Hologramas

MI HERMOSA LAVANDERÍA

No es la primera vez que me pasa. Llevo contadas unas ocho veces. Por eso, este fenómeno me empieza a preocupar. La cosa es así: entro en una tienda con la preceptiva mascarilla y el pringue desinfectante untado en las manos. Miro, curioseo y selecciono un artículo. Soy la única clienta en la tienda. En este último caso, veo un collar para regalar a una amiga por su cumpleaños, que es mañana. Me acerco a la caja, con la idea de pagarlo. La empleada toma el collar de mis manos, me comunica el precio, asiento y, justo en ese momento, suena el teléfono. Es alguien solicitando información sobre uno de los productos de la tienda. La empleada, sin soltar mi futura compra, contesta a la llamada proporcionando al interlocutor multitud de detalles. Conversan. Yo me siento atrapada. La empleada me sonríe como pidiendo mi comprensión. Sonrío de vuelta, creyendo que la cosa será breve. Pero no, de breve nada. Al otro lado del teléfono, hay alguien que quiere saber si las cosas que tienen en la web, las tienen en la tienda y otras cuestiones fundamentales para el futuro de la civilización. Me impaciento. Y a la vez intento disimular lo mejor que puedo mi impaciencia. Le hago señales a la empleada de que tengo algo de prisa, buscando el equilibrio imposible entre la sutileza y la firmeza. Vuelvo a curiosear por la tienda, porque veo que la cosa tiene visos de alargarse. Una vez más, siento que estoy atrapada en una situación absurda e imposible. La empleada cumple con su deber atendiendo al teléfono a un presunto cliente, mientras se ve obligada a desatender a un cliente real, que tiene delante de sus narices. Intento abstraerme. Esto no sólo ocurre en una tienda de regalos, está ocurriendo por todas partes. Pienso en cómo se devalúa la presencia física de las personas, mientras que aumenta la valoración de lo que no está: la pantalla, la voz al otro lado del teléfono, el mail, el WhatsApp. Estar ahora y aquí, con tu pelo, tus ojos, tu camiseta de Blondie, tu sudor, tus manos, tu sonrisa o tu gesto de displicencia es cada vez menos importante, como si perteneciéramos ya a una casta en vías de extinción. Como si molestáramos. Entre los abalorios, las camisetas, los bolsos y las camisetas de esta tienda, siento que mis miembros adquieren una nueva ligereza, me vuelvo transparente y un neón verde dibuja el contorno de mi corazón. Cuando la empleada cuelga el teléfono, me busca con la mirada, para cobrarme el collar, pero yo ya no estoy. Soy un holograma ligero que se frota las manos con desinfectante y se pierde en la calle, abriéndose paso entre otros hologramas, que ahora mismo invaden pacíficamente las aceras de mi ciudad. Mi amiga no tendrá regalo de cumpleaños, pero me consuelo pensando que los hologramas no los necesitan.