Huyó de los nazis. Fue la primera mujer en montar una empresa de programación (aunque tuvo que hacerse llamar Steve). Tras retirarse, dio treinta millones de libras ¡a sus empleados! y financió la moderna investigación del autismo. Stephanie Shirley tiene una vida de película… que ahora va a ser llevada al cine. Ella misma nos lo cuenta. Por S. Shirley (Testimonio regogido por Zoe Beaty)/ Fotografías: Tereza Cervenova y Getty Images

No es fácil vender software cuando están pellizcándote el trasero. No es fácil vender software cuando, al entrar en una sala, los hombres dan por sentado que vienes a servir el café. Cuando fundé mi compañía, la gente se reía. Hoy creo que fueron precisamente esas risitas las que me empujaron a seguir.

Yo era una mujer de 29 años. No había pasado por la universidad y había llegado a Gran Bretaña como refugiada de la Alemania nazi. Madre de un hijo autista, era la única mujer del país que trabajaba en nuevas tecnologías. No me gustaba que me trataran con paternalismo ni condescendencia. Como mujer y judía, ya había tenido bastante de las dos cosas.

Yo no era feminista. Por entonces, muchos creían que ‘feminismo’ era sinónimo de ‘enemiga de los hombres’. Y yo no lo era. Es posible que todo esto que cuento hoy resulte raro. Pero el mundo era muy distinto en el año 1962, cuando fundé mi empresa: Freelance Programmers; más tarde, FI; Xansa después.

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Shirley observa un ordenador. Siempre quiso estudiar Matemáticas y tuvo que hacerlo en un internado para chicos. No era una materia a la que se dedicasen las mujeres

Desde pequeña he vivido bajo la hegemonía masculina. Ya de niña me enviaron a un internado solo para chicos, el único sitio que encontraron para que una jovencita como yo satisficiera su fascinación por las matemáticas. Y, cuando conseguí mi primer empleo, en el servicio postal británico, había dos escalas salariales: una para los hombres y otra para las mujeres. Por entonces era lo normal.

Monté mi compañía de software desde el cuarto de estar de mi casa. Mi presupuesto: 6 libras. Y decidí contratar a mujeres -cuando llegamos a tener 300 empleados, tan solo tres eran varones-, y con horarios flexibles, para que pudieran cuidar de sus familias. Pero no lo hacía por feminismo. Sencillamente, quería facilitar la compatibilidad entre vida laboral y familiar.

LAS NIÑAS DE LOS ORDENADORES

En la compañía imprimimos una nueva forma trabajar. Y no tardaron en burlarse de nosotros. En The Times, por ejemplo, nos llamaban ‘las niñas de los ordenadores’. Mis cartas a empresarios del sector eran recibidas con bromas o directamente ignoradas… Hasta que mi marido, Derek, me sugirió que en vez de firmar con mi nombre, Stephanie Shirley, pusiera «Steve». Los resultados fueron inmediatos. Hoy sigo usando Steve, lo prefiero a Stephanie.

“Monté mi compañía de ‘software’ en el salón de mi casa y decidí contratar sobre todo a mujeres, con horarios flexibles. En el sector se reían de nosotras”

La compañía fue creciendo y aprendimos a desenvolvernos en un mundo de varones. A la hora de reunirnos con otras empresas, siempre íbamos con faldas para no resultar muy masculinas. (Sorpresa: hoy siempre visto pantalones). No era raro que, cuando un cliente potencial me llamara, se oyera a mi bebé llorando de fondo. Así que tuve una idea: grabé a una de mis empleadas, Bárbara, escribiendo a máquina; si hacía falta, ponía la grabación junto al teléfono y creaba la ilusión de que estaba en la oficina.

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Empleadas de la empresa de Shirley. De 300 trabajadores, solo tres eran hombres. La flexibilidad de horarios fue la clave

Desde el principio tuve claro que era fundamental no chocar con los varones poderosos para que la cosa funcionara. Pero también tenía muy presente el concepto de igualdad, quizá por mis propias experiencias personales.

SIN DINERO Y SIN SALIR DE CASA

En 1939, yo tenía 5 años. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, mi madre nos embarcó a mi hermana, de 9 años, y a mí de Viena a Londres. Fuimos dos de los 100.000 niños enviados al extranjero para eludir la persecución nazi.

Mi nuevo hogar era la casa de Guy y Ruby Smith, un matrimonio sin hijos que respondió a un anuncio en un periódico local donde se preguntaba si alguien estaba dispuesto a acogernos. Su casita estaba en un pueblo no lejos de Birmingham. Les dimos los nombres de ‘tío Guy’ y ‘tía Ruby’. Eran buenas personas, pero no hablaban alemán y nosotras no hablábamos inglés. Nuestra nueva vida no se parecía en nada a la niñez acomodada que habíamos dejado en Alemania. El dinero escaseaba y casi no salíamos de casa. Un día oí por la radio que los negros estaban exigiendo aquellas cosas a las que tenían derecho. Así comencé a cobrar conciencia de las desigualdades. Me resulta curioso que los migrantes y refugiados actuales -tantísimas personas que han pasado por todo tipo de horrores- no sean tan bienvenidos como lo fuimos nosotras. Llegamos siendo unas niñas y nos integramos.

UNA IDEA GENIAL: VENDER ‘SOFTWARE’

Pronto tuve claro que quería dejar mi impronta en el mundo. Estudié durante 6 años, en horario nocturno, y me convertí en matemática. Fui ascendiendo. De correos pasé a la tecnológica CDL: la compañía que diseñó el ordenador ICT 1301 en 1959.

En el año 1962, ya llevaba tiempo casada con Derek, que había estudiado Física. Vivíamos modestamente. Pero yo tenía mis proyectos en mente. Ese mismo año fundé Freelance Programmers y, poco a poco, mi negocio fue prosperando. Y eso que en la Inglaterra de entonces una mujer no podía conducir un autobús ni abrir una cuenta bancaria sin autorización del marido. No solo eso: muchos veían ridícula mi idea de vender software, pues hasta entonces era algo que venía incluido en el ‘paquete’ del ordenador. Cambiaron de opinión cuando comenzamos a cerrar contratos tan jugosos como la programación de los horarios de los trenes de carga. Con el tiempo, mi gente llegó a programar hasta la caja negra del Concorde.

UN BEBÉ CON AUTISMO GRAVE

En 1963 nació mi hijo, Giles, después de una sucesión de abortos involuntarios. Me sentía feliz en mi papel de madre, y el par de años siguientes fueron maravillosos. Pero, a los 2 años de edad, mi pequeño enmudeció. Nos dijeron que era un grave caso de autismo, una enfermedad sobre la que se sabía muy poco.

“A los dos años, mi hijo enmudeció. Era un caso grave de autismo. Luego desarrolló epilepsia. Todo se complicó. Me acabaron hospitalizando por estrés”

Con los años, Giles fue volviéndose cada vez más caprichoso y exigente. Al cumplir los diez, sus arrebatos de ira se habían convertido en el pan nuestro de cada día. Giles necesitaba cada vez más cuidados, y la situación se complicó cuando con la pubertad desarrolló una epilepsia. No era una situación fácil y mi empleo a tiempo completo complicaba las cosas. No podía más. Empecé a sufrir ataques de ansiedad y me hospitalizaron por estrés. Los médicos nos dijeron que la situación era insostenible. Giles tenía 13 años cuando lo internamos en un centro especial.

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Con su hijo Giles cuando tenía tres meses y todavía no había sido diagnosticado de autismo. Falleció a los 35 años. «Pienso en él todos los días», dice Stephanie

Me entraron remordimientos. Sabía que los chicos como Giles necesitaban algo más que la simple compañía de otros. Porque no pueden ser más vulnerables. Y las condiciones en el centro dejaban que desear. Alguien me dijo que Giles bebía agua del retrete. Mi hijo tenía veintipocos años cuando decidí afrontar el problema por mi cuenta y lo traje a casa de vuelta. En 1986 cree la Shirley Foundation para financiar nuevos proyectos en el campo del autismo.

LA FILANTROPÍA COMO TERAPIA

Yo soy una persona orgullosa y no contaba a nadie lo que pasaba. Consagré mi existencia pública a la consecución de mi nuevo sueño: hacer que los empleados se convirtieran en copropietarios de mi compañía -ahora llamada FI-. Necesité 11 años para lograrlo. Me jubilé en 1993, a los 60 años, tras haber hecho entrega del grueso de mis acciones -valoradas en 30 millones de libras- a los empleados de la firma. «Misión cumplida», me dije. Fue mi mayor obra filantrópica; me sentía más que feliz de haber convertido en millonarios a 70 trabajadores.

“Mi sueño era que los empleados fueran copropietarios de mi compañía. Fui feliz al darles mis acciones y convertirlos en millonarios”

Por entonces, la compañía se había convertido en una consultora de tecnología y era una máquina de hacer dinero. En su momento álgido, mi fortuna personal estaba valorada en 150 millones de libras. era la undécima mujer más rica del país. En 1996, en plena explosión de las empresas puntocom, veía como mi fortuna se iba incrementando en millones cada año sin que yo moviera un dedo. No tenía nada en contra de ganar dinero trabajando, pero me resultaba obsceno sacarme esas millonadas sin hacer nada.

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Shirley con la reina Isabel en 1996. La emprendora ha recibido numerosos reconocimientos; entre ellos, el de Dama del Imperio Británico

Lo bueno es que ahora sabía que a Giles no iba a faltarle de nada cuando Derek y yo ya no estuviéramos a su lado. Aun así, después de la jubilación, Derek y yo nos decíamos que faltaba algo en nuestras vidas. Así que decidimos dedicar tiempo y dinero a crear buenos centros de acogida para personas como Giles, quien por entonces tendría unos 25 años. Utilizamos la Shirley Foundation para comprar propiedades y trabajar en el desarrollo y la gestión de internados para jóvenes autistas. Y la cosa funcionó: empezamos a detectar mejorías en los alumnos.

Pero nuestras vidas dieron un vuelco un día de octubre de 1998. Estaba en casa y me llamaron para notificarme la muerte de Giles. Mi hijo había sido víctima de un acceso epiléptico más que grave.

Los padres que han perdido un hijo sabrán lo que sentí, lo que sigo sintiendo. Han pasado más de 20 años y todavía me cuesta hablar de lo sucedido, y eso que pienso en Giles casi todos los días. Me acuerdo de él con amor, pero con un amor realista. El mío es un amor práctico y duradero que quiero reflejar en nuestro legado. Y nuestro legado no cesa de crecer.

TAMBIÉN HUBO FRACASOS

En total estoy al frente de tres organizaciones benéficas que realizan una labor destacada en el terreno del autismo. Tengo algo que hacer, algo que me motiva a levantarme por la mañana y trabajar a lo largo de la jornada.

“El único antídoto que se conoce contra la depresión es la compasión: el ser humano nace con el instinto de dar y ayudar”

También he donado mi dinero a otro tipo de proyectos en los que creo, como el Oxford Internet Institute, que analiza la veracidad de la información en la Red. En total estamos hablando de una inversión en actividades filantrópicas cercana a los 70 millones de libras, si no recuerdo mal.

Mi trabajo ha sido recompensado con creces. Varias universidades me han otorgado titulación honorífica. También he sido nombrada Dama del Imperio Británico y miembro de la Orden de los Compañeros de Honor. No tengo empacho en reconocer que me puse a llorar como una magdalena cuando me concedieron esta última distinción. Y no soy de los que lloran con frecuencia.

Me siento orgullosa de lo que he conseguido, pero no quiero que la gente tenga una idea equivocada sobre mí. Al hablar de un emprendedor, siempre nos centramos en sus éxitos, raras veces se mencionan los fracasos. Y yo he fracasado muchas veces. En Estados Unidos fracasé. Fracasé en varios países de Europa. No todo fue fácil. Pero me arrepiento de pocas cosas, quizá de no haber tenido más hijos. Fue algo deliberado; Derek y yo decidimos concentrarnos en el pequeño que ya teníamos, cuyas necesidades eran mayores que las de otros.

Cumplidos los 85 años, mi vida es distinta a la de casi todas las personas que conozco, pero mi trabajo filantrópico me hace feliz. En su momento sufrí fuertes depresiones, y el único antídoto que se conoce contra la depresión es la compasión: el ser humano nace con el instinto de dar y ayudar.

 

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Todavía en fase de producción, la película que llevará al cine la vida de Stephanie Shirley (centro) baraja dos posibles actrices para interpretar a la emprendedora: Kate Winslet  (izquierda)y Emily Blunt (derecha).

Ahora van a rodar una película sobre mi vida, empiezan a final de año. He leído parte del guion y me parece increíble que vayan a hacer una película sobre mí, la eterna desclasada (porque así es como me veo a mí misma). Todavía no está claro qué actriz seré en la pantalla. Se habla de Kate Winslet o Emily Blunt. ¿Quién sabe…? Pero creo que va a ser algo especial.

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