Asquerosamente rico

MI HERMOSA LAVANDERÍA

A él le gustaba autollamarse así. Y de creer todo lo que aparece en la serie del mismo nombre que acaba de estrenarse en Netflix, no parece tan difícil llegar a poseer astronómicas sumas de dinero, si tienes suficiente aplomo, labia y ausencia total de escrúpulos. Y si eres un hombre, claro. Jeffrey Epstein aparece en contados momentos de esta serie documental dedicada a él. Pero cada vez que aparece no puede dejar de sorprendernos su arrogancia, que a veces roza el ridículo. Esas poses de aburrida soberbia que parecen sacadas de una lección de interpretación de George C. Scott.

La gran virtud de Filthy rich es dar la voz a las víctimas, a las mujeres que formaron parte de este harén piramidal inacabable, que fueron abusadas, prestadas, convertidas en objetos sexuales intercambiables y que, con el suicidio de Epstein, quedaron en un limbo legal, a medio camino entre la dignificación y la injusticia. Una a una, cuentan con ligeras modificaciones, la misma historia: cómo, de adolescentes, fueron atraídas por el dinero fácil, cómo cayeron en la trampa del acceso a otro mundo que las alejara de su pobre realidad. Epstein y Ghislaine Maxwell, su mujer/novia/amante/cómplice, sabían encontrar a las chicas más vulnerables, sin educación, procedentes de hogares disfuncionales y eran maestros de la manipulación, hasta el punto de que las chicas terminaban sin saber dónde estaban los límites y eran capaces de traer a otras chicas a que fueran abusadas por la pareja. Las cicatrices que estas mujeres llevan escondidas, el dolor causado por el abuso al que fueron sometidas son evidentes en todas las participantes en el documental. Cuando oyes a otro maestro de la manipulación, Alan Dershowitz, negar con vehemencia que tuviera contacto con ninguna de ellas, hay algo que te hace creer inmediatamente a las víctimas. Y ver el testimonio en la BBC del príncipe Andrés de Inglaterra, enfrentado al testimonio de Victoria Roberts, la víctima (o superviviente) que ha sido más visible, es profundamente revelador. El retrato que se hace en el documental de este exclusivo club de ricos que se creen por encima de todo y que pueden comprar credibilidad dando dinero a universidades y comités científicos es demoledor. Y el primer juicio al que se sometió Epstein –con la increíble argucia legal facilitada por un futuro colaborador de Trump que, si Epstein hubiera sido pobre o negro, le hubiera costado cadena perpetua y que, en cambio, lo llevó a pasar apenas un año en la cárcel– es algo que debería estar como asignatura en todas las universidades de Derecho para que los futuros abogados vieran hasta qué punto la justicia puede ser pisoteada si estás dispuesto a gastarte millones de dólares y tienes los contactos adecuados.

Cuando acabamos de ver la serie, como en todas las buenas series,  tenemos más preguntas que cuando la empezamos. ¿Dónde está Ghislaine Maxwell? ¿Porqué no se la persigue judicialmente a ella? ¿Dónde están las horas de cintas que Epstein poseía sobre la pléyade de visitantes famosos –Harvey Weinstein, Donald Trump, Woody Allen, Bill Clinton– que acudían a sus fiestas? ¿Sabremos realmente algún día cómo murió y quién o quiénes están detrás de su crimen? ¿Cuántos depredadores como él andan sueltos? ¿Se romperá algún día esta ley del silencio?