Durante años, Amaryllis Fox llevó una doble vida. Su familia y sus amigos creían que era asesora de arte. En realidad era una agente de la CIA al frente de misiones encubiertas en la guerra contra el terrorismo. Acaba de publicar sus memorias, que se convertirán en una serie, y recuerdan a personajes como la protagonista de ‘Homeland’. Hablamos con ella de su apasionante –y aterradora– vida de espionaje. Por Ben Hoyle/ Fotografía: Bradley Meinz

La verdadera historia del nacimiento de la CIA

Finales de la primavera de 2008. Una joven pareja estadounidense acaba de llegar a una isla de Tailandia para disfrutar de unas vacaciones antes de que su hijo venga al mundo. Pero, mientras el sol se pone, Amaryllis Fox pide disculpas a su marido, Dean, y se marcha sola para coger un taxi. Baja del coche frente a una tienda y sube a un triciclo tuk tuk que la deja en un centro comercial; allí monta en un taxi colectivo hasta un hotel. Se dirige a una de las suites, reservada para que se encuentre con un traficante de armas húngaro cubierto de tatuajes.

Fox está embarazada de cinco meses y no sabe que esta reunión la llevará a los callejones de Karachi y a una aterradora confrontación con tres yihadistas para impedir un atentado. Tampoco puede saber que un día será el inicio de unas memorias tituladas Life undercover (‘Una vida como infiltrada’), que Apple llevará a la pantalla, con Brie Larson como protagonista. Unas memorias que llevan a pensar en Carrie Mathison, la protagonista de la serie Homeland, aunque no sea exactamente su historia.

Hay una cosa que sí sabe, mientras aguarda la llegada de Jakab, el húngaro que vende precursores de armas nucleares a grupos terroristas: miles de vidas dependen de lo que suceda a continuación.

Los familiares y amigos de Amaryllis piensan que trabaja como consultora de arte en Shanghái. Unas cuantas personas –entre ellas, Jakab– creen que es una traficante de armamento que utiliza el arte como tapadera. En realidad es una espía.

Su marido no sabe lo que va a hacer en Tailandia, pero sabe a qué se dedica. Él mismo es miembro de la CIA y tiene sus propios secretos.

“Los alienígenas sois vosotros”

Han pasado 11 años. Amaryllis Fox, que hoy tiene 38, está en su casa de Los Ángeles. Zoe, la pequeña nacida en China que acompañó a su madre en diversas misiones de la CIA, está en la escuela. Una segunda hija, nacida este año, descansa en una sillita.

“Tu seguridad personal muchas veces tiene que ver con tu estado mental; si vives con el miedo en el cuerpo, es más fácil que te pase algo malo”

Sorprende que la puerta de acceso a la vivienda esté abierta. «Creo que la seguridad personal muchas veces tiene que ver con tu estado mental: si vives con el miedo metido en el cuerpo, es más probable que te pase algo malo».

Fox dejó de trabajar como agente de la CIA en 2011, pero le costó hablar sobre su vida como espía. Comenzó contándoselo a su madre y su padrastro, quienes, pese al impacto inicial, lo entendieron. Trató de pasar página como emprendedora en tecnología, pero «pronto tuve claro que no he nacido para un trabajo así».

Amaryllis Fox, la aterradora vida de una agente secreta de la CIA

Con su actual y tercer marido, Robert F. Kennedy III, a quien conoció en el festival Burning Man de 2015

En 2016 grabó un monólogo para el canal Al Jazeera, presentándose como antigua funcionaria de la CIA y defendiendo la necesidad de visualizar un conflicto a través de los ojos del enemigo. «En un interrogatorio, un militante de Al Qaeda dijo una cosa que se me quedó grabada –explica Fox–. El hombre hizo referencia a algunas películas americanas muy conocidas: Independence Day, Los Juegos del Hambre, La guerra de las galaxias… Y agregó: ‘Todas tratan de un pequeño grupo de rebeldes con pocos recursos, pero dispuestos a todo para derrotar a un invasor muy superior. No os dais cuenta de que, para los nuestros, para el resto del mundo, el Imperio sois vosotros, y nosotros somos Luke y Han. Los alienígenas sois vosotros; nosotros somos Will Smith’». El monólogo se hizo viral y hoy ha sido visto más de cien millones de veces. Fue el inicio de su carrera como directora de documentales y conferenciante.

El arte de entenderse con el vecino

Fox entró en la CIA tras los atentados de las Torres Gemelas, en 2001, y por entonces estaba empeñada en «borrar al enemigo del mapa». Con el tiempo, sin embargo, se dio cuenta de que esta forma de actuar no era efectiva. Si matas a tu enemigo, «resulta que ese enemigo tiene amigos y familiares, y de repente te encuentras con cien nuevos enemigos».

La atmósfera hostil que hoy se respira en Estados Unidos la empujó a expresarse en público sobre su experiencia. Si ella consiguió aprender a trabajar «con unas personas que querían matarme», los americanos de uno u otro signo político bien podrían aprender a llevarse mejor con sus vecinos. «Tal como están las cosas en mi país, estoy convencida de que lo más patriótico es encontrar afinidades, puntos en común».

Amaryllis Fox, la aterradora vida de una agente secreta de la CIA 1

Fox entrevistando a la entonces disidente birmana Aung San Suu Kyi cuando estaba prohibido hacerlo

No todos ven muy patriótico que haya escrito un libro sobre su etapa en la CIA. Fox insiste en que ha cumplido con lo exigido por la CIA y que ha tenido buen cuidado de seguir sus directrices a la hora de omitir y/o enmascarar hechos y nombres para no poner en peligro a otras personas.

Lo que vale un café en Starbucks

Año 2008. Jakab se presenta en la suite del hotel. Abren unas cervezas, el húngaro prende un cigarrillo, charlan un poco. Jakab quizá sabe por qué está aquí en realidad, pero, si lo sabe, no lo menciona.

Amaryllis Fox ha tenido buen cuidado de que la cama no esté a la vista; no quiere malentendidos. Finalmente se decide a dar el paso. Tiene que convencerlo de que trabaje para ella. «Como decía, estoy en contacto con cierta gente de Washington, unos amigos con los que hablo de vez en cuando –desliza–. ¿Y si trabajáramos juntos con la idea de ayudar un poco a tu gente? Por supuesto, tú también te sacarías algo…». Las palabras quedan suspendidas en el aire. El traficante de armas ríe y dice: «¿Es que me has tomado por Batman? ¿Tengo yo cara de Batman?». Fox echa la cabeza hacia delante y aguanta la mirada del otro. Apela a su conciencia, a su orgullo, a su bolsillo también. Juntos pueden evitar masacres de inocentes. Un día podrá contar a sus nietos que salvó el mundo para ellos. Trato hecho. La CIA comenzará a pagarle una mensualidad, de mil dólares para empezar. Jakab podrá contactar con ella a través de una tarjeta de cliente de Starbucks: Fox comprobará el saldo de la tarjeta todos los días y, si ve que el húngaro se ha tomado un café poco antes, sabrá que han de reunirse. «No hagas que me maten», pide Jakab antes de despedirse.

Leer los periódicos para entender

«Mi niñez no pudo ser más feliz», recuerda Fox. Su padre, economista, colaboraba con los gobiernos de varios países, por lo que la familia viajaba mucho, aunque acabó recalando en Londres. La pequeña Amaryllis desarrolló unas aptitudes que en el futuro iban a ser cruciales: hacer amigos con rapidez, establecer relaciones, a pesar de las diferencias de costumbres o aspecto…

El primer encargo que le hizo la CIA fue visionar el vídeo de una decapitación cien veces para intentar encontrar pistas sobre la ubicación exacta del crimen

Cuando tenía 8 años, una de sus mejores amigas murió en el atentado del avión de Lockerbie. Entonces, su padre hizo que se acostumbrara a leer The Times. «Para que vayas entendiendo qué fuerzas son las que acabaron con tu amiga –decía–. Lo entenderás todo mejor, dejarás de tener tanto miedo». La niña se convirtió en una voraz lectora de las noticias.

Y en una brillante estudiante destinada a estudiar en Oxford. Pero antes de ir a la universidad se tomó un año sabático y viajó a Tailandia para trabajar en un campo de refugiados. Allí conoció a Min Zin, un escritor disidente del que se enamoró. Fox no tardó en encontrarse en el interior de Birmania para filmar imágenes de las protestas masivas. Las manifestaciones fueron ahogadas en sangre antes de nacer, pero Fox se las arregló para dar esquinazo a sus vigilantes y entrevistar a Aung San Suu Kyi, encarcelada por el régimen. Cuando iba a salir del país, fue detenida. Estuvo 24 horas encerrada e incomunicada, pero al final la dejaron marchar.

Durante su segundo año en Oxford, mientras estudiaba Teología y Derecho, uno de los profesores y dos antiguos alumnos aparentemente de la inteligencia británica entablaron conversación con ella en un pub. Le ofrecieron trabajo, pero ella dijo que no. Cambió de idea tras el 11-S, cuando iba a empezar el último curso en Oxford. Hizo un máster en terrorismo y conflictos mundiales en la Universidad estadounidense de Georgetown. Y esta vez dijo que sí cuando volvieron a hacerle una propuesta.

Una cámara en el cuarto de baño

Su familia creía que trabajaba para una multinacional, pero en realidad se encontraba en el cuartel general de la CIA en Langley (Virginia). Querían que entrase en el Servicio Clandestino, la unidad formada por agentes de élite: los tipos que plantan cara al enemigo en el terreno. Fue asignada a la sección de Irak. El primer encargo: observar el vídeo de una decapitación cien veces para intentar encontrar pistas sobre la ubicación exacta del crimen.

En paralelo, Anthony –un sudafricano a quien había conocido en Oxford– se trasladó a Estados Unidos con intención de revivir la relación con Amaryllis, socavada por la larga distancia. Se casaron, pero su matrimonio no duró mucho. En la CIA, Amaryllis conoció a otro agente, Dean Fox, que se convertiría en su segundo marido, cuando a ella la enviaron a China, donde el mercado del arte estaba en auge, una buena tapadera para la pareja. Pero no suficiente para despistar al Gobierno chino…

Explica que una noche discutió con Dean, se encerró en el cuarto de baño y rompió a llorar. Tres meses después, un pez gordo de la CIA le preguntó por qué había estado llorando y le enseñó una foto tomada por la inteligencia china a través del espejo del baño, una imagen que la CIA había interceptado por sus propios medios. En Pekín no sabían que eran dos espías americanos. Pero no por ello dejaban de espiarlos.

El miedo a no estar a la altura

Su hija Zoe nace en septiembre de 2008. Pocos meses después, Jakab alerta sobre un posible atentado en Karachi. Amaryllis tiene claro que ha de ir a esa ciudad en persona y lo que allí sucede es una acción de máximo riesgo. En aquellos momentos de vida o muerte, reconoce, no hacía más que pensar en Zoe. «La misión en Karachi seguramente fue la más aterradora de todas. Lo que estaba en juego era descomunal. Por primera vez comprendí que tenía el deber moral de operar en el terreno. Y eso que el coste potencial era tan inmenso como real, y no solo para mí».

No ve series de espías «porque no podría contenerme y me las daría de listilla. Como un médico que ve ‘Urgencias’ y no para de decir: ‘Eso no funciona así en los hospitales de verdad’… Mis amigos terminarían por tirarme la pizza a la cabeza»

Fue el principio de su final como agente. Con el paso del tiempo, su marido ascendió en la CIA y logró que la familia fuese destinada a Washington, pero el matrimonio no sobrevivió al cambio.

Hace 4 años, Fox conoció a Bobby, con quien se casó en 2018. Su nombre completo es Robert F. Kennedy III, actor, escritor, director… y nieto del asesinado Robert F. Kennedy.

En los espacios públicos, Amaryllis sigue teniendo la costumbre de sentarse con la espalda contra la pared. Pero la vida con los nervios al límite ha quedado atrás. Y bien, ¿hay algo que hoy le dé miedo?

«Creo que tengo miedo a no estar a la altura de mis responsabilidades, de fallar a las personas que quiero. Y de no haber dejado el mundo un poquitín mejor después de mi paso por él. En este orden, ahora mismo. En otros tiempos, el orden seguramente hubiera sido el contrario».

Mi vida como agente secreta de la CIA