No puede casi hablar. Un cáncer de garganta le ha costado la voz y casi la vida. Aun así, Val Kilmer, el actor ‘sex symbol’ de los ochenta, ha decidido contarlo todo en su libro de memorias. Su enfermedad, la secta a la que pertenece y su larga lista de amores: Daryl Hannah, Angelina Jolie, Cher, Cindy Crawford… Por Fernando Goitia/Fotos: Getty Images

Val Kilmer: de mil amores

Cuando estudió en Juilliard, la prestigiosa escuela de arte de Estados Unidos, Val Kilmer odiaba repetir unos ejercicios para que su voz sonara como una trompeta. Cuatro décadas después, sin embargo, puede hablar gracias a aquella técnica vocal. Sometido a una traqueotomía en 2015 por un cáncer de garganta, el actor que dio vida a Jim Morrison se echa la mano al cuello al hablar. El aire escapa por un orificio en la tráquea y produce un sonido entre un chirrido y un rugido con el cual consigue hacerse entender. «¡Echo de menos mi voz! -asegura-. También mi risa, ahora me río como un pirata».

A sus 60 años, ha perdido la voz, pero no las ganas de contar. Alejado de las grandes producciones de Hollywood desde hace tiempo, el actor californiano ha aprovechado estos años para escribir un libro de memorias –I’m Your Huckleberry (en jerga vaquera, algo así como: Soy el hombre que buscas’)- convertido en un best seller en su país durante la pandemia. En parte, gracias a sendas entrevistas concedidas, pese a sus dificultades, a Good Morning America, popular matinal de la cadena ABC, y al New York Times.

Lo que otros llaman ‘cáncer’

En el libro, Kilmer recorre su vida hasta el personal viacrucis que vivió en la batalla contra «lo que otras personas llaman ‘cáncer’». Matiz este inspirado en las enseñanzas de su gran obsesión: la escritora norteamericana Mary Baker Eddy, fundadora de la centenaria Iglesia de la Ciencia Cristiana y que, según sus adeptos, es capaz de curar enfermedades.

Una noche sintió un nudo en la garganta, tragar le costaba un mundo. Para Kilmer no era cáncer, sino una expresión física de sus problemas y miedos. Para curarse no necesitaba médicos, sino a su asesor espiritual

La vida de Kilmer ha estado siempre ligada a esta secta nacida en Boston en 1879 cuya membresía heredó de sus padres. Estudió, incluso, en una escuela de la organización hasta la Secundaria -fue al mismo instituto que Kevin Spacey, donde comenzó a dar rienda suelta a su pasión por las artes escénicas-, y aún hoy rige su vida. Su viacrucis con la enfermedad comenzó en 2014, cuando recorría Estados Unidos con su monólogo Citizen Twain, al que había dedicado 20 años. La pieza en cuestión era la culminación de un sueño. combinar sobre un escenario sus dos pasiones, la señora Eddy y Mark Twain, a pesar de que el escritor publicara en 1907 Christian Science, libro donde calificó el credo de Eddy de fraude y estafa. La obra era muy personal y todo un riesgo creativo, pero las críticas y el público favorecían a Kilmer. Estaba feliz.

Antes de la gira, sin embargo, ya se había despertado rodeado de sangre en su casa de Malibú. Nada que detuviera sus planes. Hasta que una noche en Nashville sintió un repentino nudo en la garganta, tragar le costaba un mundo. El diagnóstico fue claro, aunque a ojos de Kilmer nunca fuera cáncer. Más bien, una expresión física de sus problemas y miedos.

Val Kilmer: "Rezar ha sido mi tratamiento contra el cáncer" 1

En 2015 se sometió a una traqueotomía y hoy lleva siempre pañuelo al cuello. También, un collar de turquesas y coral de su madre, fallecida hace un año.

Repasemos: con la crisis económica de 2008 perdió la mayor parte de su rancho de 25 kilómetros cuadrados en Nuevo México, estado donde amagó con postularse a gobernador en 2010; parecía, además, incapaz de remontar una carrera en decadencia, había maltratado a mucha gente en rodajes a lo largo de su vida, infinidad de amantes… De repente, lo vio claro. Necesitaba alejarse y reubicar su interior. La cura no vendría de la medicina. Su asesor espiritual lo ayudaría a rezar para que su cuerpo dejara de «manifestar algo que se puede diagnosticar como una enfermedad».

Por suerte para él, sus hijos nunca siguieron sus pasos hacia el cristianismo científico. Mercedes y Jack Kilmer, de 28 y 24 años, fruto de su matrimonio con la actriz Joanne Whalley, sabían que si al cáncer no se le pone freno, te mata. Insistieron y lo convencieron. «Yo quería alejarme, pero su miedo era profundo y no quería estar sin ellos», explica el actor. Se sometió a una cirugía, seguida de quimioterapia y radioterapia -«me destrozaron la garganta, sigue seca como un hueso»- y, desde entonces, su vida depende de dos tubos: la cánula en la garganta para respirar y una sonda directa al estómago con la que se alimenta a base de líquidos. Por eso, devora programas como Top Chef, mientras sueña con el día en que comerá de nuevo. «Cuando ocurra acabaré como Orson Welles», bromea.

Estos años han sido difíciles para él, con escasas ofertas de trabajo, la muerte de su madre -lleva a todas partes un collar de turquesas y coral que heredó de ella- e infrecuentes apariciones públicas en las que se cubre el cuello con pañuelos.

El desliz de Michael Douglas

El secretismo sobre su enfermedad era total hasta que Michael Douglas reveló que su compañero de reparto en Los demonios de la noche, de 1996, se había enfrentado, como él, a un tumor en la garganta. Kilmer lo negó de inmediato a través de Facebook: «No tengo ningún tipo de cáncer». Más tarde, contó que Douglas le había enviado una carta de disculpa. «Michael es un tipo con clase», subrayó.

Kilmer sigue negando haber padecido cáncer, pero lo cierto es que lo venció. Gracias, eso sí, a Dios. Los médicos, dice, solo le causaron sufrimiento. «Rezar fue mi tratamiento», asegura. Es decir: pensar en qué hizo que el miedo se manifestara en su cuerpo. Solo así, prosigue, consiguió cruzar al otro lado, donde su vida es hoy lo que quería que fuera. «No podría estar en un lugar mejor para atraer buenos papeles», dice.

Trabajar es ahora su obsesión. En el último año, ha actuado en cuatro películas, incluida la segunda parte de Top Gun, la cinta que en 1986 le abrió las puertas de Hollywood tras haber rechazado papeles en Blue Velvet, de David Lynch, o en Rebeldes de Francis Ford Coppola.

Kilmer no puede revelar nada sobre la cinta que, debido al coronavirus, aplazó su estreno, previsto para julio, a diciembre. Esta vez, su personaje, Iceman, es amigo de Maverick, el de Tom Cruise… Y hasta aquí puede contar. En sus memorias, eso sí, confiesa que como nadie lo llamaba para la secuela decidió hacerlo él. «No solo contacté con Tom y los productores, sino que he creado escenas desgarradoras con Iceman. Fue genial».

Val Kilmer: "Rezar ha sido mi tratamiento contra el cáncer" 2

El actor en 1988. Sus ojos verdes, su mandíbula y su melena lo convirtieron en un icono de su época

Sus recuerdos de aquel rodaje de 1986 ocupan, de hecho, un lugar destacado en sus memorias. «No quería el papel. La historia no me interesaba», revela. Aceptó presentarse por insistencia de su agente. «Intenté lucir como un tonto. Leí mis líneas con indiferencia y, aun así, me cogieron». Al final, Top Gun fue un bombazo y propulsó su carrera. Durante años, sin embargo, Kilmer subrayó las diferencias entre él y Cruise. «No tengo nada en su contra, pero debe tener una gran capacidad para lidiar con el lado comercial del negocio. Yo nunca me preocupo de eso», dijo en su día.

Kilmer, de hecho, se hizo actor para interpretar papeles serios. «La fama no era mi prioridad, pero llegó», admite. Se consideraba un actor de carácter, capaz de «hacer cien voces diferentes», pero acabó enfundado en el traje de Batman, una franquicia millonaria, y maltratando a sus compañeros de rodaje. Todo por un sueño: crear y mantener su inmenso rancho en Santa Fe, donde criaba bisontes y pescaba a orillas del Pecos. Al final, perdió su estatus en Hollywood y, a raíz de la crisis de 2008, también su particular edén.

Pese a todo, cuando el cáncer se adueñó de su garganta se consideraba un hombre feliz. El teléfono no sonaba, pero ponía el corazón en proyectos como el de Mark Twain, tenía dinero, casa en Malibú y a sus hijos cerca.

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Con su hija Mercedes Kilmer, de 28 años, el pasado noviembre

Sangre sobre la cama

En I’m Your Huckleberry -título que hace referencia a una célebre frase de su personaje Doc Holliday en Tombstone, de 1993-, Kilmer revela la importancia de Cher, su novia en los 80, para superar el cáncer. El actor se alojaba en la casa de la diva cuando sufrió una de sus primeras crisis. «Vomité tanta sangre que la cama parecía una escena de El Padrino», escribe. Cher llamó a la ambulancia y esperaron. «Nos reímos a carcajadas hasta que me callaron con una máscara de oxígeno», detalla.

La risa, al fin y al cabo, fue siempre su conexión. Y eso que a Kilmer no le gustaba Cher. «Me parecía un personaje del cotilleo -escribe-. Creí que no tendríamos nada en común». Pero el día que se conocieron, la llevó a su casa en su Harley y sus prejuicios se diluyeron como un azucarillo. «Cher tenía un glamour embriagador y yo caí bajo su hechizo -escribe-. Nos reímos sin parar. Es la mujer más divertida que conozco». Fueron pareja hasta decidir que lo suyo era mantenerse como amigos y reír juntos mucho tiempo.

Kilmer -eso dice él- lleva sin pareja 20 años, pero en sus memorias repasa algunas de sus conquistas. De todas ellas, Daryl Hannah, con quien mantuvo un romance en 2001, fue la que más dolor le causó. Tras la ruptura, asegura, lloró durante medio año. «Supe que la amaría siempre y todavía estoy enamorado de Daryl».

Según cuenta, su hermano Weley, ahogado a los 15 años en un ‘jacuzzi’, se le aparece en su oficina e intercambian ideas. También ‘ve’ a su madre, fallecida el año pasado

Se define como un «romántico sin esperanza» y afirma que podría haber muerto por el amor de Cindy Crawford, «la modelo número uno del mundo», presume. Confiesa también haber estado enamorado «desesperadamente» de la cantante Carly Simon y, sobre Angelina Jolie, con quién coincidió en Alejandro Magno, afirma: «Cuando la gente me pregunta por Angelina, digo que es como otras mujeres y otras superestrellas, pero más maravillosa, más sabia, más trágica, más mágica, más castigada». Y, a riesgo de provocarle al lector una caries o algo peor, añade: «No veía la hora de besarla y comprarle un avión cuya estela dejara escrito en el aire: V love J’».

Más allá de sus hazañas amorosas, sus memorias son un modo de ajustar cuentas con el pasado; consigo mismo, sobre todo. El fruto de un viaje interior al que fue arrastrado por el cáncer. Al fin y al cabo, la religión ha sido para él una tabla de salvación. Gracias a su fe, se mantiene en contacto con su único hermano, Wesley, ahogado en un jacuzzi con apenas 15 años, y también con su madre. Según cuenta, Wesley se le aparece en su oficina e intercambian ideas. Su madre, por otro lado «parece estar en una fiesta, diciendo lo feliz que se siente de estar de nuevo con su esposo y con Wesley». Y eso, a Kilmer, lo hace muy feliz.

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