Derecho a discrepar

PEQUEÑAS INFAMIAS

La publicación en la revista Harper’s de una carta firmada por más de ciento cincuenta intelectuales, en su gran mayoría de lengua inglesa, en la que reclaman el derecho a discrepar ha levantado ampollas. Nombres como Salman Rushdie, Margaret Atwood, J. K. Rowling, Noam Chomsky o Francis Fukuyama son solo unos pocos de una pléyade de personalidades heterogéneas entre las que hay negros, blancos, judíos, musulmanes, hombres y mujeres. En su texto, los firmantes dicen haber apreciado «en la izquierda activista, esa que dice defender causas minoritarias y supuestamente progresistas, una actitud cada vez más agresiva que se concreta en manifestaciones descalificadoras que niegan el derecho a la discrepancia. Esta izquierda intransigente –continúa señalando el escrito– cree que su causa es suficientemente justa y necesaria como para anular toda discrepancia y, de paso, sustituye el debate por el silenciamiento o, en los casos más preocupantes, por el linchamiento mediático». Los firmantes aluden a continuación a lo que en inglés llaman cancel culture, ‘cultura de la cancelación’, y que se manifiesta en la nueva costumbre de colgar un sambenito al apestado y denostar su obra y, de paso, también la de todos aquellos que osan expresar una opinión diferente que no comulgue cien por cien con sus premisas reivindicativas. La carta expone, asimismo, que, si bien las causas que se defienden son muy nobles y loables (lucha contra la discriminación racial, sexual, etcétera), el modo de hacerlo es inquisitorial e intransigente, y señala: «La manera de vencer las malas ideas es exponiendo, argumentando, no intentando silenciar ni censurar». Recientemente, un periódico nacional recabó la opinión de intelectuales españoles sobre esta carta. Algunos prefirieron tirar balones fuera. Argumentaron que los firmantes eran unos privilegiados que se sentían agraviados porque su predicamento había disminuido. Otros adujeron que, a grandes rasgos, estaban de acuerdo con sus postulados, pero creían que la carta no llegaba en el momento oportuno y que, con un presidente como Trump en el poder, sus palabras podrían ser instrumentalizadas. Unos terceros, como Javier Cercas, por ejemplo, dijeron suscribir sin ambages sus postulados. «En España –añadió Cercas–, una carta de estas características es absolutamente inimaginable. La gente está asustada y teme que la vayan a tachar de facha». Incluso apuntó una posible causa para esta inquisitorial conducta. «Las redes sociales –sostiene él– fomentan la aparición de un rebaño mugiente que se dedica a linchar al personal a la mínima. Es peligrosísimo. Se ha instaurado un puritanismo de izquierdas y ahora lo que se lleva es el porno de la indignación moral: qué puro, qué de izquierdas y virtuoso soy».
Me interesó especialmente esta última consideración y la existencia de ese neopuritanismo envuelto en la bandera de la pureza en su virtud. No deja de ser curioso observar cómo, veinte años después de la caída del Muro de Berlín, y tras una larga travesía del desierto en la que pareció que iba a desdibujarse por completo, la llamada fuerza progresista surgida tras estos naufragios se parece poco y nada a la propugnada por Enrico Berlinguer, menos aún a la de Felipe González, Willy Brandt o François Mitterrand. Tiene más de dogmática que de liberal, más de autócrata que de socialdemócrata.
Por eso, el saber que un grupo de intelectuales del mundo occidental había decidido alzar la voz para denunciar esta deriva me ha llenado de esperanza y, a la vez, de temor. De temor porque siempre pensé que el hecho de que en España no pudiera alzarse la voz en según qué temas tenía que ver con el inveterado complejo ideológico derivado de cuarenta años de franquismo, y ahora, en cambio, constato que dicha intransigencia es mucho más global. Y de esperanza porque ya era hora de que voces autorizadas y nada sospechosas de ser carcas o fascistas se atrevieran a denunciar los tics cada vez más autoritarios en los que caen las sociedades avanzadas. Me gustará mucho ver cómo Pablo Iglesias y otros puristas acusan ahora de fachas y reaccionarios a Noam Chomsky o a Margaret Atwood.