Su activismo es un sacerdocio: viaja 300 días al año. No descansa. Y tiene 84 años. Hablamos con esta gladiadora del medioambiente y los animales, de sus días en África, cuando ella y otras pioneras como Dian Fossey -con la que no se llevó bien- empezaron a cambiar las cosas. Por Fátima Uribarri / Fotos: Carlos Luján, Getty Images y Cordon Press

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Es menuda, delgada y habla muy bajito. Desprende dulzura. Pero no es frágil; de eso, nada. Tiene una autoestima bien enraizada. Y determinación.

Es una activista a tiempo completo. No utiliza objetos de plástico; viaja con un frasquito de leche ecológica para aderezar el café; apenas compra cosas; apenas come: nada de carne, nada que provenga de granjas intensivas… Es una gladiadora. Defiende el medioambiente y los animales. Es también un mito viviente. Fue pionera en el estudio del comportamiento de los chimpancés salvajes. Pero la reserva de Gombe, en Tanzania, donde ha trabajado 30 años, era un coto pequeño. Ahora trabaja en todo el mundo: viaja más de 300 días al año dando conferencias y lanzando advertencias sobre el desastre que se avecina si no cambian las cosas. Ha venido a España para participar en la exposición que, en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, conmemora los 130 años de historia de la National Geographic Society.

XLSemanal. Qué es lo más peligroso que está sucediendo con el medioambiente?

Jane Goodall. El cambio climático. Pero todo está interrelacionado con la contaminación, la pobreza, con nuestro insostenible estilo de vida, con la destrucción de bosques y océanos. Estamos destruyendo nuestro planeta, y todos estos gases de efecto invernadero hacen que las tormentas arrecien, que se derrita la Antártida, que suba el nivel de mar… es realmente grave.

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XL. Y nos invade el plástico.

J.G. Eso me preocupa mucho. Andando solo un ratito desde el hotel hasta aquí he visto colillas por todas partes. Cuando las limpian, la nicotina penetra en las aguas subterráneas y envenena a los animales.

XL. Dice usted que cada individuo debe poner algo de su parte.

J.G. Si cada uno de nosotros tomara decisiones éticas cada día, el efecto mundial sería enorme.

XL. Deme ideas.

J.G. Piense en las cosas que compra. ¿Hay detrás de ese producto crueldad hacia los animales? ¿Es barato gracias al trabajo esclavo en la India? ¿Lo necesito? No todo el mundo se puede permitir tomar decisiones éticas. La gente que vive en la pobreza no se lo puede permitir, pero nosotros sí. Malgastamos enormes cantidades de comida. Tenemos que cambiar la mentalidad de la gente.

XL. Es vegetariana. ¿Es posible amar a los animales y comer carne?

J.G. La gente no se come sus perros. No es solo la crueldad, es más que eso. Es que se están cultivando más cereales para alimentar animales que para alimentar a las personas, y mucha gente está muriendo de hambre. Piense en la cantidad de combustibles fósiles que se usan en la industria cárnica. Y la cantidad de agua utilizada para transformar la proteína vegetal en proteína animal. Y la enormidad de gases metano que producen esos animales…

“A Dian Fossey la mataron porque no me hizo caso. Tenía que haber dado trabajo a los furtivos”

XL. ¿Ve posible acabar con eso?

J.G. Algunas cosas están cambiando. Ahora, la mayoría de los sitios ofrecen un menú vegetariano, y el veganismo se está extendiendo. Si va a Asia, la fruta y la verdura es fantástica. Solo en Occidente la gente ignora cómo cocinar las verduras de una manera deliciosa.

XL. Bueno, en Asia matan animales porque creen que tienen propiedades curativas o afrodisiacas.

J.G. Eso también está cambiando. Nuestro programa para la juventud de Roots and Shoots se está propagando en Asia. Los niños están haciendo cambiar a sus padres e incluso en China hay manifestaciones en contra del comercio de marfil y aletas de tiburón. La educación es muy importante.

XL. Llegó a África con 23 años. ¿El antropólogo británico Louis Leakey fue su maestro allí?

J.G. No. Yo ahorré dinero y me fui a Kenia. Alguien me dijo: «Si te interesan los animales, deberías hablar con Leakey», así que fui a conocerlo. Se quedó impresionado de lo que sabía de África, a pesar de que acababa de llegar de Inglaterra y no había ido a la universidad. Él me dio la oportunidad de estudiar a los chimpancés, pero nunca vino a Gombe a decirme lo que tenía que hacer. Nadie lo hizo. Dos años después, me consiguió un puesto para hacer el doctorado en Cambridge, a pesar de que no tenía una licenciatura.

“Como no me dejaron ir sola a África, me acompañó mi madre. ¡Y le daban pánico los bichos!”

XL. ¿Por qué le dejaron doctorarse sin estar licenciada?

J.G. Por todo lo que había aprendido sobre el comportamiento los chimpancés salvajes.

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Jane Goodall

XL. ¿Aprendió mucho en la universidad?

J.G. No, porque nadie estudiaba a los chimpancés salvajes. Nadie sabía nada de ellos. Fui la primera en estudiarlos en su hábitat. Y en la universidad me dijeron: «No deberías poner nombres a los chimpancés, deben tener números; eso es lo científico». Ni una palabra sobre la posibilidad de que los chimpancés tengan personalidades diferentes o mentes capaces de pensar o de sentir emociones como felicidad tristeza, miedo o desesperanza. Pero yo tuve un profesor que me enseñó que eso no era verdad: mi perro.

XL. Al principio, los científicos…

J.G. Me dijeron que estaba equivocada.

XL. ¿Qué les hizo cambiar de opinión?

J.G. Mi supervisor vino a Gombe y comprobó que yo tenía razón.

XL. ¿Conoció a las otras dos primatólogas auspiciadas por Leakey, Dian Fossey (estudiosa de los gorilas) y Biruté Galdikas (especializada en los orangutanes)?

J.G. No trabajamos juntas, pero coincidimos varias veces. Ellas tuvieron que venir a Gombe antes de empezar sus trabajos para ver cómo trabajaba yo. En Gombe nos conocimos, nos llamaban ‘las chicas de Leakey’ [se ríe].

XL. ¿Qué tal se llevaban?

J.G. Compartíamos lo que íbamos averiguando. Pero éramos muy distintas.

XL. ¿Recuerda cuando mataron a Dian?

J.G. Claro. Muchos creyeron que me habían matado a mí. Mi madre lo pasó fatal.

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Jane Goodall y Dian Fossey se conocían bien. “Cuando asesinaron a Dian, muchos creyeron que me habían matado a mí. Mi madre lo pasó fatal”, cuenta Jane Goodall

XL. Menudo shock.

J.G. Terrible. A Dian la mataron porque, en lugar de trabajar con los lugareños, no les permitía acercarse a la zona de ‘sus’ gorilas. Yo le aconsejé: «Dian, si les das trabajo, dejarán de ser furtivos porque lo que quieren es dinero. Dales trabajo, lo aceptarán y serán los mejores guardianes porque saben cómo se mueven los furtivos». Pero no me quiso escuchar.

XL. ¿Y qué pasó?

J.G. Discutí con ella. Yo daba empleo a los lugareños. Ella me dijo: «Oh, eso facilita las cosas a los furtivos porque los gorilas se acostumbrarán a la presencia de hombres negros», y yo le comenté que para nosotros no es lo mismo una presencia cotidiana que la irrupción de gente extraña. Y que a los gorilas les pasa igual. No me hizo caso.

XL. Dian Fossey y usted son conocidas. Sin embargo, Biruté Galdikas no lo es.

J.G. Es muy rara y no tiene el don de la comunicación. Dian Fossey tampoco lo tenía. Cuando yo era pequeña, no quería ser científica, sino escribir. De siempre me ha gustado escribir historias, poesía, y no sabía que podía dar conferencias, pero la primera vez que lo hice descubrí que podía. Es un don.

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Biruté, la “rara”. Las primatólogas Dian Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas fueron auspiciadas por el antropólogo Louis Leakey. Galdikas es menos conocida. “Es muy rara y no tiene el don de la comunicación”, explica Goodall

XL. ¿Le gustaría que se hiciera una película sobre usted? Dian Fossey tuvo Gorilas en la niebla.

J.G. Hay planes para hacer una con Leonardo DiCaprio. Están buscando guionista.

XL. ¿Va a participar de alguna manera?

J.G. Supervisaré. Leeré el guion.

“Leonardo DiCaprio va a hacer una película sobre mi vida. Hay que difundir el mensaje”

XL. ¿Le gusta la idea?

J.G. No me gustaba, pero es muy urgente difundir el mensaje… y la película lo hará. Si no fuera así, yo la vetaría. Y Leo, que es un apasionado de la defensa del medioambiente, puede llegar a una audiencia muy amplia.

XL. Su madre fue con usted a África.

J.G. Entonces no era Tanzania, era Tanganica. Las autoridades británicas me dijeron «puede venir, pero no sola», y mi madre se ofreció a acompañarme.

XL. ¿Qué hacía ella en Gombe?

J.G. ¡Era increíble! Yo estaba haciendo lo que siempre deseé desde que tenía diez años. A ella le daban pánico las arañas, los escorpiones, las serpientes, los babuinos, que nos robaban comida del campamento -¡qué rápidos eran los tíos!-; teníamos un cocinero que se emborrachaba… Y allí estaba mi madre [se ríe], con ese panorama, rodeada de bichos. Ella fue maravillosa conmigo. Siempre me animó. Gracias a ella nunca me sentí sola.

“Solo veo a mi hijo y a mis nietos dos veces al año. Tengo una misión y no puedo dejarla”

XL. ¿Ahora dónde está su casa?

J.G. En los aviones y hoteles [se ríe].

XL. Habrá pasado la Navidad en algún sitio…

J.G. En la casa en la que crecí, en Nueva Inglaterra, vive ahora mi hermana con su familia. También es mi hogar.

XL. ¿Ve a su hijo y a sus nietos?

J.G. Dos veces al año durante una semana más o menos.

XL. ¿Merece la pena llevar esta vida errante a los 84 años?

J.G. No puedo hacer otra cosa. Es como una misión. No puedo dejarlo.

XL. ¿Cómo decidió convertirse en activista?

J.G. Porque me di cuenta de que, si no ayudaba a la gente, tampoco podría ayudar a los animales.

MIS DECISIONES ÉTICAS

«Yo reutilizo la servilleta del tren. No uso nunca bolsas de plástico. Rechazo el servicio de habitaciones de los hoteles porque es mi cuarto y no quiero que entre gente y porque lavan tu toalla incluso si has dicho que no lo hagan. Me llevo mi jabón de un hotel a otro. Solo uso una toalla. Aparto las almohadas que no utilizo para que no laven las fundas. En el tren no tomo los zumos que vienen en botellas de plástico con pajitas… Hago cosas de ese estilo».

PARA SABER MÁS

·Una ventana al mundo. 130 años de National Geographic. Espacio Fundación Telefónica Madrid.

·Instituto Jane Goodall

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