Confinado con un sable

PATENTE DE CORSO

Tengo en las manos un sable de caballería, de húsar francés. Procede de las guerras napoleónicas y es un modelo que la Historia conoce como An IV, fabricado entre 1795 y 1796 en la factoría de Klingenthal. Se trata de una hermosa pieza con hoja ancha ligeramente curva y empuñadura de estribo a la húngara: el arma más prestigiosa y clásica de las guerras del Consulado y el Imperio, hasta el punto de que muchos húsares veteranos se negaron a cambiarla por los nuevos modelos y llegó hasta 1815 y Waterloo.

He limpiado esa pieza como hago periódicamente con otras de mi modesta colección: paño suave y una cera que protege el metal y el cuero de la vaina. Alguno de estos días de confinamiento y calma lo he dedicado a ellos; a repasarlos uno por uno y poner sus fichas al día, averiguando más de cada ejemplar por las pistas que ofrece: punzones y marcas que indican dónde y por quién fue fabricado y utilizado, investigando en catálogos de armas, libros técnicos y de Historia que permiten reconstruir sus fascinantes biografías. Porque un sable, como todo objeto coleccionable, habla a quien lo escucha. Sobre todo, del tiempo que vió y las manos que lo empuñaron. Como sabe cualquier aficionado a coleccionar algo, un objeto no es sólo codiciable por su valor material, que puede ser escaso, sino también, o sobre todo, por su historia y la de quienes antes lo poseyeron. Es una puerta de las muchas que se abren al conocimiento y la memoria.

He pensado en eso estos días. En los coleccionistas de sellos, cromos, juguetes, relojes, libros, pastilleros, dedales de coser, automóviles, ceniceros, botellas de vino, cajas de cerillas o las innumerables variantes posibles. Creo que en estos tiempos de reclusión, que el privilegio de una buena biblioteca y lugares cómodos hacen llevaderos, pero que a otros menos afortunados condenan al aislamiento y la desesperación, los coleccionistas de algo, quienes amueblan su mundo personal con esas vías de escape que permiten ir más allá del objeto para disfrutar de cuanto suscita en la imaginación, encajarán con más sosiego lo difícil y amargo. Revisar sus colecciones, ponerlas al día, ampliar el conocimiento sobre tal o cual pieza –y más cuando se dispone de la formidable herramienta de Internet– habrá aliviado, sin duda, momentos que en otros casos habrían sido de hastío, ocio estéril o desesperación.

Pero no se trata sólo de coleccionistas. Cualquier afición, un móvil cualquiera que libere al ser humano de lo inmediato, si así lo desea, para llevarlo a otras regiones de placer y gratos ensueños, desde la simple contemplación de lo bello, útil o interesante hasta la penetración intelectual en cuanto ese objeto hace posible, ha salvado y salva, desde hace siglos, al ser humano de sus pozos oscuros y sus peores abismos. Entramos aquí en el ámbito de las aficiones, de los gustos alimentados por la iniciativa. En poseer, porque uno mismo lo construye, una tabla de salvación, un burladero confortable, una trinchera donde refugiarse –mirando al exterior o negándose a hacerlo, ya es cosa de cada cual– para abrigarse del frío que a veces hace ahí afuera. Del mismo modo que, cuando en otra etapa de mi vida, el regreso con malas imágenes en la retina a un hotel de paredes agujereadas y ventanas rotas me sumergía en un libro en cuyas páginas encontraba evasión, pero también explicaciones y consuelo, tengo la certeza de que quienes tienen una retaguardia amueblada con objetos que aman por su belleza o utilidad, gozan de más herramientas para que su cabeza, y como consecuencia su cuerpo, sobrevivan a los tiempos duros.

Por eso hace un rato, cuando limpiaba el sable de húsar antes de devolverlo a su vaina, pensaba con una pequeña sonrisa cómplice en todos ellos. En los hermanos de la costa a los que nos une, no la misma afición ni los mismos gustos, pero sí algo común y por encima de eso: la conciencia, o la intuición, o la experiencia, de que hay actividades, mundos propios que nos salvan; que alivian esas soledades que todos tenemos, incluso, o tal vez precisamente por ello, encerrados en un piso de 60 metros con niños, marido, esposa y suegra, o suegro. En quien con minuciosa paciencia construye barcos de madera para navegar con la imaginación, pinta soldados de plomo, recupera películas amadas de la videoteca, alinea vitolas de puros en un álbum, mata marcianos en la videoconsola, acaricia un libro como si fuera la piel de un amante o un amigo. Dichoso es, por tanto, quien tiene un sable en casa. No como arma, que eso es lo de menos, sino como compañía, evasión y consuelo.

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