Banco de arena

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Voy en un autocar comarcal con otros seis pasajeros. Más de la mitad de los asientos están ocupados por carteles que dicen ‘No sentarse’, pero hoy somos muy pocos los que viajamos, quizás porque llueve a cántaros o por alguna otra razón que ignoro. He comprado el periódico antes de subir y ahora descansa en mi regazo. Tiempo habrá para abrirlo y sumergirme en las calamidades del mundo. Desde el autocar, veo a algunos conductores que viajan solos en sus coches con la máscara puesta. Si alguien les o nos hubiera dicho hace tres meses que la mascarilla se iba a convertir en nuestro accesorio cotidiano, no le hubiéramos creído. Todo parece tranquilo, casi normal, pero hay una corriente subterránea de rareza en esta normalidad. Somos como los supervivientes de un mundo asolado por un Godzilla invisible que puede volver en cualquier momento. Todos nuestros gestos –del más tímido al más atrevido– están teñidos de una incertidumbre latente. Lo veo en todo el mundo, incluso en los que se pasean desafiantes sin mascarilla. Quizás incluso más en ellos. El autocar para en lugares en los que nadie sube y nadie baja. Me gusta ir en autocar, me gusta ir en tren. No me gusta ir en barco ni en avión. Y el virus me proporciona la excusa perfecta para no hacerlo. Sospecho que no soy la única. Estas últimas semanas, me doy cuenta de que he utilizado conscientemente mi trabajo como un refugio para no pensar. Para reducir el círculo de mis preocupaciones estrictamente a cosas prácticas, tangibles: plazos de entrega, retrasos, anticipación, mezclas, sonido, materiales. Quizás es lo que he hecho toda mi vida: una existencia armada en torno al espinazo del trabajo. Sin él, estaría por ahí flotando en un globo de ansiedad y dudas. Me río sola pensando en cómo me engaño: con la ansiedad y dudas que tengo también cuando trabajo. Pero es otra cosa, otra cosa. Me gusta mi trabajo aun cuando a veces desearía no saber nada de él. Amo mi trabajo aunque a veces pretenda odiarlo, pero sospecho que no engaño a nadie. El otro día alguien me preguntó si recordaba algún momento en que hubiera pensado en abandonar el cine. Muchos, le dije, pero ninguno en serio. Estamos llegando a la ciudad y ahora cae un auténtico aguacero que resuena en el techo como si cayeran clavos del cielo: toc toc toc toc toc.

Me pongo los cascos y escucho Un pedigree, de Patrick Modiano, leído por Jean Louis Trintignant. Tengo pocos audiolibros, pero en este la memoria del texto de Modiano se mezcla con la voz cargada de tristeza y evocación de Trintignant. No hay banda sonora mejor para este trayecto en un autocar vacío bajo la lluvia al que nadie sube y del que nadie baja. El periódico sigue plegado en mi regazo y, sin darme cuenta, ya he llegado a la parada final.