final de túnel y ya se avizora otro aún más largo e incierto. Es verdad que ha habido en la historia de la humanidad pestes y pandemias más letales y arrasadoras que la actual. Pero esta es la primera que se produce en un mundo global e hiperconectado. Para bien y para mal, por tanto, estamos todos en el mismo bote, salvo quizá los chinos, que ya han superado el brote y, según las teorías conspiranoicas, son  quienes han propiciado esta plaga para convertirse en los amos del mundo. No soy muy dada a las teorías conspirativas, más bien creo que, si este virus es de diseño, como dicen, su propagación se ha debido a un fallo humano antes que al deseo de unos malvados Amos del Universo que juegan al ajedrez con nosotros y están dispuestos a sacrificar algún peón propio (léase Wuhan) para ganarnos la partida. Pero en realidad todo son incertidumbres, elucubraciones, rumores. Todo lo que se pueda decir o vaticinar sobre el futuro es ahora humo de pajas. La situación que estamos viviendo es inédita. Nadie sabe nada y menos aún sobre cómo será el mundo postpandemia. ¿Más solidario, generoso y comprensivo con los débiles, como ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial? ¿O, por el contrario, asomará en algunos el lado más mesiánico, brutal y autocrático, como tras la Revolución Rusa? Lo ignoro,  pero me quedo con unas palabras de Primo Levi, otro superviviente de los campos de exterminio nazi. Él, que fue uno de los afortunados veinte que salieron vivos del campo de concentración de Monowice y que era licenciado en Químicas, sostenía que en la vida son necesarias las impurezas e incluso las impurezas de las impurezas para hacer el terreno más fértil. También decía que jamás había reparado en el canto de los pájaros hasta que llegó a Monowice.