Ver una trampa y caer en ella

PEQUEÑAS INFAMIAS

El acuerdo firmado hace unas semanas entre todos los grupos políticos del Ayuntamiento de Madrid para buscar un gran pacto por la ciudad parece una verdadera rareza democrática. Una extravagancia en un momento en el que lo habitual es exactamente lo contrario: la confrontación, el designio frentista, el agotador «y tú más». Nuestro ‘gran timonel’ (sus tics autárquicos son tan notables que no se me ocurre otro nombre) ha descubierto el método perfecto para tapar sus errores, sus disparates y bandazos sin fin. La receta no es suya, sino más vieja que la tos. Consiste, por un lado, en buscar un culpable y, por otro, en agitar el avispero. En cuanto a lo primero, los que nos estamos doctorando en observar a Sánchez como espécimen sociológico (y a veces patológico) digno de estudio empezamos a aprender a detectar, entre la retahíla de embustes  que diariamente nos prodiga, algunas verdades interesantes que indican por dónde irán los tiros. Por ejemplo, hace unas semanas, al intentar explicarnos por qué había recurrido a Bildu para que le aprobaran la prórroga, inauguró un hilo argumental destinado a hacernos creer que, pase lo que pase y haga lo que haga, la responsable es siempre la derecha montaraz que pone palos en la rueda. Nada nuevo, dirán ustedes, este argumento es un clásico en política. Pero la aportación de Sánchez consiste en ir un poco más allá y, como en las artes marciales, usar la fuerza del enemigo para derrotarlo. Si el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio, para echarle la culpa de todo, nuestro Presidente ha descubierto una variante: el enemigo del pueblo. Dudo de que Sánchez sea un estudioso de la Historia, lo suyo tiene pinta de ser un talento natural para la manipulación, pero las ventajas de contar con un enemigo del pueblo también están inventadas. Gran amante de este método fue, por ejemplo, Stalin. Durante los años del terror consiguió mantener cohesionado y en perpetua admiración al pueblo ruso. No solo la culpa de todo lo que no funcionaba era de los malditos saboteadores y enemigos del régimen, sino que su supuesta existencia servía también para cohesionar a los suyos y ‘disuadir’ a cualquiera que intentara quejarse o hacer una crítica. Dado que todo esto es viejo como el Sol, me asombra observar cómo los partidos de la oposición no se dan cuenta de que, cayendo ellos también en las descalificaciones de brocha gorda y embarrando el terreno, solo consiguen hacerle el juego. Sé que no es fácil el papel que les toca jugar. Las arbitrariedades son tantas que resulta imposible no responder a ellas. Pero deberían saber que despertar al fantasma de las dos Españas no hace más que favorecer a Pedro Sánchez. Lamentablemente, el grito de «¡Que viene la derechona!» sigue siendo uno  muy eficaz a la hora de cerrar filas y concitar lealtades. Que el descontento contra Sánchez parezca capitaneado por señoritos del barrio de Salamanca no hace más que beneficiarlo. Porque cuanta más polarización, mejor y más y mejor coartada para todos sus errores y trasgresiones. En realidad, lo único que la oposición necesitaría es sentarse a la puerta de su casa para ver pasar el cadáver político de su rival. Porque Sánchez podrá ganarle la partida a los Cayetanos del barrio de Salamanca, pero la realidad es tozuda. Y la realidad se llama colas del hambre, se llama 816.763 empleos destruidos, se llama 3,4 millones de afectados por los ERTE y se llama, por fin, más de 40.000 muertos. Y de esta situación ni siquiera Sánchez, con todas sus dotes de Houdini, puede escapar. Porque el único antídoto contra los mentirosos, prestidigitadores y trileros es dejar que se cocinen en la salsa de sus propias contradicciones. El resto no es más que ayudarle a tapar sus vergüenzas y colaborar a su causa. O mucho mejor dicho en palabras de Ignacio Camacho hace unos días en ABC: llegados a este punto, «la oposición debería cuidarse de cometer errores. Cuando el adversario va perdiendo el partido conviene no meterse autogoles».