La falsedad de las epifanías

MI HERMOSA LAVANDERÍA

En los libros de autoayuda, en los manuales de psicología barata y en las malas novelas también, hay siempre un momento en el que alguien, al que se utiliza de ejemplo, pasa por un accidente, una enfermedad o la muerte de alguien cercano que le cambia la vida. Ese antes y después es utilizado por el autor para probar que el sujeto en cuestión, tras recibir un impacto, emocional o físico, cambia su trayectoria vital y emprende una nueva existencia, donde no reproduce los errores de la vida pasada.
Lo que voy a decir igual sólo es casualidad, pero debo confesar que, en mi ya larga experiencia vital, salvo en una rara ocasión, sólo he sido testigo del proceso contrario: la gente que ha pasado por una enfermedad o accidente grave, al recuperarse, no sólo vuelve a llevar la vida que llevaba, sino que vuelve a hacerlo con mala predisposición y aún peor actitud.
El poso que les queda no es «la vida me da una segunda oportunidad», sino «maldita sea mi suerte, por qué esto no le ha tocado a mi vecino, que se lo merece más». Me aplico esto a mí también: creo que todas las calamidades por las que he pasado no me han hecho más sabia, sino más vulnerable. No mejor, sino sólo un poco más quejica. Las epifanías que he tenido, esas iluminaciones súbitas que nos hacen ver la existencia y las cosas de una manera nueva me han durado lo que las mascarillas FFP2 en las farmacias.
Supongo que entre las muchas divisiones entre las personas, estos tiempos traen una más: mientras algunos creen que la pandemia hará aflorar la bondad oculta en el ser humano y nos abocará a la fraternidad universal, otros pensamos justo lo contrario. Yo desearía firmemente pertenecer al primer grupo, pero lo visto me empuja a estar en el segundo.

Para navegar por este océano de incertidumbre en el que, a duras penas, sabemos orientarnos, hay, de entrada, que admitir que ni nosotros ni nadie tiene la menor idea de cómo llegar a buen puerto, cuando ni siquiera sabemos ni dónde está el puerto, ni siquiera qué cosa es un puerto.

A partir de ahí, asumiendo la ausencia de certezas, es fundamental algo que a muchos les cuesta horrores: saber cerrar el pico cuando nada de lo que podamos decir va a ser benéfico para nadie, ni siquiera para el que ladra más alto y lo único que quiere es perjudicar lo más que pueda a la mayor cantidad de gente posible. Son muchos los que, sin la menor ironía, han hecho suyo el lema «si no puede ayudar, moleste, lo importante es participar».

El problema es que hay una plaga, peor que la enfermedad, permeando las opiniones y el comportamiento de muchas personas: la estupidez acompañada de ruindad y mezquindad y aderezada con una falta total de generosidad y empatía. Y para combatir esa plaga, ni todos los científicos más brillantes del universo reunidos van a encontrar una vacuna.