La vida secreta de las plantas

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Cojo el metro por primera vez en meses. Son las tres y media de la tarde y no hay mucha gente en los vagones. Me desinfecto las manos antes de subir, mascarilla en ristre como todas las personas, niños incluidos, que surcan los andenes. Es una desazón latente que siento desde junio, como si la capa de normalidad que lo cubre todo fuera extraordinariamente fina y cualquier acontecimiento, incluso el más nimio, pudiera romperla y luego todo fuera a estallar en mil pedazos. Me pregunto cuánta gente en este vagón piensa, siente, lo mismo. A la salida de la estación, en la parada de Liceu, corre una brisa que viene del mar y respiro a fondo, bajándome un momento la mascarilla. Mientras espero a que  vengan a buscarme, pienso en todas las veces que he estado en esta puerta para entrar a un concierto, a una ópera. Los carteles anuncian acontecimientos en septiembre, en octubre. Quiero creer en esos carteles, pero no puedo dejar de preguntarme cómo serán entonces las cosas. ¿Volveremos a estar juntos, hombro con hombro, en los conciertos? ¿Volveremos? ¿Tendremos miedo? ¿Olvidaremos? Me vienen a buscar y me llevan al interior del teatro. Subimos con Víctor García de Gomar, el director artístico del Liceu, hablando de Viaje de invierno de Schubert, seguramente la pieza que más he escuchado en mi vida desde que soy adolescente. Subimos al piso más alto y, desde allí, lo que veo me corta la respiración: todos y cada uno de los 2290 asientos están ocupados por plantas, de todos los tamaños y especies. Es difícil describir la emoción que desprende esta creación de Eugenio Ampudia para el Liceu, comisariada por Blanca de la Torre. No es un sentimiento de extrañeza específica, sino más bien la otra vuelta de tuerca: resulta absolutamente natural ver a las plantas en el lugar en el que tantas veces ha estado el público. El cambio de paradigma que propugna esta acción es justamente el que más necesitamos en este momento: desplazar el ombligo de nuestras vidas a otras, humanas, vegetales, animales, minerales. Abrazar ese cambio con pasión, con ternura, con amor y sin miedo es algo que sentí de una manera casi física en este Concierto para el bioceno, escuchando desde un rincón en las sombras la pieza Crisantemi, de Puccini, ejecutada con delicadeza y brío por el cuarteto de cuerda UceLi Quartet, inspirado por su atenta y expectante audiencia. Mientras los músicos tocaban, pude sentir cómo un peso oscuro abandonaba mi pecho, como si estuviera conectada con cada  una de esas plantas, recibiendo un bálsamo que borraba las inquietudes, la incertidumbre, el dolor de algunas pérdidas. Saber que, después del concierto, las plantas, donadas por Flores Navarro, partirían a los hogares de los sanitarios que se han dejado la piel por nosotros es la guinda a una experiencia única. Muchos dirán que necesitamos otras cosas más urgentes, seguramente no les falta razón. Pero la urgencia no debe hacernos olvidar que en este planeta no estamos solos y que, cuando acabemos por estarlo, quizás no tengamos planeta, ni siquiera existencia.