Sistémicos

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Pocos fenómenos se me antojan más enojosos y desalentadores que la pretensión de explicar la realidad política con categorías obsoletas. En el ámbito derechoide, por ejemplo, resulta especialmente molesta la pretensión de presentar la alianza entre sociatas y podemitas como una entente ‘socialcomunista’ dispuesta a instaurar un régimen bolchevique, o siquiera bolivariano. Todos los analistos y analistas de este negociado ideológico, todos sus gurús mediáticos y sus zoquetes tuiteros insisten en esta memez, sólo concebible en personas romas y sin perspicacia alguna, cómodamente instaladas en categorías maniqueas del tiempo de Maricastaña (o, más concretamente, de la Guerra Fría) que, sin duda, les producen grandes réditos, pues la parroquia a la que se dirigen prefiere que se les asuste con ‘miedos tranquilizadores’ (si el oxímoron es tolerable) por archiconocidos. Y, desde luego, el comunismo antañón es un enemigo tranquilizador que, a la vez que infunde miedo, procura cierta sensación de bienestar, pues ya se ha probado su fracaso. Pero sociatas y podemitas no son peligrosos bolivarianos, sino benigüigüis sistémicos, encargados de fortalecer un régimen plutocrático en donde la concentración de propiedad en muy pocas manos se alterne con limosnas (logradas mediante el saqueo fiscal) para los ejércitos de desempleados que esta concentración genera; ejércitos que, además, hay que mantener en los rediles de una satisfecha infecundidad mediante el impulso de ideologías que enfrenten a hombres y mujeres y exalten la versatilidad penevulvar.
Los analistos y analistas derechoides, para explicar ciertas aparentes contradicciones en la acción gubernativa, recurren a explicaciones rocambolescas. Ocurre así, por ejemplo, cuando la facción podemita pretende a la vez estar en misa y repicando, actuando a la vez como miembros del Gobierno y como oposición al Gobierno, alentando –por ejemplo– campañas antimonárquicas (después de haber prometido guardar y hacer guardar una Constitución que consagra la monarquía como forma de Estado) o votando a favor de un impuesto a las ‘grandes fortunas’ (después de haber acordado en el consejo de ministros que tal impuesto no se implantará). A los analistos y analistas derechoides esta aparente contradicción se les antoja insostenible; y, entonces, con enternecedora ingenuidad, apelan (risum teneatis) a la cordura de los sociatas, exhortándolos a romper su alianza con quienes –según su juicio maniqueo y anacrónico– tratan de instaurar una dictadura comunista y no sé cuántas paparruchas más.
No se percatan estos pobres incautos de que la estrategia gubernativa es mucho más sibilina y taimada, siempre al servicio del régimen plutocrático para el que trabaja. Los gobiernos, en aquellas fases periclitadas de la Historia en la que estos analistos y analistas todavía viven, se caracterizaban en efecto por la unidad de acción; pero ahora necesitan estar a un tiempo en misa y repicando, necesitan desdoblarse para fortalecer el régimen plutocrático. De ahí que encaucen las protestas de matriz más o menos revolucionaria hacia la normalidad sistémica, dando (siquiera de boquilla) la razón y adulando a quienes impulsan estas protestas, para poder a continuación contentarlos con los placebos que convienen a la plutocracia, fundamentalmente la limosna de la renta mínima y el garrafón penevulvar. De este modo, el ‘sujeto revolucionario’ queda por completo desactivado.
Esta es la gran astucia del régimen plutocrático que viene, que la izquierda ‘implementa’ para que luego la derecha lo pueda conservar: se trata de estar de forma simultánea del lado del orden establecido y del lado de la revolución en marcha. Así, un gobierno de izquierdas puede legitimarse ante todos los ámbitos del espectro ideológico que controla, a la vez que satisface las indicaciones de la plutocracia a la que sirve. Y el gobierno de derechas que venga a conservar los ‘avances’ implementados por la izquierda tendrá también que desdoblarse, para poder cumplir las exigencias plutocráticas y a la vez adular (entretener) a unas clases medias cada vez más esquilmadas. Se trata, en fin, de cumplir con la agenda plutocrática a la vez que se atienden de mentirijillas las frustraciones y decepciones que el cumplimiento a rajatabla de tal agenda provoca en unas masas que, entretanto, ya no creen en otra salvación que la que les procuran sus respectivos mesías partitocráticos.
Quienes no entienden esta nueva dinámica política diseñada por el régimen plutocrático no puede entender nada de lo que está pasando. Pero, por supuesto, las categorías obsoletas y los ‘miedos tranquilizadores’ resultan mucho más rentables.