Restaurantes,  bares, chiringuitos

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Son las nueve de la noche, el frondoso jardín del restaurante sólo tiene dos ocupantes: mi compañero y yo. Es un lugar al que volvemos cada año cuando nos encontramos por la zona, siempre cuesta encontrar mesa. Es un lugar que sólo funciona en verano, los tres meses de temporada alta. Nos gusta volver aquí cada año, se come muy bien, platos sencillos con buena materia prima y detalles creativos, pero sin pretensiones; es cómodo, iluminado con gusto, la vegetación está bien cuidada; las camareras son rápidas, atentas y simpáticas: es un lugar que nunca falla. Son ya las nueve y media y, aunque las mesas parecen todas reservadas, seguimos siendo los únicos clientes. Veo de reojo como el dueño del lugar consulta algo con la camarera mientras miran hacia la entrada. Puedo sentir su angustia. Tras los meses del confinamiento, abriendo en julio, este mes y el siguiente son los únicos que tienen para salvar la temporada, quién sabe si para salvar el restaurante. Se acerca a nuestra mesa con los segundos, le pregunto tímidamente cómo van las cosas. Me dice: «Hace rato que dejé de preguntármelo, concretamente hace dieciocho años, cuando abrí el restaurante. Y últimamente procuro no preguntármelo. Cuando abres un restaurante, tienes que estar dispuesto a hacerlo lo mejor que sabes y puedes, sin esperar demasiado a cambio. Aunque estos tres últimos meses confieso que me he planteado cerrar más de una vez, pero me encanta lo que hago, me gusta este lugar, es el restaurante con el que soñé. ¡Y no sé hacer muchas más cosas!», bromea.
No es el único, todos los restaurantes, bares y chiringuitos que conozco, que no son pocos, se están planteando lo mismo: ¿sale a cuenta mantener el negocio abierto con medio aforo? ¿Soportaremos otro confinamiento? ¿Más medidas de seguridad? ¿Es el delivery una opción real para negocios que se basan en el producto de proximidad y una elaboración compleja que no admite el transporte? ¿Cómo sobrellevar, en el caso de bares y chiringuitos, la competencia desleal con locales que intentan salvar los muebles a la desesperada admitiendo más público del que está permitido? Estas son las preguntas con las que se desayunan decenas de miles de propietarios de negocios que abren con incertidumbre sus puertas cada día. Por eso, admiro la entereza con la que el dueño del local en el que nos hallamos evita la queja y admite algo que no se tiene en cuenta en muchas ocasiones: que un restaurante (o un bar o un chiringuito) es, para bien o para mal, el reflejo de la personalidad de su dueño o sus dueños, que son lugares hechos a la imagen y semejanza de hombres y mujeres que un día tuvieron un sueño: abrir un local donde atender al público de la mejor manera que supieran. Algunos lo hacen primorosamente y fracasan, otros lo hacen como el culo y triunfan, a veces incluso algunos que lo hacen bien tienen éxito. Vaya desde aquí mi admiración por estos locales que día tras día, llueva, haga sol o estalle una pandemia mundial, siguen haciéndolo lo mejor que pueden y saben con la esperanza de que todo ese esfuerzo será recompensado y los clientes volverán. «Yo, desde luego, volveré», le digo al dueño del local donde nos hallamos, ya desde la puerta, al cruzarme con un numeroso grupo de clientes que entran ahora, disculpándose por llegar tarde.