Michael Ovitz fue el representante de Al Pacino, Paul Newman, Michael Jackson… Ha sido el hombre más poderoso de Hollywood y ganó millones de dólares. Ahora, lo cuenta todo en sus memorias. Por John Arlidge/ Foto: Randall Slavin

En Hollywood todo el mundo conoce a Michael Ovitz,incluso los que no reconocen su nombre o su cara. Fue el representante de Robert de Niro, Al Pacino, Tom Cruise, Dustin Hoffman, Robert Redford, Paul Newman, Robin Williams, Bill Murray, Sylvester Stallone, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Sydney Pollack… y Madonna y Michael Jackson. También es la pareja de Tamara Mellon, la fundadora de la marca de zapatos Jimmy Choo, con quien reside en una vivienda de casi tres mil metros cuadrados enclavada en Beverly Hills. En sus paredes, obras de Picasso y Jasper Johns.

“Fui un capullo con las estrellas”

A pesar de todo ello, Ovitz nunca ha hablado ni de sí mismo ni de sus clientes. «Al evitar la publicidad, conseguía que mi trabajo estuviera envuelto en una especie de mística. La mística es cien veces mejor que la publicidad», asegura.

Hace 23 años se marchó de Creative Artists Agency (CAA), la empresa de representación artística de la que era cofundador, para entrar en Disney. Ahora ha dejado la industria del entretenimiento definitivamente… así que es muy libre de revelar sus alocadas aventuras. Su primer libro se titula Who is Michael Ovitz? (‘ Quién es Michael Ovitz?’), y me ha invitado a almorzar en el Polo Lounge del Beverly Hills Hotel para hablar de él.

«Durante mi época en la agencia, todos los días solíamos reservar las mejores mesas de este lugar para nuestros clientes -explica tras saludarme-. Con tanto cliente y tanta reunión, no dábamos abasto. Yo tenía cinco secretarias y no paraba de trabajar. No hacía otra cosa. Y no es que estuviéramos encontrando una curación para el cáncer».

Michael Jackson quería hacer de James Bond

Mientras el camarero nos trae el aperitivo, Ovitz empieza a hablarme de Michael Jackson y Robert Redford. «Después del éxito de El mago, nos reunimos con Michael Jackson en su casa. Nos dijo que quería protagonizar una película de acción. Insistía en hacer de James Bond, y a nosotros nos daba la risa. Vivía en un mundo de fantasía. Su vida entera era una fantasía».

-¿Cómo se las arregló para disuadirlo?

-Le dije que era una persona demasiado, ejem, sensible para ese tipo de papeles. Le aseguré que sin duda era capaz de interpretarlos, pero que no le convenía.

“Durante los rodajes, Robert Redford se comportaba como un faltón de mucho cuidado. Era grosero con todo el mundo. No le gustaba ser actor”

-¿Y me iba a contar algo sobre Robert Redford?

-En su faceta de director era una persona verdaderamente sensacional. Cuando ibas al Festival de Sundance con él, te dabas cuenta de que tenía talento como pocos. Pero Redford como actor era otra cosa. Durante los rodajes se comportaba como un cabrón de mucho cuidado. Era grosero y faltón con todo el mundo. Siempre llegaba tarde a las reuniones, dos o tres horas tarde. Sospecho que le encantaba oficiar como director, como productor, pero que no le gustaba ser actor. Y los demás tenían que pagarlo.

A Ovitz, de 71 años, tampoco le preocupa hablar claramente de sí mismo, de las cualidades personales que necesitó para convertirse en el hombre más poderoso de Hollywood. «Me comportaba como un capullo, un cabronazo vengativo, un pequeño dictador, un manipulador, un hijo de perra, un Terminator, el maquiavélico maestro de las artes oscuras».

En el libro cuenta que, cuando estaba al frente de CAA, se aseguraba de conseguir la mejor mesa en La Scala, el pequeño restaurante de Beverly Hills al que había que ir para ser visto por todos. «Enseñé un billete de cien dólares a Tony, el maître. A continuación rompí el billete en dos mitades y le entregué una de ellas. «Quiero que nos asignes el primer reservado según se entra a la derecha y que nos trates pero que muy bien -le dije-. Si lo haces, cuenta con la segunda mitad del billete… y con muchos más billetes en el futuro».

Michael Ovitz representante actores

Ovitz era un adicto al trabajo. Hacía y devolvía 300 llamadas al día a los actores más taquilleros de Hollywood. Estaba obligado a «mantener un inhumano control de mí mismo» y, a la vez, a «hacer que todos se cagaran en los pantalones».

El trabajo era duro, pero también glorioso. «Porque era una época dorada del cine. Todo el mundo iba a los minicines de su barrio tres veces al mes, la piratería masiva estaba por llegar y los canales de televisión por cable estaban dando los primeros pasos. Fui ‘el último de Filipinas’, el último capacitado para hacer que un actor fuera convirtiéndose en una estrella película a película».

El resultado. los Oscar llovieron del cielo como confeti. Durante esta era gloriosa, Dustin Hoffman consiguió el galardón al mejor actor por Rain man, Sean Connery obtuvo el premio como mejor actor secundario por Los intocables de Eliot Ness. El éxito continuado -y la ineludible comisión del 10 por ciento- hizo que Ovitz pudiera «seguir viviendo a lo grande. Estábamos sacándonos 350 millones de dólares al año».

“El acoso sexual era cosa de todos los días. Las componendas sexuales a cambio del avance profesional eran parte de la industria. Cuando yo empezaba, un productor me aconsejó: ‘Si tienes oportunidad de tirarte a una chica, no la dejes pasar'”

Todo era demasiado bonito para perdurar. «Hollywood ahora tiene mal nombre», dice en referencia a los escándalos surgidos en la industria. Por si no bastara con las acusaciones de acoso sexual dirigidas a Harvey Weinstein y Kevin Spacey, el sector tiene que hacer frente a problemas como la carencia de mujeres directoras y la reducida presencia de afroamericanos en la pantalla. Ovitz, sin embargo, considera que la actual mala reputación de Hollywood, de hecho, resulta esperanzadora.

-Es positivo. Los cambios solo tienen lugar después de un desastre, y la situación es totalmente desastrosa. Pero esta es una película que va a acabar con un final feliz.

-Ya, muy bien, pero… ¿no se siente usted responsable del desastre? Usted y los peces gordos de CAA fueron hegemónicos en Hollywood durante un cuarto de siglo. O es que no se comportaron de forma sexista y racista? Su agencia representaba a muchos más actores que actrices.

-Tiene toda la razón. Han pasado 20 años, y quizá le parezca extraño, pero no nos planteábamos las cosas en función de si nuestro representado era hombre o mujer. Lo veíamos solo desde el punto de vista comercial y seguíamos el camino más fácil para conseguir nuestros objetivos.

– ¿No estaba al corriente de los abusos de Weinstein?

-No conocía a Weinstein tan bien. Nadie me habló de estas cosas. Durante mi etapa en CAA, nadie me llamó para decirme que Harvey metía mano a las actrices y demás. Todo el mundo sabía que era un poco rarito, pero creo que nadie se daba cuenta de lo enfermo que estaba en realidad.

Weinstein ovitz

«Nadie me llamó para decirme que Harvey metía mano a las actrices. Todos sabían que era rarito, pero nadie se daba cuenta de lo enfermo que estaba», dice Ovitz sobre Weinstein. Foto: Victoria Will/Polaris/Contacto

-Pero seguramente Weinstein no fuera un caso aislado.

-Yo no hacía caso a lo que se decía de mis clientes. Cosa de la que ahora me arrepiento, y mucho. El acoso sexual era cosa de todos los días. Se respiraba una atmósfera sacada de Mad men. Las componendas sexuales a cambio del avance profesional eran parte consustancial de la industria del entretenimiento. A nosotros no nos parecía ni bien ni mal. Con el tiempo me di cuenta de que estaba mal. Pero siempre es más fácil verlo todo con la perspectiva del tiempo.

Explica que, durante su época de becario en la William Morris Agency, la empresa rival en la que se formó antes de dejarla para establecer CAA, un día preguntó a Sam Spiegel -el productor de Lawrence de Arabia y El puente sobre el río Kwai– si tenía algún consejo que darle sobre el oficio. Spiegel respondió: «Si tienes la oportunidad de follarte a una chica, no la dejes pasar. Fóllatela». Ovitz agrega. «Pensé que lo decía en broma, pero nada de eso. Spiegel hablaba completamente en serio».

A su modo de ver, «Weinstein está acabado». Incluso si lo absuelven de violación y abusos sexuales en su próximo juicio. «El mundo ha cambiado. Y para mejor».

Sin embargo, me sorprende al añadir que Kevin Spacey quizá pueda salvarse de la quema. «Lo que hizo fue horroroso, sí. Pero el paso del tiempo a veces tiene resultados impensados. Nunca pensé que Mel Gibson fuera a superar sus arrebatos de antisemitismo. Y los ha superado».

Los directores no se levantaban de la cama por menos de cinco millones de dólares

Ovitz se hizo famoso y multimillonario porque fue el primer agente que arrebató el poder a los estudios de Hollywood. Contrataba a actores, productores y directores, y encontraba los guionistas adecuados para crear proyectos completos de principio a fin, unos paquetes que luego vendía a los estudios por unas sumas de vértigo.

«Representábamos a tantas personas que podíamos ver el tablero de ajedrez en su totalidad. Y éramos tan influyentes que estábamos en disposición de establecer el precio». Sus directores de cabecera no se levantaban de la cama por menos de cinco millones de dólares. Funcionaba porque existían grandes barreras para entrar en el sector, el conjunto de profesionales era relativamente reducido y había un número adecuado de estudios destinados a competir entre sí (siete estudios, para ser exactos).

Si una productora rechazaba un proyecto de Ovitz, él amenazaba con el boicot: ninguno de sus actores o directores trabajaría con ella nunca más. Por eso, todas firmaban

Si a los ejecutivos de una productora no les gustaba un proyecto de Ovitz, o no querían pagar el precio exigido, Michael amenazaba con vendérselo a otro estudio y, ya puestos, con hacerles el boicot. ninguno de sus actores o directores volvería a trabajar en películas de la productora mencionada. Todos se rendían y terminaban por firmar. ¿Y quién no lo haría?

Internet y la resurrección de la televisión dieron un vuelco al viejo orden.

«Yo mismo he cambiado en este sentido. Si hoy quiero entretenerme, voy a Apple TV y hago clic en uno de los iconos de Netflix, Prime, Starz o HBO. Lo que ya no hago es poner un canal generalista a la antigua, como CBS».

A medida que Silicon Valley amplía su control sobre el entretenimiento, Hollywood se empequeñece. En el nuevo mundo, los agentes detentan menos poder. «Hoy se trabaja más con los datos puros. En nuestra época lo fiábamos todo a la intuición. Hacíamos las películas que teníamos ganas de ver. Netflix hoy está en disposición de decirte qué es lo que el público quiere ver. Y puede trabajar a partir de ahí. ¿Es posible que la inteligencia artificial termine por escribir un guion? Conozco a tipos que dicen que sí».

Ovitz ahora trabaja con ‘tipos’ de ese estilo. Asesora a compañías de Silicon Valley y elude el foco de los medios de comunicación. De hecho, su consejo para quienes aspiren a emular el éxito del legendario Michael Ovitz es el siguiente: «Que trabajen con la gente de Silicon Valley. La atmósfera que se respira es como la de CAA, pero mejor. Me relaciono con gente joven magnífica, con personas que no se conforman con una negativa, que quieren ir más allá, que desean cambiar las cosas a mejor, que se desloman trabajando y andan sobradas de capital. Por mi parte hago lo mismo que antes: facilitar ideas hechas a medida para personas más jóvenes que yo, brindarles el dinero también. Lo mejor de todo es que estamos hablando de una auténtica meritocracia; el que tiene la idea mejor se lleva el gato al agua. No puedo haber tenido más suerte en la vida».

Bill Murray, mi preferido

«Tuve muchos clientes, pero Bill Murray fue mi preferido desde el primer momento. No solo se mostraba compasivo con los amigos. Cuando andaba de paseo, acostumbraba a repartir billetes de 10 y de 20 dólares entre los mendigos sin techo, y conocía a muchos de ellos por su nombre.

A la vez, no tenía un pelo de tonto. Un día que estábamos paseando por el exclusivo Upper West Side neoyorquino, nos cruzamos con un sujeto que andaba pidiendo con un vaso de papel en la mano. Bill se giró hacia él y gritó: ‘¿No le da vergüenza contar estos cuentos chinos para sacarles los cuartos a la gente?’. El otro se lo quedó mirando y respondió: ‘Lo siento, señor Murray. Lo siento mucho’.

Seguimos por nuestro camino, y le pregunté: ‘¿Cómo sabías que ese tipo estaba contando cuentos chinos?’. Su respuesta: ‘Porque calza unas zapatillas que cuestan 200 dólares, entre otras cosas. Me ponen enfermo esos fulanos que se aprovechan de la gente’».

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