Qué miel vamos a comer

REINOS DE HUMO

Las presiones de los grandes distribuidores de alimentos deben de ser enormes. Si para avanzar hacia lo que dicta el sentido común se necesitan negociaciones arduas entre la Administración, los productores y la distribución es que la relación de fuerzas es bastante desigual. Me quedo pegado a la silla al leer sobre la nueva norma de calidad de la miel. No porque lo adoptado sea alucinante, sino porque desconocía la kafkiana situación que vivíamos. Por fin, será obligatorio algo que parece básico: un etiquetado que mencione a los países de origen de cada miel a la venta, que en muchas de las marcas generalistas es una mezcla de partidas de distintos países, calidades diversas y exigencias sanitarias diferentes. La nueva norma española exigirá que en la etiqueta no aparezcan ya expresiones como «procedente de países de la UE» y «procedente de países ajenos a la UE», sino que se listen todos y cada uno de ellos. También, y ahí radica lo bueno, se deberá decir expresamente si el origen de la miel es cien por cien español. Unos defienden la nueva norma porque rebaja la incertidumbre del consumidor, pero para los apicultores se ha quedado corta: deja muchos huecos para la picaresca al no obligar a declarar el porcentaje de miel de cada país. Con solo llevar un 1 por ciento de miel española, se podría citar a España en la etiqueta de una miel 99 por ciento china. Parece que el Gobierno ha buscado así calmar a los que producen y no enfadar a los que distribuyen, dejando al consumidor, ese al que todos dicen defender, nadando entre dos aguas y con una mueca de desconfianza.