Cisnes negros

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Hasta la llegada de los primeros exploradores a Australia, en el siglo XVII, en Europa nadie había visto un cisne negro, sólo blancos, y el economista Nassim Taleb bautizó su más famosa teoría con este nombre. A nadie antes se le había ocurrido que los cisnes negros existieran, así que la teoría del cisne negro es la que habla de hechos inesperados e improbables que suceden y que cambian la percepción que tenemos. De los cisnes y de las cosas. Taleb cuestionó los análisis económicos que se hacían para predecir el futuro, mediante extrapolaciones de lo ocurrido en el pasado, predicciones que tarde o temprano se verán confrontadas a la aparición de un cisne negro, sea un tsunami, una hecatombe o un virus. Una vez aparecen los cisnes negros, todo el mundo se echa las manos a la cabeza y, entonces, y sólo entonces, se fabrican evidencias de que esto se podía haber evitado y florecen las teorías que explican por qué se llegó a producir. Estamos asistiendo delante de nuestras propias narices a un desfile de sabios, virólogos, científicos e investigadores que mucho me temo que, hasta hace un par de meses, debían de estar escondidos en algún calabozo remoto en el desierto de Gobi, porque, salvo honrosas excepciones (que tampoco se hicieron oír muy alto), no habían avisado a nadie de que el cisne negro iba a aterrizar, pero ahora no callan diciendo que ellos ya lo veían venir. Yo puedo entender perfectamente que los cisnes pueden ser blancos, rojos y hasta con dos cabezas. Lo que me revienta es la retórica autoexcluyente de los que presumen que ellos ya lo habían dicho.

Creo que hay pocas películas que me hayan dado tanto miedo como La invasión de los ultracuerpos, en todas sus versiones, especialmente la de Philip Kaufman. Una humanidad hecha de personas que por fuera parecen inocentes amas de casa, empleados de gasolinera o carteros, pero que por dentro son vainas procedentes de otro planeta que ocupan los cuerpos de los terrícolas con aviesas intenciones no es algo que me haga maldita la gracia. Pero, a veces, no puedo evitar preguntarme si no es eso lo que está ocurriendo: hay toda una jerga que se pega insidiosamente como los chicles a las suelas de los zapatos, que impregna el lenguaje de una creciente parte de la humanidad y que te hace cuestionarte su cordura y la tuya. Me refiero a las crecientes teorías conspiranoicas o semiconspiranoicas que sueltan las personas más inesperadas en medio de cualquier conversación y que encuentran un caldo de cultivo perfecto en este tiempo de cisnes negros: el virus ha salido de un laboratorio, Soros es Satán, las vacunas son cosa del diablo, Bill Gates va a salir beneficiado de esto porque era el único que sabía lo que iba a pasar, la lejía es la cura, el mango es la cura, el tabaco es la cura, los chinos ya tienen la vacuna preparada y esperan a la segunda oleada que coincidirá con el 5G, y así miles de teorías van permeando las redes sociales, de forma que ya no sabemos si estamos ante hechos contrastados o bromas de El Mundo Today. Me dan más miedo estas medias verdades dichas con apasionada convicción por personas aparentemente normales que la cara de panoli perdida que se me queda cuando las escucho y no me quedan fuerzas ni convicción para rebatirlas. La que ha montado el jodido cisne, la que ha montado.