Monárquicos campechanos

ANIMALES DE COMPAÑÍA

En alguna ocasión anterior, hemos citado una afortunada reflexión de Gustave Thibon sobre las instituciones y las personas que las encarnan. En las sociedades fuertes y sanas, las instituciones están por encima de los individuos que las representan; quienes, por el contrario, en las sociedades enfermas y decadentes, son encumbrados de forma idolátrica, provocando con su caída el descrédito de la institución que representan. En aquellas sociedades donde las instituciones eran fuertes –reflexiona Thibon–, «se podía uno permitir el lujo de criticar a tal rey o tal papa sin que el principio mismo de la monarquía o de la autoridad pontificia se inmutasen». Así, por ejemplo, se podía ser el poeta más fiel al papado, como sin duda lo fue Dante, y al mismo tiempo mandar a un papa a freír gárgaras al infierno con el tranquilo desparpajo que Dante emplea en La divina comedia. Pues las instituciones eran amadas por encima de las personas concretas que circunstancialmente las encarnaban.

Exactamente lo contrario ocurre en las sociedades podridas, donde las instituciones dejan de ser amadas por unas masas cretinizadas que han olvidado que la tradición es la piedra angular de cualquier civilización digna de tal nombre; y que, a cambio, encumbran a los personajes que coyunturalmente las encarnan. Así ha ocurrido en España con el rey Juan Carlos, al que mientras reinó nunca faltó un séquito de pelotas ‘juancarlistas’ (en realidad una panda de aprovechateguis prestos al medro) que, sin declararse monárquicos, se deshacían en ditirambos tan grotescos como repulsivos hacia su persona, incluso (¡o sobre todo!) cuando menos loable era su conducta. Ninguno de estos aprovechateguis era capaz de defender la institución monárquica con argumentos convincentes (básicamente, porque son gentes cínicas que no creen en nada). Pero, a cambio, solían esgrimir que, bajo el reinado del monarca al que peloteaban, disfrutábamos (sobre todo ellos) del «período más próspero de nuestra historia». Siempre a los miserables se les distingue porque defienden bienes de naturaleza espiritual con argumentos economicistas (lo mismo hacen, por ejemplo, cuando defienden la ‘unidad de España’). Y también ‘defendían’ la monarquía con mamonadas sentimentaloides, resaltando las prendas personales del monarca (de repente, la campechanía se convirtió en la principal de las virtudes cardinales y aun teologales), o sus cualidades como ‘conseguidor’ de contratos ventajosos para las empresas españolas. Ahora España afronta el ‘período más mísero de nuestra historia’ reciente. Y la campechanía de aquel monarca hoy se percibe más bien como desfachatez y frivolidad. ¿Dónde se encuentran ahora aquellos monárquicos campechanos que jamás se preocuparon de defender convincentemente la institución monárquica, más allá de las puntuales prendas o harapos de la persona que la representaba coyunturalmente? ¿Dónde se esconderán, ahora que el prestigio del monarca al que antes aplaudían yace sepultado entre arenas y dólares saudíes?

La cruda verdad que nadie cuenta es que la monarquía, en los pueblos que han perdido la fe religiosa, sólo puede sobrevivir como pantomima. Porque el rey es imagen visible de un orden sobrenatural que los pueblos aceptan, eligiendo a una familia encargada de defenderlo, por amor a su pueblo, hasta la entrega de su vida. Sólo desde esta certeza la institución puede sobreponerse a los reyes chanchulleros o indignos o botarates que coyunturalmente la representen, contra los que por supuesto se puede despotricar (y batallar), como Dante hizo contra los papas cobardones. Pero los pueblos que se quedan sin fe acaban inevitablemente renegando de la monarquía; y no les resta otro destino –como explicara Donoso Cortés—sino deslizarse hacia la anarquía, en un vía crucis que discurre por la estaciones intermedias de la monarquía parlamentaria y la república. En España se empiezan a avizorar signos que auguran que el vía crucis se ha iniciado.

Pero no creo que, cuando se confirmen estos signos, se puedan colgar la medalla los republicanos fervorosos. Antes habrá que atribuir el mérito a esos monárquicos campechanos que nunca han defendido la institución, a cambio de adular a las personas que coyunturalmente la representan. Y estos cínicos, que con sus adulaciones hiperbólicas y babosas del monarca de turno sólo consiguieron tornar odiosa la institución monárquica a los ojos de muchos, serán los primeros –¡por supuesto!– en proclamarse ardorosos republicanos, para seguir chupando del bote.