Fragilidad

PEQUEÑAS INFAMIAS

Es curioso cómo puede cambiar el significado de las palabras en solo un par de meses. Si me hubieran preguntado en enero qué era para mí la fragilidad, seguramente me habría ido por los cerros de la obviedad mencionando dos o tres tópicos. Tal vez hubiese hablado de la fragilidad en la naturaleza, relacionándola con la belleza efímera de las flores, bla-bla; de la fragilidad en el arte, en el que el más pequeño error o desvío en una pincelada diferencia lo bello de lo tosco. Quizá me habría dado por ponerme libresca y decir con Shakespeare «Fragilidad, tu nombre es Mujer». O remitirme a la política, y recordar esa premisa de Jean François Revel según la cual la fragilidad de un sistema no provoca su inmediata caída a menos que alguien la ponga de manifiesto y deje que sus efectos sean notorios rehusando a ayudarlo. Por fin, y poniendo un pie en la filosofía y otro en las ciencias naturales, podría haber suscrito las palabras de Manuel Vicent y remarcar que «según la biología, un organismo es más vulnerable a medida que se hace más complejo. Esta regla es aplicable a la sociedad contemporánea, cuya fragilidad va a la misma velocidad que su desarrollo, de modo que está a punto de llegar el día en que el mundo occidental dependa de un solo fusible a merced de la mano de un fundamentalista que apague la luz y nos mande a la Edad Media a comer higos chumbos».

Y en eso resulta que llega un elemento nuevo (y a la vez viejo como el mundo) llamado ‘peste’ para recordarnos lo inmensamente frágiles que somos en todo y, además, cómo nos afecta cuando se une a otra flaqueza, la desmemoria. Esa que rápidamente archiva y olvida todo lo que hemos vivido en los últimos meses. La desmemoria era ya un rasgo notable de la sociedad de nuestros días, pero después del confinamiento se ha vuelto pandemia. Para los que tuvimos la fortuna de que la muerte no llamara a la puerta de ninguno de nuestros seres queridos, el confinamiento empieza a parecer solo un mal sueño. Cierto que asoma por toriles otro miura llamado ‘crisis económica’, pero a ese feo morlaco ya veremos cómo lo lidiamos en septiembre. Ahora toca playa, mojito, sexo, amor y a vivir que son dos días. ¿Por qué las sociedades avanzadas tienen memoria de pez? Yo pienso que tal vez sea porque vivimos en un mundo con una sobredosis tal de información y en el que los acontecimientos se suceden a velocidad de vértigo que todo se olvida; imposible pensar, reflexionar y, por tanto, imposible también aprender, para no tropezar dos veces en la misma piedra. En lo que se refiere a las consecuencias de la pandemia hay dos escuelas. La de los fatalistas, que creen que nada cambiará, que seguiremos siendo los mismos frívolos y amnésicos preocupados por las mismas pavadas de antes, y la de los optimistas, que piensan que no hay mejor maestra que la adversidad y que esta nos ayudará a reordenar nuestras prioridades. Yo no suscribo ni una ni otra profecía, pero creo que hay una lección que sí hemos aprendido y que, a pesar de nuestra memoria de pez, no olvidaremos: la conciencia de que todo es azaroso, imprevisible, inestable. Hace seis meses nos creíamos inmortales y vivíamos como si no hubiera un mañana. Ahora sabemos que todo pende de un hilo, que las tornas cambian de un día para otro y que somos hojas a merced de cualquier viento. En otras palabras, hemos descubierto que somos frágiles. Y ese será el mejor regalo que puede hacernos la pandemia, porque solo quien se sabe frágil pone los medios para preservarse de ella y, por tanto, fortalecerse. También, y con un poco de suerte, es posible que esa misma fragilidad nos vuelva comprensivos, compasivos, responsables y, sobre todo, menos desmemoriados. Una suerte, pienso, porque ese segundo miura al que antes hacía mención ya está en el ruedo y también habrá que lidiarlo. Pero al menos nos encontrará  sabios, como Belmonte, y no panolis y bisoños, como insensatos muletillas.