Encuentros en la tercera fase

MI HERMOSA LAVANDERÍA

«¿Y eso es todo?» es una pregunta que me he hecho muchas veces en diferentes momentos de mi vida sin saber nunca cómo responderme: una vez ya llegada al destino final de un viaje, tras un trayecto de horas interminables por carreteras imposibles, o después de una función de ópera para la que compré las entradas muchos meses atrás. También oigo esa pregunta muy bajito en mi cabeza cuando una película de la que he leído maravillas se acaba de repente en el momento en el que estoy convencida de que va a empezar lo bueno. O una novela. O un espectáculo de danza o una exhibición de arte. Sí, lo sé, es una cuestión de expectativas: esperar cosas buenas siempre tiene sus peligros y sus servidumbres porque, si no tienes esperanzas, no te mueves ni actúas, y si tienes demasiadas, corres el riesgo de sufrir una decepción directamente proporcional al tamaño de tus ilusiones, un dilema que nunca he sido capaz de resolver. Ahora que los planes que teníamos hace unos meses para hoy parecen tan remotos como Ganimedes, corremos un claro peligro: que esas cosas que tanto hemos añorado, nos parezcan, cuanto menos, terriblemente banales y despojadas de lustre. Veo ahora mismo en una modesta terraza en una zona todavía en fase uno (una de esas terrazas que tampoco es que estuviera muy solicitada antes de la pandemia) cómo dos amigas de unos treinta años corren la una a los brazos de la otra y gritan y se abrazan efusivamente, quitándose como a cámara lenta las mascarillas azules que llevan. Y se separan un momento y vuelven a juntarse entre gritos y risas y sonidos agudos varios. Parece una escena salida de una de esas campañas optimistas que bajo el lema ‘Todo saldrá bien’ se extienden como la pólvora o como el virus por toda la geografía española: planos ralentizados de aplausos, niños, muchos niños dibujando arcoiris; bandadas de pájaros, calles vacías sobrevoladas por drones, sol entrando por ventanas, balcones con gente tocando los bongos o cantando o bailando sevillanas; pantallas y más pantallas donde gente aprisionada en primeros planos lucha por no perder la cordura. Este abrazo que veo ahora en esta terraza de extrarradio es un pelín exagerado, sobreactuado. Como si las dos mujeres hubieran ensayado mucho ante el espejo el tipo de abrazo que se iban a dar y la supuesta emoción que debían sentir al abrazarse. Me siento ruin al pensar así y, a la vez, no puedo evitarlo. Me gustaría no tener estas ganas irrefrenables de gritar: «¿De verdad, no os podéis esperar un poco, chicas?» Y especialmente: «¿Qué vais a dejar para la tercera fase, cuando ya estéis hartas de besos y abrazos y achuchones y empecéis a echar de menos estos meses de distancia y ausencia y recogimiento?».