Este abogado ha salvado nada menos que a 135 personas inocentes de morir. Tras años de lucha, los rescató del corredor de la muerte y de un sistema legal injusto. «En EE.UU., si eres negro, eres culpable», asegura. Una película, ‘Cuestión de justicia”, cuenta su apasionante historia. Texto y fotografías: Daniel Méndez

“En el corredor de la muerte olemos la carne quemada de la silla eléctrica”

Durante las tres últimas décadas, este abogado y la organización que dirige, Equal Justice Initiative (EJI), han sacado del corredor de la muerte a 135 personas condenadas erróneamente, negras en su abrumadora mayoría. También han convencido a la Corte Suprema de Estados Unidos para abolir la cadena perpetua a menores de 17 años. Por logros como estos, muchos llaman a Bryan Stevenson ‘el Mandela americano’. Criado en la absoluta pobreza, logró licenciarse en Harvard y, con su título bajo el brazo, se instaló en el epicentro del racismo en Estados Unidos: Montgomery, capital de Alabama, donde Rosa Parks se negó a levantarse en un autobús público y donde Luther King alumbró el movimiento por los derechos civiles en los sesenta. En este Estado, campeón en porcentaje de afroamericanos condenados a muerte, lleva 30 años luchando contra esa estadística demoledora según la cual uno de cada tres negros nacidos hoy pisará la cárcel en algún momento a lo largo de su vida. La película Cuestión de justicia (estreno: el 28 de febrero) cuenta ahora su historia, la de una de esas personas, tan escasas, cuyos actos contribuyen de verdad a mejorar el mundo. Lo entrevistamos en la sede de EJI en Montgomery, Alabama.

XLSemanal. Viajemos a 1983. Tiene usted 23 años y entra por primera vez en el corredor de la muerte…

Bryan Stevenson. Fue transformador. Era estudiante en prácticas en Atlanta, donde la gente moría por falta de asistencia legal. La primera persona que conocí en el corredor había nacido el mismo día del mismo año que yo. Hablamos durante tres horas.

XL. La escena sale en la película.

B.S. Eso es. Los guardias se enfadaron, entraron de malas maneras y lo lanzaron contra la pared. Fue terrible. Pero él se plantó en la puerta y me dijo: «Bryan, no te preocupes por esto. Simplemente, vuelve». Los guardias lo empujaban, pero él no se movía. Entonces empezó a cantar un himno religioso: Higher ground. Ahí supe que quería ayudar a los condenados a alcanzar ‘terrenos más elevados’ (higher ground en inglés).

XL. Eso lo aprendió de su abuela…

B.S. Me enseñó que, para hacer justicia, debemos acercarnos a los que sufren, los condenados, los excluidos, los marginados. Limpió casas toda su vida.

XL. Ella misma era hija de…

B.S. De personas esclavizadas, sí. Mi bisabuelo aprendió a leer estando esclavizado. Toda la comunidad venía a casa y les leía el periódico.

XL. Su madre se endeudó para comprarles una enciclopedia…

B.S. Crecimos en una casa que, a menudo, no tenía agua corriente. Pero ella quiso darnos acceso al mundo, aunque fuera a través de los libros. Nos inculcó el deseo de aprender.

XL. Sufrieron racismo y exclusión…

B.S. Recuerdo un episodio muy esclarecedor. Cuando tenía 10 años, mi madre ahorró para mandarnos en una excursión de la iglesia a Disney World. ¡Nunca habíamos salido de la comunidad! La primera noche dormimos en un hotel con piscina. Mi hermana estaba excitadísima. A la mañana siguiente nos cogimos de la mano y saltamos al agua. ¡Fue divertidísimo!

XL. Pero…

B.S. Empezó el caos. Los padres blancos empezaron a gritar a sus niños que salieran. Yo le pregunté a uno de los padres: «¿Cuál es el problema?». «Tú eres el problema, negrata».

XL. A un niño de 10 años…

B.S. De eso no se habla, pero la intolerancia, la discriminación… crean heridas profundas. En este país, no se nos ha permitido hablar de esas heridas ni buscarles tratamiento.

XL. ¿Tratamiento contra la discriminación?

B.S. Yo recuerdo aquello como si hubiera ocurrido ayer, pero me preocupa que los niños blancos no recuerden ese día, ni sus madres ni aquel hombre que me llamó negrata. Y, si no recuerdan, no estarán motivados para luchar hoy contra la discriminación.

XL. Suele decir que la pena capital es la pena para gente sin capital.

B.S. Seguimos en un sistema que te trata mejor si eres rico y culpable que si eres pobre e inocente.

XL. La estadística dice que una de cada diez condenas a muerte está equivocada.

B.S. Hay miles de personas inocentes en la cárcel. No deberíamos ejecutar a nadie porque no podemos devolver la vida cuando se demuestra su inocencia a posteriori. El debate sobre la pena de muerte no radica en si merecen morir o no, se trata de si merecemos el poder de matar. ¿Tenemos la credibilidad, la integridad, el compromiso de una aplicación justa de la ley? No somos capaces de imponer la pena capital de un modo justo.

“Lo contrario de la pobreza no es la riqueza, es la justicia. En mi país, el sistema te trata mejor si eres culpable y rico que si eres inocente y pobre”

XL. ¿Cómo se supera algo como contemplar una ejecución?

B.S. Es duro. Pero si alguien te pide que estés no puedes hacer otra cosa. El cliente siempre está en una posición más vulnerable: yo me voy después a casa, ellos no.

XL. ¿Ayudan sus creencias religiosas?

B.S. Me dan esperanza. Recuerdo una ejecución en especial: el condenado padecía un trastorno del habla, pero consiguió hablar y me dijo: «Señor Stevenson, quiero que sepa que lo amo por tratar de salvar mi vida». Era un hombre roto por dentro. Todos mis clientes lo están. Represento a gente rota, destruida por la violencia y la desesperación; y represento a un sistema roto porque jueces y fiscales no hacen bien su trabajo.

Bryan Stevenson: "En Estados Unidos miles de inocentes van a ser ejecutados" 2

Por su lucha en favor de los derechos de los afroamericanos y contra las iniquidades del sistema judicial, Stevenson ha sido comparado muchas veces con Nelson Mandela. La película ‘Cuestión de justicia’ le rinde homenaje ahora.

XL. ¿Tentaciones de tirar la toalla?

B.S. Claro. El día en que ese cliente me dijo eso fue uno de ellos. Pero allí sentado, escuchando a ese hombre a punto de morir, lo entendí: lo hago porque, como parte de esa comunidad, también estoy roto por dentro. Esto me ha llevado a reconocer que todos somos algo más que el peor acto que hemos cometido y que lo contrario de pobreza no es riqueza, es justicia.

XL. Relaciona la pena capital con la esclavitud, que no ha terminado, sino que ha evolucionado.

B.S. Exacto. El gran problema de la esclavitud no fue la servidumbre involuntaria, sino la ideología de la supremacía blanca. La primera quedó abolida en 1865, pero esa narrativa de la diferencia racial se mantuvo.

XL. También dice que el terrorismo en Estados Unidos no empezó con el 11-S, sino con la esclavitud.

B.S. ¡Nosotros crecimos con terror! Con miedo a que nos pegaran, nos lincharan.

XL. Ha invertido mucho esfuerzo en documentar los linchamientos.

B.S. ¡Habla mal de la comunidad académica que no se hubiera hecho! Buscamos en archivos y periódicos de la época para averiguar lo que pasó. Y no se trata solo de las más de cuatro mil personas linchadas, sino de los millones de personas de color que vivieron bajo esa violencia.

XL. Eran espectáculos públicos…

B.S. ¡Imagínate! Llevar a tus hijos a ver cómo se tortura, se abusa y se quema vivo a alguien. Y dejaban sus cuerpos colgando de árboles, puentes… Querían atormentar y traumatizar a los afroamericanos. Por eso, terrorismo define tan bien lo que ocurrió.

XL. La memoria es fundamental.

B.S. Es fundamental para la justicia. Si no recordamos lo que ocurrió en la Alemania nazi, cuando se demonizó a un grupo, no lucharemos contra ello cuando lo veamos hoy.

“En Alemania no hay estatuas de Hitler, nadie celebra una era de genocidio racial. Pero en mi país se celebra a los arquitectos de la esclavitud”

XL. Critica usted la narrativa del movimiento pro derechos civiles.

B.S. Sí. Porque lo hemos convertido en algo celebratorio. Como si hubiese sido un carnaval de tres días: el día uno, Rosa Parks no se levanta de su asiento en el autobús; el día dos, Luther King lidera una marcha a Washington; y, el día tres, cambiamos todas las leyes racistas. ¿Fue así? En ese caso, te resultará extremadamente frustrante que 50 años después venga yo y te siga hablando de justicia racial, de parcialidad en la Justicia, de discriminación, de intolerancia.

XL. A muchos no les gusta oírlo.

B.S. Creen que ya lidiamos con eso en 1965, pero la presunción de que si eres negro eres culpable persiste.

XL. Lo acusan de remover el pasado.

B.S. En Alabama se celebra a los arquitectos de la esclavitud: el día del nacimiento de Jefferson Davis (presidente confederado, defensor de la esclavitud) es festivo. Un instituto lleva su nombre. Otro se llama Robert E. Lee (general confederado). Las calles llevan el nombre de sus responsables. Si en Alemania tuviesen estatuas de Hitler o parques dedicados a nazis, eso diría algo muy profundo sobre los alemanes. Yo no iría a una nación que celebra una era de genocidio racial. Es lo que hacemos en este país y esperamos que la gente lo vea como algo benigno. ¡No!

XL. Usted visitó el Monumento al Holocausto de Berlín.

B.S. Y todo el mundo en Berlín te recomienda ir. ¿Por qué? Porque quieren que reconozcas su compromiso con el cambio de narrativa. Aquí es al revés. Hablas de raza y la gente se pone nerviosa. Hablas de justicia racial y salen corriendo.

XL. Michelle Obama dijo que la Casa Blanca la construyeron esclavos y hubo quien respondió defendiendo la esclavitud.

B.S. Esa reacción dice mucho de lo poco que hemos avanzado.

XL. ¿Es Trump parte de la respuesta al primer presidente de color?

B.S. En cierto modo, sí. Es habitual, cuando las ideas de progreso empiezan a tener éxito, se produce una reacción.

Bryan Stevenson: "En Estados Unidos miles de inocentes van a ser ejecutados" 3

Stevenson con uno de sus defendidos, Walter McMillan, en 1993, después de que este fuera absuelto

XL. ¿Ve relación con el avance de la ultraderecha en Europa?

B.S. Sí. Coinciden, por ejemplo, en señalar al extranjero, al inmigrante. Tenemos que entender que el miedo y la ira son los ingredientes principales de la opresión y la injusticia.

XL. ¿Y cómo hace para no dejarse llevar por la ira?

B.S. De nuevo, debo agradecérselo a mi madre y a mi abuela. Siempre me dijeron que, cuando estás enfadado, no piensas con la misma claridad y es un lujo que no te puedes permitir.

XL. ¿Y para no dejarse llevar por la tristeza?

B.S. Lloro. En muchísimas ocasiones, me siento abrumado, pero no es un problema: es parte del hecho de ser humano en espacios inhumanos donde te expones a la crueldad y el abuso. Te romperá el corazón, pero es importante estar allí para hallar modos de ponerle fin.

XL. Por ejemplo, su trabajo con niños encarcelados…

B.S. Sí. Si estás con un niño de 13 años sentenciado a cadena perpetua y sin libertad condicional, no puedes ser solo abogado. Debes ser hermano, padre, primo, para que confíe en ti y te permita hacer tu trabajo ante el juez.

XL. Consiguió, precisamente, cambiar la ley que permitía esas condenas a menores.

B.S. En los ochenta, los criminólogos defendieron que había una nueva especie de niños. Parecían niños, pero nos engañaban: «¡No son niños, son superdepredadores!». Demonizaron a toda una generación. Todos los Estados rebajaron la edad mínima para ser tratados como adultos en los juzgados.

XL. ¿Cuál es esa edad mínima?

B.S. Llegamos a tener 13 Estados sin una edad mínima. He representado a niños de 9 y 10 años que afrontaban condenas de décadas. Es trágico. Todavía hay diez mil presos de 15, 16 o 17 años. ¡Niños condenados a cadena perpetua con 13 años! Así que intenté establecer una edad mínima.

XL. Habla de una nación punitiva, con más de dos millones de presos.

B.S. Tenemos la mayor tasa mundial de encarcelamiento. Hemos pasado de 350.000 personas en 1970 a 2,2 millones. Es una cultura punitiva.

XL. ¿A qué se debe?

B.S. Los medios de comunicación hablan de los crímenes de un modo sensacionalista; generan miedo. ¿Cómo los tranquiliza el Estado? «Tranquilos, los juzgaremos y los ejecutaremos». A la gente la tranquiliza.

XL. ¿Cambiará?

B.S. Creo que sí. Ya han disminuido las sentencias a muerte y las ejecuciones. Hay un movimiento que trata de cambiar las cosas. Diez Estados han abolido la pena de muerte y California ha declarado una moratoria que supone que el 20 por ciento de nuestra población en el corredor no está en riesgo de ejecución inmediata.

“Los medios de comunicación meten miedo a la gente. ¿Cómo la calma el Estado? ‘Tranquilos, los juzgaremos y los ejecutaremos’. Y funciona”

XL. ¿Y abolir la pena de muerte?

B.S. Llegará. En un futuro, la gente se preguntará cómo podíamos hacer esto. Ocurre ahora con las leyes que prohibían el matrimonio interracial o que no permitían a blancos y negros jugar juntos a las damas. Y solo han pasado 50 años.

Bryan Stevenson: "En Estados Unidos miles de inocentes van a ser ejecutados" 1

Fotograma de la película ‘Cuestión de justicia’

XL. En muchos Estados, las relaciones interraciales estuvieron prohibidas hasta fechas más recientes…

B.S. La ley que tumbó esa prohibición se aprobó en 1966, pero en lugares como Alabama no eliminaron ese lenguaje hasta el 2000. Nuestra Constitución estatal aún prohíbe que niños blancos y negros vayan juntos a la escuela. No se puede aplicar porque la Constitución federal lo prohíbe, pero está escrito. El único modo de eliminar ese lenguaje es un referéndum. Se celebró uno en 2004: el 51 por ciento votó que se mantuviera. Lo intentamos de nuevo en 2012: ¡y creció hasta un 62 por ciento!

XL. ¿Ha recibido amenazas?

B.S. Sí. Pero no les presto atención. Hay mucho trabajo por hacer.

XL. ¿Es optimista?

B.S. Debo serlo. La injusticia prevalece donde persiste la desesperanza. Por eso tenemos
que mantener la esperanza. Para llegar a la justicia, debemos contar la verdad. Acercarnos a los pobres y los excluidos y cambiar la narrativa.

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Foto principal: Stevenson en el National Memorial for Peace and Justice, un museo promovido por él que recuerda a los miles de negros linchados en Estados Unidos. Cada bloque metálico que cuelga del techo lleva un nombre grabado y remite a los cadáveres que, tras ser linchados, quedaban expuestos durante días en plaza pública. Fue inaugurado en 2018 en Montgomery, capital de Alabama, considerado el Estado más racista del país.